EL VÍNCULO ES REAL

2818 Palabras
Tal como Rifen lo había mencionado, el ambiente al cruzar la frontera cambió. No fue algo dramático, no había una línea visible en el suelo o un portal místico, pero Artemis lo sintió en sus huesos y en la forma en que su loba Scarlet se revolvía inquieta bajo su piel. Que hasta el aire a su alrededor le parecía imposible de respirar. —Bienvenidas al Norte Oscuro —dijo Rifen, su voz más grave que de costumbre. Artemis miró a su alrededor. Los árboles aquí eran diferentes, retorcidos, sus ramas desnudas se extendían hacia el cielo gris como garras suplicantes. La nieve cubría todo en una capa gruesa que amortiguaba los sonidos, creando un silencio opresivo que hacía que cada respiración sonara demasiado fuerte. —Es... acogedor —murmuró Lyra, envolviéndose más en su capa. —Solía ser diferente. —Rifen tocó la corteza de un árbol muerto—. Cuando Ragnar gobernaba como hombre, el Norte florecía. Estos bosques estaban vivos, verdes incluso en invierno, pero cuando cayó la maldición, la tierra misma pareció enfermar con él. Las criaturas buscaron nuevos refugios. —¿La tierra responde a su Rey? —preguntó Artemis. Podía ver pequeñas casitas de hadas del bosque colgadas en los árboles. Unas en ruinas y otras en perfecto estado, pero vacías. —El Norte está vinculado a la línea de sangre real de formas que no entendemos completamente. —Rifen comenzó a caminar nuevamente—. El Rey y la tierra son uno. Cuando él sufre, la tierra sufre de igual manera. Artemis procesó eso mientras caminaban. Significaba que si Ragnar moría sin romper la maldición, el Norte podría morir con él y todas las almas que dependían de esta tierra quedarían sin hogar. Los riesgos eran más altos de lo que pensaba. Viajaron durante horas a través del paisaje desolado. Artemis comenzó a notar cosas perturbadoras. Huesos blanqueados sobresaliendo de la nieve. No de animales pequeños, sino de lobos. Docenas de ellos, tal vez cientos, esparcidos a lo largo de su camino como advertencias silenciosas. —¿Qué pasó aquí? —preguntó Lyra, su voz apenas un susurro. —Lobos que vinieron buscando al Rey. —Rifen no se detuvo, pero su expresión se endureció—. Algunos buscaban desafiarlo por el trono. Otros venían buscando cura para la maldición, esperando ser ellos quien la rompiera. Ninguno entendió lo peligrosa que era la bestia. —¿Los mató a todos? —No todos. —Rifen señaló un grupo particular de huesos—. Algunos murieron de frío antes de siquiera llegar al castillo. El Norte no perdona la debilidad. Artemis sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Este lugar era una tumba. Un monumento a la esperanza muerta que reinaba ahora el lugar. No pudo evitar sentirse mal por todos los inocentes que quedaron en medio de todo esto. Y ella estaba caminando directamente hacia su corazón. El sol, que nunca había estado particularmente brillante, comenzó a descender. Las sombras se alargaron, volviéndose más oscuras que cualquier sombra natural. Artemis podía jurar que se movían en las esquinas de su visión. —No miren directamente a las sombras —advirtió Rifen—. Son ecos. Lobos que murieron aquí, atrapados entre este mundo y el siguiente. No pueden hacerles daño, pero pueden desorientarlas. —Maravilloso —murmuró Artemis—. Un paisaje embrujado para acompañar al Rey maldito. Lyra se acercó más a Rifen. Artemis notó cómo él sutilmente ajustó su posición para caminar entre ella y las sombras más densas. Protector hasta el final. Mientras la oscuridad se espesaba, Rifen los guió hacia lo que parecía ser un simple claro, pero cuando Artemis miró más de cerca, vio los restos de lo que había sido una estructura. Paredes de piedra medio derrumbadas, un techo colapsado. —Un puesto de vigilancia —explicó Rifen—. Uno de muchos que rodeaban el castillo. Abandonado ahora, pero nos dará refugio por la noche. Entraron en lo que quedaba del edificio. El interior estaba sorprendentemente seco, protegido del viento cortante. Rifen limpió un área