Capítulo 14 — Sospechas y un hermano al borde

1730 Palabras
Bruna El frío del camino a casa no consiguió apagar el incendio que llevaba dentro. Caminé rápido, más rápido de lo que debería, la bufanda mal ajustada y el corazón golpeando como si quisiera escaparse de mi pecho. La nieve crujía bajo mis botas, los restos de luces navideñas parpadeaban en las ventanas, y toda la magia de la Gira se había convertido en una presión asfixiante que me quemaba los pulmones. No podía dejar de pensar en el beso. Ni en Aaron separándonos como si estuviéramos cometiendo un sacrilegio. Ni en Cole… ni en la forma en que me había mirado cuando la música, la gente y el aire parecían desaparecer. Lo peor no había sido el beso. Lo peor había sido que yo también dejé de pensar. Al llegar a la casa, empujé la puerta con más fuerza de la necesaria. El calor de la calefacción me golpeó en la cara, pero no me reconfortó. Estaba respirando agitada, intentando ordenar mis ideas, cuando escuché pasos rápidos acercándose desde atrás. Aaron apareció al borde de la puerta, con la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados. No parecía mi hermano. Parecía un oso polar dispuesto a devorar a un sospechoso. —¿Pasa algo entre Cole y tú? —disparó sin siquiera titubear. Mi boca se abrió y ce cerró, sabiendo lo que tenía que responder pero incapaz de hacerlo. El impacto me dejó helada. No había introducción, no había contexto, solo la pregunta que yo temía desde que salimos de la casa esta mañana... O tal vez desde que llegué. —¿Qué? —logré decir, intentando sonar natural, incluso un poco indignada—. ¿Cómo puedes pensar eso? Aaron dio un paso hacia mí. Su presencia llenó la entrada como si quisiera bloquearme la salida. —Te vi, Bruna. No soy idiota. Y tampoco soy ciego. Ese beso… —apretó los dientes—. No pareció de amigos. Ni siquiera pareció accidental. Pareció que… —su voz se quebró antes de endurecerse otra vez—, tú lo querías. Mi corazón embistió contra mis costillas, doloroso, traicionero, como si quisiera gritar lo que yo me esforzaba por negar. Me forcé a mantener la calma. —Fue parte de la competencia —respondí, procurando que mi voz no temblara—. Todos lo hacían. Es tradición. No significa nada. —No te creo —dijo él, sin siquiera pensarlo—. No puedo creerte. El golpe emocional fue casi físico. Me recosté contra la pared para mantener el equilibrio. —¿Por qué estás tan seguro de que hay algo? —pregunté, intentando no sonar herida. —Porque conozco a Cole —espetó—. Conozco su forma de mirar. Conozco cómo actúa cuando quiere algo. Y hoy… —se frotó el rostro, como si la imagen lo persiguiera—. Hoy lo vi mirarte como si fueras suya. Mi respiración se detuvo. No por la acusación, sino por la palabra que eligió: suya. No estaba lista para lo que eso implicaba. Ni para lo que mi cuerpo había sentido cuando el beso lo insinuó. Mucho menos en... «Lo que pasó en el baño, se queda en el baño» Negué con la cabeza. —No hay nada, Aaron —repetí—. Te lo juro. Fue un malentendido. No sé qué te imaginaste, pero no hay nada que explicar. Él me examinó como si pudiera leer la verdad en mi piel. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no me veía como su hermana, sino como una amenaza a su mundo ordenado. —Cole es mi mejor amigo —dijo con un hilo de voz—. Mi familia. Nunca me haría esto. —No te está haciendo nada —contesté, intentando que el cansancio no asomara demasiado—. Solo estás reaccionando de más. Un ruido detrás de él interrumpió el choque. Chelsea. Estaba apoyada en el marco con los brazos cruzados, una expresión dulce que no combinaba con la chispa venenosa en sus ojos. —Aaron —dijo con voz suave—, no le hables así. Bruna… —pausó, ladeando la cabeza con falsa empatía—. Bueno, Bruna siempre tuvo una forma un poco… llamativa de resolver las cosas. Un escalofrío me recorrió la columna. —¿A qué te refieres? —pregunté, aunque ya tenía una sospecha amarga. Chelsea suspiró, acomodándose el suéter como quien se prepara para un discurso razonable. —Solo digo que a veces… puedes parecer impulsiva. ¿Quién sabe? Tal vez lo del muérdago fue un simple… intento de llamar la atención. —Me sonrió como si me estuviera haciendo un favor—. No pasa nada. Todos hacemos tonterías en Navidad. Las palabras me atravesaron como hielo. No por las estupideces que estaba diciendo, sino porque sabía que esa no era improvisación. Ahí me cayó la ficha, ese era un plan que ella ya venía armando desde antes. Y de pronto, todo encajó: la Gira, el emparejamiento “accidental”, la insistencia en que Cole y yo fuéramos juntos, el murmullo del pueblo, la presión bajo el muérdago. Y ahora, esta