SOMBRAS EN LA OSCURIDAD

1154 Palabras
Cecy: Las luces tenues de la habitación se filtran a través de las cortinas, proyectando sombras difusas sobre las paredes. La atmósfera está impregnada con el aroma del vino que Alex bebió hace unos minutos, con el leve perfume amaderado de su loción y con la tibieza de nuestros cuerpos enredados en las sábanas de seda. Estoy aquí, en su cama, de nuevo. Sus manos recorren mi piel con una seguridad que no deja espacio a la duda. Con la firmeza de alguien que sabe exactamente lo que quiere y cómo obtenerlo. Sus dedos rozan mi espalda, deslizándose lentamente hasta mi cintura, ejerciendo la presión justa para hacerme sentir atrapada. No atrapada físicamente, sino atrapada en algo mucho más profundo. Su pene grande y fuerte lo presiona entre mis nalgas, es una sensación divina y me excita muchísimo. La forma en que me besa, con hambre y urgencia, es distinta. Distinta a la manera en que me besó la primera vez, distinta incluso a la manera en que lo hacía cuando nuestra relación estaba en su mejor momento. No hay paciencia en sus labios, no hay exploración, no hay dulzura. Hay posesión. Siento que es como un animal salvaje marcando su territorio, sus manos me recorren, me desean con autoridad, haciéndome sentir toda suya, pero me resisto no sé por qué. Su cuerpo cubre el mío, su aliento cálido se mezcla con el mío mientras me susurra palabras entrecortadas. —Eres mía… solo mía… Su voz es un eco en mi cabeza, una afirmación que he escuchado tantas veces que ya no sé si realmente significa algo o si es solo una de esas frases que se repiten para convencer a ambos de que es verdad. Asiento, pero dentro de mí hay algo que se resiste. Me esfuerzo por concentrarme en sus caricias, en el modo en que su piel se siente contra la mía, en la manera como frota su pene contra mí, en cómo su boca recorre mi cuello con ansias. Intento recordar lo que sentía antes, cuando su toque era todo lo que necesitaba para sentirme viva. Intento volver a sentir ese anhelo que me penetrara con fuerza animal, con desenfreno. Pero mis pensamientos son traicioneros. Una imagen se filtra en mi mente sin permiso, interrumpiendo el momento como un susurro en la oscuridad. Lucas. Cierro los ojos con fuerza, tratando de disiparlo, de alejarlo, de arrancarlo de mi memoria. No debería estar pensando en él. No ahora. No mientras estoy aquí, entregándome a Alex, reafirmando con mi cuerpo lo que con palabras ya le prometí. No entiendo que me pasa, con Lucas no sentí ese desenfreno que anhelo que deseo volver a sentir. Pero mi mente no me obedece. Recuerdo la forma en que Lucas me miraba, con adoración, con ternura, con esa mezcla de asombro y deseo contenido. La forma en que me tocaba, sin prisa, como si cada centímetro de mi piel mereciera ser descubierto con dedicación. Alex me devora. Lucas me apreciaba. La diferencia me golpea como un mazazo en el pecho. Alex me presiona contra la cama con su peso, inclinándose para besarme con más intensidad, como si pudiera borrar cualquier pensamiento que no lo incluya. Como si, con cada penetración fuerte de su pene en mi sexo y con cada caricia brusca, pudiera anclarme más a él, asegurarse de que mi mente no divague. Se que lo sabe, se que aunque no le dije que me acosté con Lucas lo sabe, y quiere borrar sus huellas de mi piel con su pasión, pero hay algo que creía antes que había y ahora creo estar segura que no hay y es que Alex no siente amor por mí. Me dejo llevar, me aferro a él, a sus hombros, a la familiaridad de su cuerpo, a la manera en que me ha hecho suya tantas veces antes. Mis uñas se hunden ligeramente en su piel cuando lo siento tomar el control, marcando el ritmo, llevándome a donde él quiere. Pero hay algo distinto en mí esta vez. No es mi cuerpo el que lo traiciona, sino mi alma. Porque mientras Alex me posee con desesperación, en mi mente solo puedo recordar la forma en que Lucas me acariciaba después. Cómo me abrazaba, cómo me envolvía con su calor sin esperar nada más, sin exigencias, sin demandas. Cómo me miraba a los ojos como si fuera suficiente con tenerme en sus brazos. Con Alex, la pasión es fuego. Consumidora, ardiente, inevitable. Con Lucas, la pasión era calma. Era un latido acompasado, un vaivén suave en medio de la tormenta. La diferencia entre ambos es brutal, desgarradora. Y sin embargo, aquí estoy. Alex gime mi nombre con un tono triunfante, como si con cada movimiento sellara mi rendición. Como si estuviera asegurándose de que no hay más dudas, de que sigo siendo suya, de que lo que pasó con Lucas fue solo un error momentáneo, una distracción pasajera. Cuando todo termina, cuando el sudor cubre nuestras pieles y el aire se siente pesado en la habitación, Alex no tarda en envolverme entre sus brazos. Me sostiene con fuerza, con una intensidad que roza la desesperación. Su aliento choca contra mi cabello cuando me susurra: —No quiero que pienses más en él… Su tono es bajo, pero cargado de advertencia. Me congelo. ¿Lo sabe? ¿Se ha dado cuenta? ¿Me ha visto dudar en medio del acto? Me giro para mirarlo, pero su expresión es indescifrable. Hay algo en sus ojos, una mezcla de satisfacción y dominio, como si pudiera sentir lo que pasa dentro de mí y estuviera complacido de haber reafirmado su poder sobre mí. Intenta acariciar mi rostro con dulzura, pero su toque tiene algo diferente. Es más, un recordatorio de su control que un gesto de ternura. —Dime que solo me quieres a mí —dice, con una calma inquietante. Mi garganta se seca. Quiero decir la verdad. Quiero decirle que lo amo, pero que hay algo dentro de mí que aún se aferra a lo que viví con Lucas. Que hay una parte de mí que no puede olvidar la dulzura, la calma, el respeto que sentí en sus brazos. Pero no puedo. No me atrevo. Porque decir la verdad sería admitir que mi corazón está dividido. Y Alex no lo permitiría. Así que respiro hondo y, con la mejor voz firme que puedo reunir, susurro: —Solo te quiero a ti. Él sonríe, satisfecho, y me besa la frente con esa falsa ternura que ya he aprendido a reconocer. —Eso es lo único que importa. Me aferro a él como si creyera sus palabras. Como si creyera las mías. Pero en la oscuridad de la habitación, mientras el sueño me arrastra lentamente, solo un pensamiento resuena en mi mente. -Si solo quiero a Alex… ¿por qué sigo deseando la manera en que Lucas me hacía sentir? - pienso
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