SECRETOS ENTRE AMIGAS

1138 Palabras
Cecy: El rugido de los motores del avión privado de Alex se disipó mientras aterrizaba en el aeropuerto de Teterboro, en Nueva York. Mi cuerpo aún temblaba por la adrenalina de esperar a mi amiga que llegara con bien y la locura de haber sacado a Sasha clandestinamente de las Islas Maldivas sin que Jhon ni Steven se dieran cuenta. Subí al avión no más me abrieron la puerta, y miré a mi amiga, acurrucada en el asiento de cuero beige, con los ojos enrojecidos por el cansancio y la angustia. Estaba envuelta en una manta de cashmere que uno de los asistentes de vuelo le había ofrecido, pero ni el lujo ni la comodidad parecían aliviar el peso que llevaba sobre sus hombros. Yo también me sentía agotada. Desde el momento en que Alex accedió a prestarme el avión—con ese tono calculador y esa mirada que me advertía que no lo hacía sin esperar algo a cambio—no había tenido un segundo de paz. Hacer los arreglos, asegurarme de que el piloto la recogiera sin ser visto, y ahora, traerla aquí, a Nueva York, sin que nadie más supiera... todo había sido un torbellino. —¿Estás bien? —pregunté en voz baja, rompiendo el silencio entre nosotras. Sasha asintió débilmente, pero su expresión decía lo contrario. —No lo sé, Cecy. Aún no puedo creer que esto esté pasando —susurró, apretando la manta contra su pecho como si fuera un escudo. —Ya estás a salvo. Eso es lo importante —dije con suavidad, aunque la sensación de peligro aún no me abandonaba del todo. Un asistente de vuelo apareció en la cabina con una sonrisa impecable. —Señorita, el chofer la está esperando afuera con el automóvil. Todo ha sido dispuesto según las instrucciones del señor Alex. Asentí. Por supuesto que Alex se había asegurado de que todo estuviera cubierto. Incluso en su “generosidad”, nunca dejaba de recordarme que era él quien movía los hilos. Me giré hacia Sasha y le di un leve apretón en la mano. —Vamos. Tenemos un lugar seguro para ti. El Rolls-Royce Phantom n***o nos dejó en la entrada de uno de los hoteles más lujosos de Manhattan. Sasha miró con incredulidad los enormes ventanales iluminados y la elegante entrada con alfombra roja. —Cecy... esto es demasiado. No puedo aceptar esto. —No es tu decisión. Ya está hecho —respondí, tratando de sonar más firme de lo que me sentía. La verdad era que todo lo había pagado con la tarjeta de crédito de Alex. Y aunque él no había dicho nada, sabía que esto no quedaría sin consecuencias. Pero en este momento, mi prioridad era Sasha. El recepcionista nos recibió con una sonrisa impecable y nos entregó las llaves de la suite. —Disfruten su estancia, señoritas. Cuando llegamos a la habitación, Sasha dejó caer su bolso en el suelo y se dejó caer sobre la enorme cama con un suspiro tembloroso. —No puedo creer que esté aquí —susurró, llevándose las manos al rostro. Me senté a su lado y le pasé una caja de ropa nueva que había comprado para ella en una boutique cercana mientras el chofer nos traía del aeropuerto. —Toma, es para ti. Sasha me miró con sorpresa. —Cecy, esto es demasiado... —Solo cállate y acéptalo. ¿Quieres ducharte primero? Ella asintió y se dirigió al baño sin decir nada más. Mientras tanto, yo me desplomé en el sillón, dejando que la tensión de todo el día se asentara en mis músculos. Sentía un leve atisbo de alivio, pero también sabía que las preguntas no tardarían en llegar. Unos treinta minutos después, Sasha salió del baño con una bata de seda blanca del hotel y el cabello húmedo. Se veía más tranquila, pero en su expresión aún había una sombra de angustia. —Gracias, Cecy. No tienes idea de cuánto significa esto para mí. —Sabes que siempre estaré aquí para ti —le aseguré, dándole una pequeña sonrisa. Ella tomó su teléfono y, tras dudar un momento, deslizó la pantalla para mostrarme algo. —Mira esto... —dijo, con voz apagada. En la pantalla había varias fotos. Fotos de Jhon abrazando a otra mujer en la terraza de una villa, su rostro parcialmente oculto en el cuello de ella, como si estuvieran en un momento íntimo. Pero no era solo eso. También había fotos de Jhon y Steven juntos, demasiado juntos, con una cercanía que parecía algo más que una simple amistad. Fruncí el ceño, observando con más atención. Y entonces, algo en la última foto hizo que mi sangre se helara. Un hombre alto, de traje elegante, con una mirada penetrante y una sonrisa enigmática. Steven. Mi corazón se aceleró. Lo conocía. No solo lo había visto antes... había sido él quien me ayudó a huir de Alex. Era el mismo Steven que, después de una de mis peores peleas con Alex, me había ofrecido su apartamento de lujo para esconderme durante unos días. El hombre que me había protegido, sin pedirme nada a cambio. Levanté la vista hacia Sasha, con la boca ligeramente entreabierta por la sorpresa. —¿Cómo dijiste que se llama este tipo? —Steven —respondió ella, confusa. —Es el mejor amigo de Jhon. Todo esto es un desastre. Mi mente trabajaba a mil por hora. ¿Cómo era posible que Steven estuviera relacionado con Jhon? ¿Y por qué Alex nunca mencionó que su cliente y amigo, el mismo que me había ayudado, era parte de este enredo?. ¿o Alex no sabe quien es el novio de Sasha? ¿Acaso Steven sabía con quién había estado tratando todo este tiempo? (mis queridas lectores, Sasha, Jhon y Steven son los protagonistas de mi otra novela El Paraíso del Deseo, los invito a leerla también). Sasha notó mi reacción y frunció el ceño. —¿Qué pasa? ¿Lo conoces? Tomé una profunda bocanada de aire antes de responder. —Sí... pero no como tú. Steven me ayudó una vez, cuando intenté alejarme de Alex. Me dio refugio. Me protegió. Sasha abrió los ojos con incredulidad. —¿Estás diciendo que el mismo hombre que es mi gran confusión, del que no se si también estoy enamorada ... fue tu salvador? Asentí lentamente, sintiendo cómo la ironía de la situación me golpeaba con fuerza. —Parece que sí. Un pesado silencio cayó entre nosotras mientras ambas intentábamos procesar la verdad que teníamos frente a nuestros ojos. Steven no era solo un cliente de Alex. No era solo el mejor amigo de Jhon. Era el punto de conexión entre nuestras dos historias. Y si había algo que estaba claro, era que este juego de poder, mentiras y secretos aún no había terminado.
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