de escombros y comenzó a preparar un fuego pequeño. —No habrá fuego grande esta noche —dijo—. No queremos atraer atención no deseada. —¿Qué tipo de atención? —preguntó Artemis. —El tipo que se mueve en la oscuridad del Norte y no distingue entre amigo y enemigo. —Rifen colocó cuidadosamente la leña—. Criaturas que se alimentan de la desesperación y el miedo. Sombras que se volvieron lo suficientemente sólidas como para matar. —¿Y el Rey permite que estas cosas existan en su territorio? —El Rey no controla nada en este momento. —dijo Rifen—. La bestia simplemente existe y las criaturas oscuras prosperan en la ausencia de orden. Comieron en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Artemis notó que tanto Rifen como Lyra estaban más tensos que las noches anteriores. Constantemente escaneaban las sombras, sus cuerpos nunca completamente relajados. —¿Rifen? —dijo Artemis finalmente—. ¿Cuánto falta para el castillo? —Si mantenemos este ritmo, llegaremos mañana al anochecer. —¿Y entonces? —Rifen la miró, el fuego proyectando sombras danzantes sobre su rostro. —Entonces conocerás a Ragnar o a lo que queda de él. La noche fue inquieta. Artemis tomó la primera guardia, sentada cerca del pequeño fuego, escuchando los sonidos extraños que emanaban de la oscuridad exterior. Aullidos que no sonaban del todo como lobos. Susurros que podrían haber sido el viento o podrían haber sido voces. —Este lugar está vivo, —dijo Scarlet—. Y nos está observando. —Artemis se sentía intranquila, pero su loba le dijo que. Los espíritus no tienen nada en contra de ella, sino todo lo contrario. Susurran esperanza de pronto poder encontrar la paz. Cuando Lyra la relevó, Artemis intentó dormir, pero las pesadillas llegaron inmediatamente. Estaba parada en medio del gran salón, el fuego muriendo en la chimenea. La bestia emerge de las sombras, más grande que en sueños anteriores, sus ojos carmesí, pero esta vez, cuando abre el hocico, habla. —Vuelve. —Una sola palabra sale más como un gruñido, pero es lo suficientemente imponente para que ella se quede inmovil. —Vuelve a mí. —Artemis intenta moverse, pero sus pies están clavados en el suelo. La bestia se acerca, cada paso sacudiendo la piedra bajo ella. Puede oler su aliento, cálido y salvaje. —Te he estado esperando. —Su mano enorme se extiende, garras que podrían destriparla sin esfuerzo, pero el toque cuando llega es gentil. Rozando su mejilla con una ternura que contradice todo sobre su apariencia monstruosa. —Demasiado tiempo. He esperado demasiado tiempo. —Artemis despertó con un jadeo, su corazón martilleando contra sus costillas. Lyra la miró desde su posición de guardia. —¿La pesadilla de nuevo? —Sí. —Artemis se sentó, pasándose las manos por el rostro—. Pero diferente, esta vez habló. —Lyra se acercó, dejando su puesto brevemente. —¿Qué dijo? —Que me ha estado esperando. —Artemis miró hacia el norte, como si pudiera ver a través de kilómetros de bosque oscuro hasta el castillo—. Que he esperado demasiado tiempo. —Artemis... —Lyra tomó su mano—, todavía podemos dar la vuelta. No tienes que hacer esto. —Sí, tengo que hacerlo. —Artemis apretó su agarre—. Porque si no lo hago, pasaré el resto de mi vida preguntándome y no puedo seguir así, Lyra. Esta soledad me está matando tan seguramente como cualquier herida de batalla. Lyra la abrazó y Artemis se permitió el consuelo por un momento antes de separarse. —Vuelve a dormir. —Lyra la empujó suavemente hacia su manta—. Te despertaré si algo pasa. —Pero Artemis no volvió a dormir. Se quedó despierta, mirando las ruinas sobre su cabeza, contando las horas hasta el amanecer. El día siguiente fue aún más tenebroso que el anterior. Nubes bloqueaban el sol, reduciendo el mundo a tonos de gris y n***o. La nieve comenzó a caer, gruesa, cubriendo sus huellas casi tan rápido como las hacían. —Esto no es natural —dijo Artemis, observando cómo la nieve parecía caer solo en su camino, como si estuviera dirigida. —Nada en el Norte es