Cole
Si alguien me hubiera dicho que el punto más peligroso de la Gira de espíritu navideño no sería el hielo resbaladizo ni el horno lleno de bandejas, sino un micrófono y una rama de muérdago, le habría dicho que exageraba.
Estaba equivocado.
Después de las galletas, la siguiente estación nos recibió con un escenario pequeño, luces parpadeantes y un letrero que decía: “KARAOKE A CIEGAS — PUNTOS EXTRA POR COORDINACIÓN.”
Bruna se quedó clavada en el suelo apenas vio el micrófono.
Yo sentí el tirón en la muñeca cuando ella frenó en seco. La cuerda que aún nos unía hizo el resto.
—No —susurró, casi sin aire—. Ni loca me subo ahí.
La miré. No era una exageración dramática: se había puesto tensa de verdad, la respiración corta, la mandíbula apretada.
La mujer que se había dejado atar a mí en la cocina y que había reído con harina en el cabello ahora parecía dispuesta a enfrentarse a un oso, si eso significaba no subir al escenario.
Me acerqué un poco, bajando la cabeza hacia la suya.
—Oh, chiquita… —murmuré, inclinándome apenas hacia ella—. Esto va a ser divertido.
—Eso no ayuda —refutó—. No voy a cantar. Punto.
El organizador, un tipo entusiasmado con un suéter que tenía renos bordados en relieve, se acercó con una sonrisa enorme.
—¡Equipo Hale-Mercer! —nos llamó—. Justo a tiempo. Ya entendieron las reglas, ¿no?
Bruna lo miró con los ojos muy abiertos. Yo asentí antes de que ella pudiera responder.
—Repáselas igual —pedí, ganando tiempo.
—Es sencillo —explicó, levantando dos vendas rojas—. Uno de ustedes se pone la venda y canta. El otro se coloca detrás y le susurra la letra al oído. La idea es confiar. Y no desafinar demasiado —añadió, como si fuera un detalle menor.
Confiar. ¿En serio?
Miré a Bruna. Ella negó con la cabeza de manera casi imperceptible.
—No sé las letras —dijo—. Ni siquiera me sé los villancicos de memoria.
—Yo sí —respondí, sin pensarlo demasiado—. Tú te pones la venda, yo te digo la letra.
Sus ojos echaron chispas.
—No voy a ponerme una venda para cantar delante de todo el pueblo.
—Precisamente —contesté—. Si no ves a nadie, es más fácil. Solo estarás tú. Y mi voz detrás de ti.
No lo dije como broma. Lo dije en serio. Y eso pareció descolocarla más que cualquier comentario sarcástico.
A nuestro alrededor, la gente ya empezaba a formar una pequeña audiencia. Los niños señalaban, los adultos comentaban, el organizador esperaba con la venda en la mano.
Y entonces escuché el murmullo.
—Míralos —dijo una mujer detrás de nosotros—. Siempre hicieron buena pareja, aunque nunca lo admitieron.
—Se ven lindos juntos —añadió otra voz—. Ojalá este año pase algo. Sería bonito, después de todo lo de la familia.
Sentí la mirada de Aaron clavarse en la nuca antes de verlo. Estaba con Katie a unos metros, sosteniendo un cancionero, pero su atención ya no estaba en la letra.
Lo vi observar a Bruna. Luego a mí. Luego nuestros brazos y piernas atadas.
Un nudo se me formó en la garganta. No por la culpa. Por la certeza de que estábamos cruzando un límite que él creía suyo.
—Bruna —dije en voz baja, solo para ella—. Si de verdad no quieres hacerlo, nos vamos. Ahora. Esto no es importante.
Ella apretó los labios. Se notaba que una parte de ella quería huir. Pero también la conocía lo suficiente como para saber que odiaba retroceder cuando alguien la miraba como si fuera incapaz.
Al final, exhaló despacio.
—Está bien —concedió—. Pero si me humillo delante de todo el pueblo, te vas a mudar de país conmigo.
Sonreí.
—He oído que en Canadá también usan muérdago —respondí—. No parece tan mal trato.
Ella puso los ojos en blanco, pero extendió la mano, aceptando la venda. El organizador nos sacó las cuerdas que nos ataba, y yo le saqué la venda a Bruna de las manos.
—Date la vuelta —le pedí con la voz más baja que de costumbre.
Ella tragó saliva antes de hacerlo. Al colocar la venda sobre sus ojos, algo en mí se encendió...
—¡Dios mío! —susurré en su oído—. Me llevaré la venda a casa, digo... por si vuelvo a tener la suerte de tenerte para mí...
