—Me encantas. —Lo sé. —dije con autosuficiencia, sonrió y continuó con la intensidad en su beso. De un momento a otro, bajó las manos y agarrándome de la cintura me hizo dar la vuelta sobre la cama, para que yo quedara debajo de él. Pronto empezó a bajar los besos y mi agarre a las sabanas se hizo más persistente cuando terminó su camino en mi intimidad, ya que su lengua se abrió paso y logró que me retorciera del placer, por más intentos de reprimir mis gemidos, fue imposible para mi cordura. Podía notar cuánto le gustaba verme disfrutarlo, porque la tortura era parte de su sesión y la intensidad con la que recibí el orgasmo me fusiló sin que pudiera contenerme demasiado, a pesar de la privacidad que nos proporcionaba su casa a solas. Cuando vi la hora, pasaban de ser las tres de la ma

