Alex:
La observo en la tenue luz del amanecer, su piel desnuda aún marcada por la intensidad de la noche anterior. Sus cabellos negros caen sobre la almohada en un desorden caótico, y su rostro, sereno en apariencia, me dice más de lo que ella misma se atrevería a confesar.
Cecy cree que puede engañarme.
Piensa que su silencio, sus gestos cuidadosamente medidos, su entrega sumisa, bastan para convencerme de que su mente y su cuerpo me pertenecen por completo. Pero no es así.
No es necesario que me lo diga en voz alta. Lo veo en sus ojos, en esos breves instantes de distracción cuando cree que no la estoy observando. Lo siento en su respiración cuando me toca, en la forma en que se tensa cuando la poseo.
Lucas aún vive dentro de ella.
La idea me envenena por dentro, pero mi orgullo me impide decirlo en voz alta. No le daré la satisfacción de saber que me importa, que su infidelidad me caló más hondo de lo que jamás admitiré. No.
En vez de eso, haré lo que mejor sé hacer: manipularla hasta que ella misma renuncie a la idea de ser libre.
Porque Cecy es mía.
Ajusto las sábanas sobre su cuerpo y deslizo mi mano con suavidad por su espalda, disfrutando de la sensación de su piel caliente bajo mi palma. Se remueve ligeramente, pero no despierta.
No me molesto en cerrar los ojos. No necesito dormir. La satisfacción de haberla recuperado me llena de una energía que el descanso no podría igualar. Ella regresó a mí. Eso es lo único que importa. Lucas es solo un fantasma en su mente, una sombra que no tardaré en disipar.
La clave está en recordarle quién soy. Lo que significa estar conmigo. Lo que sería perderme.
A mi lado, Cecy lo tiene todo. Lujos, protección, una vida que la mayoría de las mujeres matarían por tener. Solo un tonto como Lucas creería que puede darle algo mejor. ¿Qué podría ofrecerle él que yo no? ¿Una dulzura efímera? ¿Una promesa de respeto y amor? Estupideces.
Las mujeres como Cecy creen que quieren ternura hasta que se enfrentan a la realidad. Hasta que recuerdan que el amor no es suficiente si viene envuelto en mediocridad.
Ella ha probado mi mundo. Sabe lo que es vivir con privilegios, con estabilidad, con el tipo de amor que no se mendiga, sino que se impone. No podrá resistirse. No a mí.
Acaricio su cuello con la yema de los dedos y me inclino para rozar su piel con mis labios. Quiero despertarla con suavidad, recordarle que estoy aquí, que soy su centro, su única certeza.
Ella se estremece y abre los ojos lentamente.
Su mirada se encuentra con la mía y por un instante, solo un instante, veo el conflicto reflejado en sus pupilas. Pero Cecy es débil.
No tarda en sonreírme con ese gesto que tanto me gusta, en relajarse entre mis brazos como si no hubiera nada más en el mundo.
—Buenos días —susurra con voz adormilada.
—Buenos días, preciosa —respondo, acariciando su mejilla con la ternura que sé que necesita en este momento.
La beso lentamente, sin la urgencia de la noche anterior. No porque no la desee —porque Dios sabe que la deseo— sino porque quiero que se sienta segura. Quiero que baje la guardia.
Cuando la suelto, sus labios aún están entreabiertos, sus mejillas levemente sonrojadas.
—¿En qué piensas? —le pregunto, observándola con atención.
Es una trampa, por supuesto. Porque sé en qué piensa. Pero quiero escucharla mentir.
Quiero ver cómo lucha consigo misma, cómo intenta convencerse de que la culpa no la consume.
Cecy parpadea, confundida por la pregunta, y después niega con la cabeza.
—En nada —miente.
Ahí está.
La cazo al instante. Su forma de evitar mi mirada, la manera en que se muerde el labio como si temiera que su propia boca la delate. Sonrío, fingiendo que la creo.
—Entonces, ¿quieres desayunar conmigo? —le propongo con voz ligera, como si no llevara minutos analizando cada pequeño gesto suyo.
Ella asiente y se incorpora lentamente, sujetando la sábana contra su pecho como si, después de todo lo que hicimos, aún tuviera algo que ocultar.
Me tomo mi tiempo para observarla mientras se viste. Quiero que sienta mi mirada sobre ella, que recuerde que sigo aquí, que no puede escapar.
Cuando terminamos de arreglarnos, bajamos juntos a la cocina. Le sirvo café y me siento frente a ella, apoyando los codos sobre la mesa mientras la observo con intensidad.
—Sabes que me haces feliz, ¿verdad? —digo de repente, con un tono casual que no deja ver mis verdaderas intenciones.
Ella levanta la vista de su taza, sorprendida por mis palabras.
—Lo sé —responde suavemente.
Pero hay algo en su voz que me molesta. No es lo suficientemente firme.
No es lo suficientemente entregada.
Me inclino hacia adelante y le tomo la mano con suavidad, acariciando sus dedos con la mía.
—Cecy, solo quiero que estemos bien. Que todo lo que pasó quede en el pasado.
Ella asiente lentamente, pero sus ojos bajan de nuevo.
Frunzo el ceño, aunque me cuido de no dejar que mi molestia sea demasiado evidente.
—Dime que estás aquí porque me amas —susurro, guiando su mano hasta mi pecho.
Cecy respira hondo y me mira.
—Te amo, Alex.
La escucho, pero sigo sintiendo esa grieta en ella. Esa pequeña fisura que, aunque ha decidido quedarse a mi lado, aún no ha sanado por completo.
Y eso me irrita.
Porque yo no debería ser quien esté sanando nada. Yo no fui el que cometió un error. Yo no fui el que buscó a otro. Cuando se enteró de lo que pasó con la secretaria, encontré una manera de justificarlo. Porque lo mío no fue una traición. Lo mío fue una distracción sin importancia.
Lo de ella, en cambio… Fue diferente. Y lo sabe. Por eso se siente culpable. Y esa culpa es mi arma.
—¿Sabes cuánto dolió pensar que podrías alejarte de mí? —pregunto, sin apartar mi mirada de la suya.
Ella aprieta los labios. No responde de inmediato.
—Lo sé… —susurra finalmente, con la voz llena de remordimiento.
Perfecto.
—Pero ya pasó —añado, sonriendo con ternura. —Lo importante es que estás aquí. Conmigo.
Ella asiente, con un brillo de emoción en los ojos. No necesita saber que, en mi mente, sigo recordando a Lucas. Que cada vez que la toco, la beso, la poseo, me pregunto si piensa en él.
No necesita saber que mi plan aún no ha terminado. Porque, aunque la he traído de vuelta, aún queda un paso más. Tengo que romper cada rastro de duda en ella. Tengo que hacer que su único pensamiento sea yo. Y sé exactamente cómo hacerlo. Por ahora, la dejo disfrutar su café, creyendo que hemos dado vuelta la página. Pero en mi interior, sonrío con frialdad. Porque esto aún no ha terminado.
Y Cecy aún no ha entendido que jamás podrá escapar de mí.