—¿¡A dónde rayos fueron anoche!? – dijo una voz que sonaba más que molesta. - ¿¡Dónde la llevaste!? ¿¡Crees que ella es como tú!? – seguía reprochando.
—Estaba deprimida, solo quería que saliera un poco y se divirtiera. – dijo otra voz, mucho más apagada, con culpabilidad.
—¡Espero que sepas que si le pasa algo ustedes dos no se volverán a ver o a salir juntos! ¿¡Te queda claro!? – dijo autoritaria la primera voz.
—Sí hermano – respondió la segunda en un minúsculo hilo de voz.
Ella frunció el ceño ¿Quiénes eran estas personas y de que estaban hablando? Entonces todos los recuerdos anteriores invadieron su mente y sus ojos se abrieron solo para verlo sentado junto a ella.
—Adrián – dijo en un susurro, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, era él.
—Despertaste – dijo volviéndose a mirarla, ya que tenía su vista fija en el pelinegro frente a él, al voltear su mirada cambió a preocupación al verla así. – no te vayas a levantar otra vez. – aquello no era una solicitud, sino una orden, su ceño se frunció, él jamás le había dado una orden. – el medico viene de camino, esperaremos que te revise y nos informe lo que tienes.
—No es necesario, solo me maree. – trata de restarle importancia y levantarse, más él se lo impide, algo frustrado por su insistencia.
—No pruebes mi paciencia Fenicia Amiama. – dijo con una voz que le trasmitió un escalofrío – no lo voy a repetir dos veces, quédate en la cama. – dice a lo que ella se queda quieta automáticamente. – te dejé pasar lo de ayer por el cariño que te tengo, pero si sigues por este camino tomare medidas. – le recuerda con un tono de decepción.
Ella no entendía nada ¿Qué había pasado ayer? ¿Por qué él estaba tan enojado? ¿De que estaban hablando todos? Se sentía perdida y confundida, eso le asustaba. No conocía nada de este cuerpo o qué relación tenían ellos dos ¿Quién era el pelinegro o porque rayos estaban en esa casa? Eran demasiadas preguntas sin respuestas, era solo que no sabía si hacerlas, al menos el que él estuviese ahí la aliviaba, tenía al menos una cara conocida. Sin embargo, la ya no sabía si de verdad lo conocía, todo era muy confuso. Decidió hacer una simple y aventurarse a ver si recibía algunas respuestas.
—Yo… ¿Qué pasó ayer? No me acuerdo muy bien – dijo tratando de aparentar que le dolía la cabeza, mientras la sostenía con sus manos.
—Eso no te librará del castigo señorita – dice antes de levantarse de la silla e ir hacia la puerta, pero en el fondo se sintió aliviado, eso significaba que ella daba por terminado ese tema y que estaba bien – espero que la próxima vez, no tenga que ir sin mi asistente a una reunión porque se emborracho demasiado al día anterior – dijo seco. – se me hace tarde para la junta – dijo dirigiéndose al pelinegro. – Federico, tú encárgate de recibir al doctor y cuidarla, después de todo tú tienes la culpa.
Y con eso se marchó.
— No le hagas caso – dijo el tal Federico hacia ella, ocupando el asiento en el que Adrián había estado minutos antes. – sabes cómo es, está enojado porque cree que te estoy corrompiendo, además está preocupado porque te desmallaste, es solo que no sabe cómo expresarlo. – le restó importancia con la mano – pero debiste a verlo visto cuando le dije que no me reconociste, me sermonearía toda la vida si no hubieses dicho su nombre en ese instante. – su sonrisa se apagó. – fue un gran susto, no vuelvas a hacerlo.
Ella lo miró de arriba abajo dándose cuenta por la forma de hablar del chico que al parecer ellos eran cercanos. Se notaba en sus ojos que le tenía aprecio a pesar de sus contantes burlas. Por la seguridad con la que había entrado a la habitación y la forma en que bromeó con ella debían ser muy cercanos, por lo que hizo la conjetura de que eran amigos, lo cual era genial, porque necesitaba alguien en quien confiar en este momento.
—¿Qué tal si te diera que en verdad no recuerdo nada? – lanzó la pregunta tentativamente, para ver como reaccionaria.
El chico se detuvo por unos minutos antes de reírse a carcajadas.
—¡Claro y yo soy el vice ministro de obras públicas de j***n! – se burló – esa broma no funcionará dos veces. – dijo relajado, pero al ver a la chica seria, su sonrisa disminuyó lentamente hasta desaparecer - ¿Hablas en serio? – preguntó sin poder creerlo, ella asintió – pero si acabas de decir el nombre de Adrián.
Ella pensó en una rápida respuesta que pudiese dar a esa pregunta y luego lo recordó, claro llevaba el teléfono de esa chica en la mano cuando él entro.
—Lo había visto en aquel teléfono – señalo el teléfono que ahora yacía en el piso junto al tocador.
El chico se comenzó a asustar, era imposible que alguien perdiera la memoria por una noche de tragos ¿Cierto?
