EL LÍMITE DE LA VERDAD

1122 Palabras
Cecy: La tarde había caído con rapidez sobre la ciudad, tiñendo las luces de Manhattan con un resplandor dorado que atravesaba las ventanas de la suite. Sasha había estado callada por un buen rato después de nuestra conversación sobre Steven, y me preocupaba que el peso de lo que había vivido en las Islas Maldivas la estuviera absorbiendo lentamente. Le ofrecí un vaso de agua, y al final, después de un largo silencio, ella se animó a hablar. —Cecy, no sé qué hacer... —dijo con voz apagada, frotándose las manos como si intentara encontrar alguna forma de calma. Yo la observé en silencio. La veía perdida, aún sin procesar lo que había descubierto sobre su relación con Jhon y Steven, y ahora la situación con el embarazo no hacía más que añadir una capa extra de caos a su vida. —Vas a salir de esta, lo sé. Solo tienes que respirar un poco y pensar con calma. Pero… —me detuve, mirándola de reojo— ¿Has considerado ir a un médico? Sasha me miró con esa mezcla de incredulidad y miedo en sus ojos. —¿De qué me estás hablando? —respondió, intentando evitar el tema, pero sabía que no podía escapar de lo inevitable. —Te lo estoy diciendo en serio, Sasha. Después de lo de las fotos, lo que me mostraste, y considerando que las fechas coinciden con tus encuentros con ellos... creo que es hora de que te hagas una prueba. Ella suspiró y bajó la mirada, como si fuera incapaz de enfrentar la realidad. —Lo sé. Lo sé, pero… —su voz tembló un poco— no sé ni por dónde empezar. Todo esto es una locura, Cecy. No tengo idea de quién podría ser el padre. Jhon y Steven fueron… diferentes, y luego, entre el viaje y todo lo que pasó, no me queda claro en qué momento ocurrió. Mi mente estaba trabajando a mil por hora, pero decidí suavizar un poco el ambiente con una broma para aliviar la tensión. —Sasha, no puedo creerlo. Tú, tan mojigata en la universidad, ahora con no uno, sino dos galanes millonarios. ¿Cómo pasó todo esto? No te reconozco. ¿Cuándo se te pasó la mojigatería? Ella me miró con los ojos bien abiertos, y luego rompió a reír, pero era una risa nerviosa, un intento de alejar la ansiedad que la estaba devorando. —No sé cómo llegué aquí, Cecy. Y la verdad, tampoco sé cómo manejarlo. Todo esto es un desastre. Me siento tan… confundida. Yo la entendía. Era raro ver a Sasha así, sobre todo porque en la universidad ella siempre había sido la más centrada, la más “correcta” entre nosotras. Para ella, las relaciones siempre habían sido una cuestión de compromiso, de ser una buena novia, algo que ahora veía completamente distorsionado. La situación era un enredo que no tenía forma de resolverse sin más complicaciones. Pasaron unas horas y después de hacer algunas llamadas, conseguimos una cita en una clínica cercana. Sasha, aunque reticente al principio, finalmente aceptó acompañarme. Durante el trayecto, yo trataba de mantener el tono ligero, pero la tensión era palpable en el aire. Me daba cuenta de que, a pesar de todo, estaba profundamente preocupada por el resultado de la prueba. La clínica era pequeña, pero moderna. Entramos, y después de llenar un par de formularios, nos sentamos en la sala de espera. —Solo será un momento —le dije mientras ella jugaba con la tapa de su bolso, aún con la mirada fija en el suelo. No pasó mucho tiempo hasta que una enfermera nos llamó. A Sasha le temblaban las manos cuando entró al consultorio. Yo me quedé afuera, esperando. El silencio en el pasillo era interminable. El sonido de las puertas abriéndose y cerrándose, la conversación distante de otras personas... Todo me parecía tan ajeno a lo que Sasha estaba enfrentando. Finalmente, la puerta se abrió y Sasha salió, pálida como una sábana. Al instante, me levanté y me acerqué. —¿Qué dijeron? —Es positivo. —La voz de Sasha estaba apagada, como si hubiera perdido toda la energía. Mi corazón dio un vuelco, pero traté de mantener la calma. —Lo sabía, Sasha. ¿Estás bien? Ella asintió, pero su rostro seguía distante, como si estuviera atrapada en una nube de confusión y miedo. —No puedo creer que esté pasando esto —dijo con voz temblorosa. —Y lo peor es que no sé quién es el padre. No sé si Jhon… o Steven. A veces, incluso me parece que todo esto es una pesadilla. Suspiré, aliviada por saber que la verdad había salido a la luz, pero también entendía la incertidumbre y el dolor que la acompañaban. Este no era un momento fácil para ella. Me senté junto a ella en un banco cercano y tomé su mano. —Lo primero que tienes que hacer es tomar las cosas con calma. Ya sabemos lo que está pasando, y ahora solo tienes que pensar en cómo enfrentarlo. Sasha me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero al mismo tiempo, había un atisbo de fuerza en ella. —Pero ¿cómo? ¿Cómo voy a decirle esto a Jhon? ¿Cómo voy a contarle que no sé si su hijo es suyo o de su mejor amigo? La idea de enfrentarse a esa conversación era casi insoportable, y lo entendía completamente. Nadie quiere estar en una situación en la que todo se vuelve tan confuso y lleno de culpa. Me tomé un momento para pensar antes de responder. —No puedo decirte qué hacer, Sasha. Pero lo que sí sé es que te mereces saber la verdad, y tú, al igual que Jhon y Steven, necesitan esa claridad. No todo lo que se ha hecho es irreversible. Pero lo que pase ahora dependerá de lo que tú elijas hacer. Sasha asintió, pero sus ojos seguían vacíos, como si estuviera atrapada entre dos mundos, sin saber hacia dónde moverse. Pasaron las horas, y Sasha comenzó a adaptarse a la idea de estar en Nueva York. Yo seguía ayudándola, pero también tenía que enfrentar mis propios dilemas. La relación con Alex estaba comenzando a sentirme como una prisión de oro. Había algo oscuro en el control que él ejercía sobre mí, aunque al mismo tiempo, me sentía incapaz de escapar. Todo lo que pasaba en mi vida, desde el apoyo que le ofrecí a Sasha, hasta mi relación con Alex, me hacía preguntarme qué realmente quería para mi futuro. Pero en ese momento, lo único que sabía con certeza era que Sasha tenía que sanar, y yo tenía que ser la amiga que ella necesitaba.
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