Tina Abrí los ojos de golpe. Aún estaba oscuro y, por un segundo, el lugar me resultó desconocido… hasta que escuché el rugido del mar. Creí oír una maldición. Me desperté del todo cuando algo se movió en la penumbra. Una sombra se levantó de la silla junto a la ventana. —Soy yo. —¡¿Qué carajos?! —grité, incorporándome mientras la silueta avanzaba y Gerónimo tomaba forma. El borde de la cama se hundió. —No podía dormir. —¿Y tu solución es colarte en mi habitación y mirarme dormir? Eso da miedo. Su mano apartó un mechón de mi rostro. —Eres preciosa. —¿Eso puedes verlo en esta oscuridad? —Tu imagen está grabada en mi cerebro. Me incliné hacia él. No había bebido; olía apenas a madera, a su colonia, y a menta. —¿Es esta la maldición de la obsesión de la que habla Liz? —Probablem