natural ya. —Rifen se limpió la nieve de los hombros—. La tierra está confundida y reacciona a la presencia de extraños de formas impredecibles. —¿Sabe que estamos aquí? —El Norte siempre sabe. —Continuaron, luchando contra el clima que empeoraba. Artemis comenzó a sentir algo más que frío. A media tarde, el bosque comenzó a cambiar de nuevo. Los árboles aquí estaban completamente muertos, sus troncos negros como carbón. Algunos todavía humeaban ligeramente, como si el fuego nunca hubiera terminado de consumirlos completamente. —Esto fue de la noche de la maldición —dijo Rifen suavemente—. Cuando Selene apareció, su poder incineró todo en un radio de kilómetros. Los árboles nunca se recuperaron. Caminaron a través del bosque quemado, el silencio más profundo que nunca. Ni siquiera el viento soplaba aquí. Era como caminar a través de un recuerdo congelado, un momento de ira divina preservado por la eternidad. Entonces Artemis lo vio. El castillo, el cual emergió de la niebla como una aparición nacida de pesadillas. Exactamente como en sus sueños, pero de alguna manera peor. Las torres de obsidiana negra se clavaban en el cielo gris como dagas. Los muros eran tan altos que Artemis tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para ver su cima y no había luz. Ni una sola antorcha, ni una sola ventana iluminada. Era una fortaleza de oscuridad absoluta. —Diosa Selene —susurró Lyra con sus ojos muy abiertos—. Es... —Aterrador —terminó Artemis—. La palabra que buscas es aterrador. —Hogar —dijo Rifen, con melancolía—. Solía ser un hogar para muchos. Se acercaron lentamente. Artemis notó que no había guardias, no había señales de vida. Solo silencio y piedra negra. Las puertas masivas estaban ligeramente entreabiertas, como una boca esperando para tragárselos. —¿Siempre están abiertas? —preguntó Artemis. —No. —Rifen se detuvo, estudiando las puertas—. Esto es... inusual. —¿Inusual bueno o inusual malo? —No lo sé. —Admitió—. Pero significa que la bestia sabe que estamos aquí y ha elegido no cerrar la entrada. —¿Eso es una invitación? —O una trampa. —Rifen desenvainó una de sus espadas—. Solo hay una forma de averiguarlo. Artemis respiró profundamente, sintiendo a Scarlet moverse inquieta bajo su piel. Su loba quería emerger, quería estar preparada para la batalla que podría venir. Pronto, le prometió mentalmente. Si es necesario, te dejaré salir. —Lyra, quédate detrás de nosotros —ordenó Artemis—. Si las cosas se ponen feas, corres. ¿Entendido? —Artemis, no voy a... —Es una orden. —Artemis la miró duramente—. Alguien necesita sobrevivir para contarle a la manada lo que pasó. Si Rifen y yo caemos, esa persona eres tú. Lyra apretó la mandíbula, miró a Rifen, este tomó su mano por unos segundos y se alejó. Lyra miró a su Alfa y asintió. —Bien. —Artemis se giró hacia las puertas, hacia la oscuridad que esperaba más allá—. Vamos a conocer a un rey. —Empujó las puertas. Se abrieron sin resistencia, sin ningún tipo de sonido, como si hubieran estado esperando su toque. El gran salón era exactamente como en sus sueños. La chimenea masiva. Las armas en las paredes. Los estandartes destrozados. Incluso la disposición de los muebles rotos era idéntica. «He estado aquí antes. En otro tiempo, en otro lugar, he estado exactamente aquí». Sus pasos resonaban conforme se adentraban. —Ragnar. —dijo Rifen resonó en las paredes de piedra—. Soy Rifen. He regresado y he traído... Se detuvo. Porque desde las sombras al fondo del salón, vino un gruñido. Artemis sintió cada pelo de su cuerpo erizarse. Sintió a Scarlet empujar contra su control, queriendo emerger, queriendo enfrentar esta amenaza. —Espera, —le ordenó a su loba—. Espera. La bestia emergió de las sombras y Artemis olvidó cómo respirar. Era incluso más grande de lo que recordaba de sus sueños. Su cabeza llegaba fácilmente a dos metros de altura en cuatro patas. El pelaje era de un n***o tan profundo que parecía absorber la luz. Los músculos se ondulaban bajo ese