Capítulo 6: Él había cambiado

1389 Palabras
Miró la casa frente a ella, era una casa de dos pisos, azul pálido como el cielo y extremadamente grande. Afuera un pequeño jardín, solo de nombre, porque que en realidad no poseía ninguna flor o planta, solo un camino que daba a la casa y el garaje. Era una casa depresiva, peor que si se hubiese pintado de gris. ¿Por qué vivía allí? – se preguntó – ¿Por qué no vivía con su familia? Y ¿Cómo rayos fue a parar en ella? Federico solo le había dicho que su padre lo había traído un día a la casa y había dicho que era su hijo, tiempo después se había mudado aquí. A parte de eso, según le explicó el pelinegro, nadie había explicado donde estaba y como había llegado ahí. Ella sabía dónde había vivido, porque después de todo había pasado la mayor parte de su tiempo con él, lo que no sabía era ¿Dónde estaba su madre? ¿Qué pasaba con la señora Amelia y porque no estaba con Adrián? La conocía y sabía que no era el tipo de mujer que dejaría a su hijo. Además, si el señor Félix (a quien por cierto no había visto en su estadía en ese lugar) era el padre de Adrián, ¿Por qué jamás lo había visto? Suspiró, mejor se concentraba en las cosas que si sabía. Que la verdad tampoco era mucho, ya que no era que Federico supiera toda la vida de la chica y los diarios solo contaban momentos específicos. Pero al menos Federico había prometido guiarla por medio de un auricular, hasta que pudiera dominar la forma de actuar de Fenicia. —¿Lista? – pregunto desde el otro lado de la línea. Ella respiró hondo, no estaba lista, pero tenía que hacerlo. —Lista. Decidió enviar un mensaje para que supiera que estaba afuera con su traje. Ya que esa era una de las actividades que tenía que cumplir como su asistente. Esperó unos minutos antes de recibir una respuesta. «Tráelo, iré a la ducha» Escribió algo extrañado por su reciente actitud. ¿Habría sido muy duro con ella? ¿Estaría tomando su distancia como lo había hecho ella? Al pensar en ella un recuerdo invadió su mente, haciendo que el dolor de su cabeza aumentara, el fin de semana se cumplirían 5 años, desde el día que había perdido todo, hasta su corazón y su alma. Miró hacía el techo de su habitación, ese día todo había cambiado para él, ya nada sería igual. … Por otro lado, Fenicia había entrado a la casa y había dejado el traje en el sofá mientras, recorría la casa con la mirada. Y otra vez le pareció sin vida, era plana y sin emoción, con solo decir que apenas tenía dos sofás y una mesa de café en la sala y unos pocos utensilios en la cocían. Parecía que se acaba de mudar y por la información que Federico le había dado, llevaba 3 años viviendo allí. Las paredes eran grises, los muebles negros, todo se veía lúgubre y melancólico, como cuando lo había conocido, solo que esto era peor. ¿Qué había pasado con él en esos 5 años para volverlo así? Bueno, trato de sacudirse la tristeza que transmitía la casa, al menos por ese día, quería hacer sonreír a su mejor amigo. Claro, las cosas quizás no eran como antes, pero no podía a ver cambiado tanto. Empezaría por hacer su desayuno favorito. No quería volver a desperdiciar la oportunidad de estar junto a él, además el ya no tenía novia, lo cual le dejaba una oportunidad. Esta vez ella estaba decidida a no dejarlo ir hasta intentar todo. Era el chico que amaba y haría todo para que esta vez no fuera un amor unilateral. … Probó la salsa de la pasta. No era porque ella misma la hubiese preparado, pero estaba exquisita, la salsa estaba en su punto y la pasta no se había ablandado demás esta vez. Se alzó para tomar el plato de la despensa, claro que lo tuvo que lavar luego, porque al parecer él rara vez cocinaba. Lugo sirvió la pasta y le hechó la salsa por encima, para