Tenía las manos un poco rígidas a los lados del cuerpo, la espalda recta, como si se obligara a sostener una dignidad que su miedo intentaba tirarle al suelo, pero mis palabras la hicieron relajarse un poco.
Me coloqué detrás de ella, lo más cerca posible sin que mi voz se escuchara en el micrófono. El organizador nos pasó la lista de canciones y elegí la primera que conocía de memoria. Un villancico sencillo, uno de esos que había escuchado mil veces en los parlantes de la tienda.
La música comenzó.
Apoyé una mano en su cintura para que supiera que estaba ahí. Con la otra en su hombro, acerqué mis labios a su oído.
—Respira conmigo —le dije, marcando el ritmo—. Uno, dos… tres.
Sintió mi respiración en su cuello. Se estremeció. Y luego, obedeció.
Empecé a susurrarle la letra. Despacio al principio, para darle tiempo a encajarla en la melodía. Ella cantó bajito, al principio casi inaudible, su voz temblorosa, como si temiera que cada palabra fuera un paso sobre hielo fino.
—Más alto —pedí, acercando un poco más mi cuerpo al suyo—. Te escuchas bien, chiqui.
Lo dije sin pensarlo, y sentí cómo sus hombros se tensaban un instante… para luego aflojarse.
La música la arrastró.
A mitad de la canción, el temblor desapareció. Su voz ganó fuerza, encontró la nota correcta. Yo la seguí, susurrando una palabra antes de que la necesitara, marcándole las frases como una guía invisible. Éramos un sistema extraño pero funcional: ella, con la venda, apoyándose en mi voz; yo, escondido detrás, sosteniéndola sin que nadie pudiera ver mi expresión o el movimiento de mis dedos sobre su piel.
Bueno, casi nadie.
Cuando el estribillo llegó, el público empezó a aplaudir al ritmo. Algunos silbaban, otros reían, pero no con burla, sino con ese entusiasmo contagioso que solo aparece cuando algo funciona mejor de lo esperado.
—Míralos —escuché otra vez entre el ruido—. Se nota que hay algo ahí.
—Siempre supe que esos dos terminarían juntos —añadió alguien más, riendo.
No me atreví a mirar a Aaron. Sabía que lo encontraría con la mandíbula apretada.
La canción terminó con una nota larga que Bruna sostuvo mejor de lo que habría imaginado. Cuando se apagó la música, hubo un breve silencio, seguido de aplausos y algunos “¡bravo!” que hicieron que ella se quedara inmóvil, como si no entendiera que era para ella.
Me incliné a su oído una última vez.
—Te dije que ibas a estar bien —murmuré.
Sentí su risa, pequeña, vibrar en su pecho.
Le quité la venda despacio. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, los aplausos, las miradas sobre ella, se sonrojó de manera tan genuina que me dieron ganas de sacarla del escenario, llevarla lejos y quedarme solo con esa imagen.
Bajamos tomados por la cuerda. El organizador nos selló la tarjeta.
—Muy buen trabajo —dijo—. Se notaba la conexión. Eso suma puntos.
Conexión. Claro... con la venda en mi bolsillo, sabía que pronto esa conexión crecería.
Pasamos cerca de Aaron. Su mirada era difícil de leer: orgullo por su hermana, incomodidad, algo más oscuro que no quise identificar del todo.
—Cantaste bien —le dijo él a Bruna, esforzándose por sonreír—. No sabía que tenías esa voz.
—Yo tampoco —respondió ella, con una sinceridad que me mató un poco.
La última estación de la Gira estaba en el centro de la plaza, bajo un arco de ramas verdes decoradas con luces y la inevitable rama de muérdago colgando del centro. Había una fila de parejas esperando turno, algunas riendo, otras fingiendo indignación.
Un letrero lo explicaba todo: “BAJO EL MUÉRDAGO — SELLO FINAL: BESOS DE BUENA SUERTE.”
Bruna se detuvo una vez más.
—No —dijo por segunda vez ese día—. Esto es ridículo.
—Es tradición —intervino Chelsea, apareciendo a nuestro lado como si hubiera salido de la nieve—. Es solo un beso rápido. De buena suerte —añadió, mirando alternadamente a Aaron y a mí, como si lo dijera para tranquilizarnos a todos.
Yo no necesitaba tranquilidad. Necesitaba autocontrol.
—Es parte de la Gira —añadió el organizador, que parecía sentir la obligación personal de defender cada actividad—. Puedes hacerlo en la mejilla si te incomoda. Es simbólico.
La fila avanzó. Parejas de toda clase pasaban bajo el muérdago, se daban un beso rápido entre risas y seguían. El ambiente era ligero. Festivo.
Pero en mi cabeza, el aire parecía más denso.