pelaje con cada movimiento, cada uno del tamaño de su muslo, pero eran los ojos los que la clavaban en su lugar. Rojos, como rubíes encendidos. Como sangre fresca bajo la luz de la luna. Como el núcleo fundido de la Tierra misma y estaban fijos directamente en ella. La bestia dio un paso adelante. Luego otro. Cada pata dejaba una impresión en el suelo de piedra, el peso puro de su forma haciendo crujir la roca. —Ragnar. —Rifen tenía su espada levantada, pero no atacaba—. Es una invitada. Una alfa de una manada aliada. Ha venido en paz. La bestia no miró a Rifen. No apartó sus ojos de Artemis ni por un segundo. Otro paso. Lo suficientemente cerca como para que Artemis pudiera ver las cicatrices que atravesaban su pelaje. Heridas que habían sanado en forma de bestia, nunca en forma humana. Él ha estado atrapado así durante tantos años, recordó Artemis. Tantos años sin manos humanas. Sin voz humana. Sin nada excepto garras, colmillos y rabia. La bestia se detuvo a tres metros de ella. Artemis podía sentir el calor radiando de su cuerpo. Podía oler su aroma, el mismo sentido durante su primer día de viaje, mezclado con algo que hizo que su corazón se acelerara sin saber por qué. Luego sucedió algo que hizo que tanto Rifen como Lyra jadearan. La bestia se sentó. Simplemente se dejó caer sobre sus patas traseras, su cola envolviendo su cuerpo, y la miró. Como un perro esperando una orden de su dueño. —Eso nunca ha pasado antes —susurró Rifen, con evidente asombro—. Nunca se ha sometido a nadie desde la maldición. Artemis no podía moverse. No podía hablar. Solo podía mirar esos ojos rojos y preguntarse qué demonios estaba pasando. Entonces la bestia hizo algo aún más impredecible. Habló, no con palabras claras. No con la voz de un hombre. Sino con algo intermedio, un gruñido gutural que de alguna manera formaba un sonido que podría ser lenguaje si uno escuchaba con suficiente atención. —Zuuuubeeeek. —Artemis parpadeó. —¿Qué? —La bestia inclinó su cabeza, sus ojos nunca dejando los suyos. —Zubek. —Es... —Lyra sonaba como si estuviera a punto de desmayarse—. Es su nombre. Te está diciendo su nombre, Artemis. —Ragnar es su nombre humano —explicó Rifen, bajando lentamente su espada—. Pero Zubek, es el nombre de su lobo. Su bestia interior. Nunca lo había escuchado decirlo en voz alta. La bestia, Zubek, dio otro paso más cerca. Ahora estaba a solo un metro de distancia. Artemis podía ver cada detalle de su enorme rostro. Las cicatrices que atravesaban su hocico. La inteligencia ardiendo detrás de esos ojos rojos. Había algo ahí. No solo un animal, tampoco solo rabia. Había anhelo y una desesperación desgarradora de poder hacerse entender. —Me reconoce —dijo Scarlet con un sobresalto—. De alguna manera, me conoce. —Lentamente, sin romper el contacto visual, Artemis levantó su mano. —Artemis no... —comenzó a advertir, pero Artemis la silenció con un gesto. —Zubek —dijo Artemis suavemente, probando el nombre en su lengua. Sentía una tremenda conexión con ese nombre. ¿Me entiendes? La bestia parpadeó lentamente. Luego, con cuidado exquisito, presionó su enorme hocico contra la palma extendida de Artemis. El contacto fue algo cósmico. Artemis sintió una corriente recorrer todo su cuerpo, desde su mano hasta su corazón, hasta cada terminación nerviosa. Sintió a Scarlet aullar dentro de ella, gritando algo que Artemis no entendía completamente, pero que su alma parecía saber. Mate. Zubek tembló bajo su toque. Un sonido emergió de su garganta, muy bajo y roto, que podría haber sido un gemido de alivio o un sollozo de agonía. —Diosa Selene —susurró Rifen—. Es real. El vínculo es real. —Artemis sintió lágrimas quemando sus ojos sin entender por qué. Solo sabía que su mano contra este pelaje oscuro se sentía más correcta que cualquier cosa en sus doscientos tres años de existencia. —Hola —susurró con voz temblorosa cargada de emoción—. Te he estado buscando en mis sueños.
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