luego hacerle algunas decoraciones. Al terminar, plasmó una sonrisa en su rostro, le había quedado perfecto. Tomó el plato para llevarlo a la mesa, cuando de pronto sintió una gota de agua caer sobre su cabeza, no le dio ningún tiempo de preguntase de donde había salido, antes de escuchar su voz ronca en su oído. — ¿Qué estás haciendo Fénix? Se sobresaltó tanto que el plato estuvo a punto de salir volando. Su corazón arremetía en su pecho, por la evidente cercanía y la sangre le subió a la cabeza. La circulación de sus pensamientos se detuvo al instante, por lo que en un rato no se movió siquiera. —¿Fénix? – la volvió a llamar. Solo entonces ella reaccionó y sin saber cuánto tiempo había tardado así dio la vuelta y lo enfrentó, solo que al hacerlo se arrepintió al instante, pues él solo llevaba una toalla. Recorrió todo su pecho desnudo, dándose cuenta de lo tonificado que estaba, su cabello, causante de la gota anterior, estaba mojado y escurría agua mientras permanecía desordenado de una manera muy atractiva, misma agua que bajaba gota a gota por sus abdominales hasta perderse en su toalla. Sus ojos, verde oscuro la miraban con una fijeza desarmadora. Si así se aparecía frente a la Fenicia original, ya entendía el porqué de que su diario estuviese lleno de fantasías de él y no fantasías de una hermana a su hermano precisamente. Su amigo estaba muy bueno. Se mordió el labio y desvió la mirada, cosa que lo sorprendió. Si una cosa le admiraba a la chica, era su desvergüenza de comérselo con la mirada y luego fingir que nada había pasado. Aunque debía admitir que verla sonrojada era bastante divertido, por lo que decidió molestarla un poco más. Se acercó un poco más a ella hasta acorralarla contra el lavabo, mientras sus manos se escurrían por su rededor hasta dejarla encerrada en sus brazos. Bajo lentamente a sus oídos y notó que sus ojos se abrían con estupefacción, tanto que estuvo a punto de reírse. Cuando estuvo tan cerca para llenarse de su perfume, sonrió y le dijo. —¿Qué pasa Fénix? ¿A caso me tienes miedo? ¿Dónde está la chica que hace unos días se metió en mi cama con solo una bata muy delgada y me pidió que la hiciera mi mujer? – dijo antes de alejarse, solo para verla aún más roja y con los ojos muy abiertos. Por lo que habiendo cumplido su cometido dio la vuelta y se marchó tomando el traje, no sin antes recordarle. —Una cosa más, no quiero ver eso cuando baje, así que desastre de ella, odio la pasta. ¿Cómo no podía recordar eso que aquella chica había escrito en su diario? El meterse en su cama sin ninguna vergüenza y decirle que la hiciera mujer ¿Qué estaba pensando la Fenicia original? Eso era una gran locura. Era solo que estaba confiada porque jamás pensó que él se lo sacaría en cara de esa manera. Puso el plato sobre el lavamanos y se hecho agua en la cara por mucho tiempo hasta que el calor disminuyó, pues sentía que se incendiaba. ¿Además desde cuando a ese chico no le gustaba la pasta? Esa era su comida favorita, lo recordaba muy bien, porque ella lo había investigado todo sobre él, además, era algo que ellos compartían. ¿Sería posible que ya no tuviesen nada en común y que ella ya no lo conociera? Una cosa era segura él había cambiado. Se clamó un poco y fue por un vaso de agua, solo para escuchar la voz sorprendida de Federico del otro lado de la línea. —¿Te le confesaste a mi hermano? – dijo dando a entender que había escuchado todo, aunque esto era mucho más que una simple confesión, era solo que no podía encontrar otra palabra para lo que había escuchado. Fenicia no pudo evitar expulsar toda el agua que se estaba bebiendo. Eso no le podía estar pasando a ella – pensó con fastidio.
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