Cuando llegó nuestro turno, Bruna tragó saliva. Miró el arco. Luego me miró a mí.
Intenté aligerarlo.
—Podemos hacerlo rápido y salir de aquí —propuse—. Un choque de caras y ya.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Un choque de caras —repitió—. Suena… romántico.
Aaron se acercó, cruzándose de brazos.
—Es solo un beso bajo el muérdago —dijo—. No es para tanto. El pueblo entero lo hace. No van a explotar por un beso en la mejilla.
Él lo dijo como si hablara de algo inocente o de un trámite. Yo supe, en ese instante, que para mí no había nada inocente en eso.
El organizador levantó la voz:
—¡Equipo Hale-Mercer, al centro, por favor!
Bruna dio un paso adelante. Yo la seguí, obligado por algo más fuerte que cualquier lazo físico. Nos colocamos bajo el arco. Podía sentir las miradas. Los murmullos. El viento frío en la cara.
Y el muérdago sobre nuestras cabezas, como una condena pequeña y verde.
Ella levantó la vista hacia mí, con la decisión escrita en los ojos.
—Que sea rápido —murmuró—. De amigos.
Asentí. Quise creerme esa palabra.
Puse una mano en su mejilla, más para sostenerla que para encuadrar el gesto. Ella cerró los ojos. Incliné la cabeza con la intención clara de rozar apenas sus labios, darle ese beso rápido que el pueblo esperaba y salir de ahí sin incendiar nada.
Pero en cuanto la toqué, el plan se desmoronó.
El primer contacto fue suave, un roce ligero, más aire que piel. Bastaba con separarme. Bastaba con dejarlo ahí.
No lo hice.
Sus labios se movieron apenas contra los míos, una respuesta mínima, involuntaria, que me atravesó el pecho como una corriente de electricidad. Mis dedos se afianzaron en su mandíbula sin pensar, acercándola un poco más. El beso, que debía ser breve, se alargó por una fracción que se sintió eterna.
Todo lo demás desapareció. Los murmullos, la plaza, el frío, la música de fondo. Solo quedamos ella y yo, y ese lento reconocimiento de algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
La presión de su boca contra la mía cambió. Dejó de ser un gesto contenido para convertirse en algo tenso, profundo, lleno de todo lo que no habíamos dicho. No fue un beso perfecto. Fue un beso cargado de historia, de culpa, de deseo.
De repente, una mano tiró de mi hombro hacia atrás.
La ruptura fue brusca. El mundo volvió en un solo golpe.
—Ya estuvo —dijo Aaron, con la voz más dura de lo que jamás lo había escuchado.
Se colocó entre nosotros, separándome de Bruna como si yo fuera un peligro real. Ella dio un paso atrás, llevando una mano a sus labios como si necesitara comprobar que seguían ahí.
Quise acercarme otra vez. No para besarla. Solo para asegurarme de que estaba bien. Aaron se adelantó, y yo, por instinto, me moví también, poniéndome por delante de ella.
No iba a dejar que se descargara con su hermana por mi culpa.
Los ojos de Aaron se clavaron en los míos. Había mensaje, historia, y la sombra de una traición que aún no se había consumado, pero que él ya empezaba a intuir.
—No vuelvas a hacerlo —dijo en voz baja, lo suficientemente fuerte como para que yo y solo yo lo escuchara—. Bruna está prohibida, Cole. Te lo dije una vez. No voy a repetirlo.
Quise decir muchas cosas.
Que no era un juego, que no podía apagar lo que sentía solo porque él lo había decidido hace años. Que quizás la única cosa que realmente había estado prohibida era seguir fingiendo que no pasaba nada.
Pero no dije nada.
El silencio se interpuso entre nosotros como una pared.
Ese silencio fue lo que le llegó a Bruna.
La vi por el rabillo del ojo: los hombros encogiéndose, la respiración acelerada, el brillo en sus ojos que anunciaba lágrimas que se negaba a derramar allí. Miró a Aaron. Luego a mí. Vio la tensión. La línea de batalla.
Y huyó.
Se dio la vuelta con una rapidez que me dejó sin reacción.
—Bruna —la llamé.
No se detuvo.
La vi abrirse paso entre la gente, esquivando a Chelsea, que preguntaba algo sin entender; alejándose del escenario, de la plaza, del muérdago, de los comentarios del pueblo.
De mí.
Aaron se quedó allí, respirando fuerte, mirándome como si esperara una excusa, una disculpa, una negación.
Yo seguí en silencio.
Porque fuera cual fuera la palabra que eligiera, ya nada iba a deshacer ese beso.
Ni lo que había despertado en mí.