— ¿Pero no recuerdas lo que pasó ayer o no recuerdas nada? – preguntó a tientas.
—Supe que me llamaba Fenicia cuando entraste por esa puerta ¿Qué piensas? – dijo calmada, como si eso fuese algo normal, como si eso no resultara en una sentencia de muerte para él.
Maldita la hora en que había decidido sacarla de aquella casa a escondidas. – pensó ofuscado.
—No te preocupes, mantengamos la calma. – dijo, sin embargo, él se veía más asustado que ella. – el doctor vendrá en unos segundos y nos dirá que tienes, todo se va a resolver.
Ella asintió tranquila, la verdad ya había asimilado mejor las noticias que acababa de recibir, lo que si le inquietaba era ¿Cómo había llegado ella a ese cuerpo? Y ¿Por qué? En todo caso ¿Dónde estaba su dueña?
…
Minutos después el medico había venido y la había revisado. Había dicho que sus nervios estaban muy tensos, más el alcohol en su sistema y el no haberse desayunado podrían ser las causas de su desmallo. Y aunque ella lo trato de detener, Federico acabo diciéndole al médico de su dichosa pérdida de memoria, lo que al médico le pareció muy raro, por lo que le tomó algunas muestras de sangre para hacer estudios, además recomendó que ella fuera al hospital a hacerse otros estudios. Ella sabía que no era necesario, no era una pérdida de memoria después de todo, simplemente ella no era Fenicia Amiama, pero sencillamente no podía decir eso, por lo que no le dio demasiada importancia.
Al quedarse solos otra vez, él parecía más nervioso.
—¿Qué pasa? – pregunto ella sin saber el porqué de sus nervios descontrolados.
—¿Qué pasa? – se levantó alterado la silla y empezó a caminar de un lado a otro constantemente, sin poder calmarse. – lo que pasa, es que yo fui quien te saco la casa sin permiso, yo fui el que te llevo a un bar y dejo que bebieras y soy yo el que tiene la responsabilidad. – dijo sin detenerse - ¿Qué voy a hacer ahora? obviamente me van a culpar a mí.
Ella frunció el ceño. ¿Por qué sentía que en aquel lugar la trataban como una niña inmadura que no sabía lo que hacía? La trataban como una niña de 15 o 16 años ¿Qué edad tenía? Además ¿Qué era ella de ellos? Obviamente Adrián la había llamado asistente, pero la forma en que le hablaba era como a su hermana menor, diciendo que la iba a castigar, este chico hacia lo mismo. Su cuerpo se tensó ¿Era esta persona familia de Adrián?
Pero no recordaba ninguna familia a parte de su madre, la señora Amelia. Pensando en esto se dio cuenta de este chico lo había llamado hermano y parecía tener más o menos unos años menos que Adrián, pero, él no tenía hermanos ¿Qué rayos pasaba aquí? Tenía demasiadas incógnitas que resolver, pero, primero tenía que calmar al chico frente a ella, que no paraba de dar vueltas y decir las cosas que le harían, como quitarle el coche y subastarlo.
—No le tenemos que decir a nadie. – dijo ella, lo que frenó al chico.
—¿¡Cómo se supone que vamos a ocultar que no recuerdas nada!? – dice como si fuera el plan más descabellado que hubiese escuchado en su vida, hora si empezaba a creer que se le había fundido el cerebro a la castaña. – además, si Adrián se estera que aparte de de todo esto también le mentimos, nos ira peor.
—Cálmate, él no tiene por qué enterarse. – aseguro – si tú me cuantas todo, nadie tiene porque enterarse, ni siquiera se darán cuanta.
— ¿Y cómo vas a hacer para aprenderte 22 años en un día? – negó con la cabeza ¿Podía ser que la memoria y la inteligencia estuvieran conectados?
—No tiene por qué ser en un día, el médico me recomendó reposo ¿Cierto? – pensó lentamente – puedo decir que aún estoy indispuesta, tú me estas cuidando. – propuso.
Federico lo pensó, aun no le convencía el plan y mucho menos creía que su abuela lo creería, pero era esto o perder su auto favorito, por lo que sin pensarlo dos veces acepto.
— Pero tienes que ir al médico para que te chequee. – puso como condición – las veces que el medico lo disponga hasta que encuentre una cura.
Su cara se torció por un momento, eso sería toda la vida, no había una cura para su enfermedad, porque no era una enfermedad. Suspiró, siempre se tenía que pagar un precio por mentir después de todo. Sin más opciones acepto. Desde ese día, él había empezado con la narrativa de quien era Fenicia Amiama, claro había cosas de lo que solo se podía enterar leyendo su diario. Sin embargo, lo último tampoco fue muy difícil, ya que el mismo se encontraba en su teléfono y se desbloqueaba con su huella dactilar, por lo que una semana después, ya estaba lista para enfrentar el mundo como Fenicia Amiama, la asistente de Adrián Emilio Dell, el hombre que ella amaba, o eso esperaba ella.