escena. Chelsea no quería unir a la familia, no quería "divertirnos", ni mucho menos quería paz navideña. Quería conflicto, a Aaron furioso, aislarme y de paso dejar a Cole mal parado. Y yo había caído directo en la trampa. —No fue para llamar la atención —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. Ni con Cole. Ni con nadie. Aaron me miró con cansancio, como si no supiera en qué creer. —Solo dime la verdad, Bruna —pidió—. ¿Hay algo entre ustedes? Sentí cómo mis defensas se levantaban, no solo por la acusación, sino porque cada palabra que dijera podía traicionarme. Porque había algo en mí que reaccionaba cuando Cole me miraba. Algo que no quería examinar, pero que estaba creciendo en silencio. Aun así eso… no era de Aaron ni de Chelsea ni siquiera del pueblo. Era mío. —No —dije, más despacio—. No hay nada entre nosotros. Ni lo habrá. Aaron cerró los ojos un instante, dejando salir un suspiro áspero. No parecía convencido. Parecía derrotado. —Espero que sea verdad —dijo al final—. Porque si no lo es… no sé cómo voy a mirarlo otra vez a la cara. Ni a ti. Ese fue el golpe final. No gritó, no lloró ni me insultó explícitamente. Solo dijo algo que dolió más que cualquier acusación: No sé cómo voy a mirarte. Chelsea sonrió, satisfecha de su victoria silenciosa. Y yo sentí que el piso volvía a moverse bajo mis pies. Cuando Aaron se alejó hacia su habitación, cerrando la puerta detrás de él, me quedé sola en el pasillo, respirando con dificultad. No sabía qué hacer con su desconfianza. Aunque, si me era sincera, no tenía ni puta idea de qué hacer con el peso del beso ni con la sombra que había dejado el nombre de Cole sobre el aire. Pero sí supe una cosa: Chelsea no había terminado. Y yo tampoco. Me di vuelta para ir hacia mi habitación, pero no llegué a dar dos pasos. —Bruna —canturreó Chelsea detrás de mí—. ¿Tienes un minuto? La ignoré. Lo intenté, al menos. Pero ella se interpuso en mi camino, sonriendo con esa suavidad que solo usan las personas que quieren enterrarte un cuchillo sin que notes por donde entró. —No tienes que actuar conmigo —continuó, cruzando los brazos como si fuera la dueña de la casa—. Sé exactamente lo que estás haciendo. —¿Ah, sí? —pregunté, agotada, sin ganas de más teatro—. Ilumíname. Chelsea ladeó la cabeza con una dulzura irritante. —Cole no es para ti. Tuve que respirar hondo para no reírme. O para no empujarla escaleras abajo. —No estoy hablando de Cole —dije, molesta—. Estoy hablando de tu necesidad patológica de meterte donde no te llaman. Sus ojos se estrecharon un poquito. El veneno salió apenas, como una gotita de perfume caro. —Sabes mejor que nadie por qué tengo que “meterme”. —Marcó las comillas en el aire con desprecio elegante—. La cláusula estúpida que dejó tu padre en su testamento no nos deja otra opción. Me quedé helada. —¿Qué cláusula? —Vamos, Bruna… —sonrió, casi compasiva—. No finjas. Tú y Aaron lo saben desde siempre. Negué despacio. —Papá no dejó ninguna cláusula. Ya cobramos la herencia. Chelsea soltó una risa corta, como si yo fuera adorablemente ignorante. —El dinero sí, ya lo recibieron. Pero las propiedades… esas todavía no. Sentí un vacío abrirse en mi estómago. —¿Qué propiedades? Chelsea respiró hondo, disfrutando cada segundo. —La cabaña grande en el lago. El terreno frente al bosque. Los dos locales del centro. Todos a nombre de James Hale. Todos con una condición muy especial. —Hizo una pausa teatral, disfrutando del momento—. “La adjudicación final de las propiedades recaerá sobre el primer heredero que contraiga matrimonio y tenga un hijo.” La frase cayó como una piedra en mi estómago. Chelsea sonrió como si acabara de darme una noticia adorable. —Qué visión tan… tradicional, ¿no? Tu padre siempre fue un romántico. Le encantaba la idea de la continuidad familiar. Más hijos, más futuro, más estabilidad. —Se encogió de hombros—. Qué lástima que tú jamás le darás eso. —¿Por qué haces esto? —pregunté, sin poder contenerlo. Chelsea ladeó la cabeza, la sonrisa intacta. —Porque amo a tu hermano. —Dijo la mentira con una suavidad impecable—. Y porque él merece una vida sin… distracciones. —Su mirada recorrió mi cuerpo como si evaluara el tamaño de la basura—. Y tú, Bruna… siempre fuiste muy buena en distraerlo. El calor me subió por la columna, no de vergüenza, sino de una ira tan caliente que me obligó a cerrar los puños. —Te equivocas —respondí sin subir el tono—. No soy yo quien distrae a Aaron. Chelsea acercó un paso, apenas un susurro separando nuestros rostros. —Oh, pero sí lo haces —susurró—. Y te prometo que voy a arreglarlo.
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