Enseguida colgó el teléfono y se quitó el auricular, eso había sido demasiado para ella y no soportaría que él hiciese otro chiste como ese mientras Federico escuchaba. Por lo que concluyó que quizás sería mejor que se las arreglaría sola de ahora en adelante.
Momentos después había bajado totalmente vestido y su cabello arreglado perfectamente hacia atrás, sin ni una sola hebra fuera de su lugar. Lo único que le faltaba era la corbata que llevaba en la mano. Al llegar a bajo la miró y le pasó la corbata, por lo que por un momento no supo lo que quería. Mientras él la veía de forma seria, aunque algo desconcertado. Desde que se convirtió en su asistente ella se había encargado de esto por él, por lo que se había encontrado muy extraño que ella no subiese a ayudarlo hoy. Sin embargo, después de lo que paso entre ellos y como se había burlado de ella anteriormente, supuso que la chica estaba enojada, por lo que para calmar las cosas se acercó primero. Es solo que nunca pensó que ella lo miraría como no si entendiera nada ¿Era esta una forma de hacerlo pagar?
Decidido a ceder esta vez, después de todo era él quien quería que el tema quedara enterrado, pero también quien había sacado el tema a colación. Se aclaró la garganta y dio el primer paso.
—¿Me ayudarías con la corbata? – aclaró.
Solo entonces ella entendió lo que quería y estuvo a punto de golpearse la frente por estúpida. La verdad, era obvio que era eso lo que quería. Se paró frente a él y se alzó un poco para rodear su cuello con la corbata, pues algo que no había cambiado con su rencarnación era su estatura promedio. Una vez hecho empezó a anudarla, tratando de mantenerse enfocada, pero estar tan cerca de él no la ayudaba en nada. Nunca pensó que atar una simple corbata sería tan difícil hasta ese momento. No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración, hasta que terminó y se separó como si le corriera a alguien, soltando todo el aire que había estado conteniendo. Su perfume era adictivo, como una especie de droga que la atraía a él. Solo entonces se dio cuenta de lo que había dicho aquella Fenicia en su diario.
«Nunca pensé que ser tú asistente me resultaría tan difícil, como dejar una fuerte adicción por una droga, mientras más la consumo, más me cuesta dejarla, más dulce y adictiva la encuentro y más cuesta no caer ante la tentación»
Su gélida voz la hizo salir de sus pensamientos, que se disolvieron como arena.
—¿Qué es eso? – pregunto en un tono que no reflejaba ninguna emoción.
Enseguida ella miró hacia donde su mirada se dirigía y trago en seco, antes de armarse de valor y hablar.
—Dijiste que no querías la pasta, por lo que te preparé algunos emparedados, necesitas desayunar. – explicó.
Sin embargo, su mirada neutra no cambio en ningún momento y aunque no parecía enojado, eso solo la asustaba más.
—¿Te pedí esto? – volvió a preguntar.
—No, pero si no desayunas tu salud…
Trato de decir antes de volver a ser interrumpido por él.
—Entonces para. – la mira, totalmente serio. – Cuando estamos en el trabajo soy tu jefe, por lo que no se te permite hacer cosas que no te he solicitado. ¿Entendiste? – ella se quedó en silencio sin poder decir nada, no entendía que había hecho mal para que él, quien había desdibujado la línea entre lo personal y lo profesional, la marcara ahora. - ¿Entendiste? – repitió al ver que no había respondido.
Ella desvió la mirada algo dolida, en ese momento debió recordarse muchas veces que ya no era Hanica, que era Fenicia, era su asistente, él, su jefe, por lo que por, aunque le doliera, su relación no era como antes. Tragó fuerte y respondió.
—Sí jefe.
—Entonces deshazte de eso. – dijo antes de darse la vuelta para ir al auto mientras la dejaba atrás. – te doy 5 minutos.
En ese momento quiso golpearlo ¿Acaso sabe él lo que se esforzó para preparar la pasta que le gustaba y quitándole las orillas a los emparedados porque sabía que no le gustaban, para que el simplemente dijera que los botara? Cerró los ojos con fuerza, su mejor amigo, ya no era él mismo, ni siquiera se parecía a la sombra del chico del que se enamoró. Tomó todo y lo puso en el refrigerador, ya luego volvería para dárselo a alguien que lo apreciara, ya que simplemente botarla no le parecía bien.
…
En cuanto ambos subieron al auto, el conductor lo puso en marcha, mientras reinaba un silencio incomodo entre ambos. Cada uno enfocado en algo distinto, ella en algunas cosas que aún no entendía sobre los informes que la antigua Fenicia estaba haciendo sobre algunas minas que la empresa pensaba adquirir y su viabilidad. Él por otro lado, estaba centrado en los temas de la junta de hoy con los jefes de departamentos, donde propondrían las nuevas ideas de su departamento para la nueva colección que se lanzaría en invierno. Cuando terminaron ya habían llegado a la empresa, por lo que bajaron. Enseguida vio el edificio, se asombró, porque, aunque ya había visto fotografías del mismo, nada se igualaba a la realidad. Era un edificio semicircular, enorme y moderno, y aunque era gris, no le quitaba lo hermoso.
Al entrar quedo aún más maravillada. Pudo ver jardines y espacios verdes, una decoración estilo vintage y con paredes de cristal. Eso al menos en lo que había visto mientras lo seguía. Nada de esto concordaba con su personalidad y su casa. Subió en el ascensor con él mientas le decía su agenda del día y las hacía anotaciones que le daba, hasta que de pronto se detuvo de golpe.
—Fénix – llamó.
—¿Pasa algo jefe? – respondió sin quitar la vista de la tablet.
Él la miró por un tiempo con él ceño fruncido, antes no se había dado cuenta del cambio, pero mientras ella más lo repetía, más extraño se sentía él.
—¿Estás enojada conmigo? – preguntó haciendo que ella lo mirara esta vez.
—No sé qué le pudo haber dado esa impresión señor. – le da una sonrisa, pero él supo que era falsa. Ella volvió a su tablet. - ¿Algo más?
—Estás enojada. – afirmó esta vez. – me has estado llamando de usted en todo el tiempo que llevamos hablando.
—Pensé que eso me había solicitado, después de todo usted es mi jefe. – se encogió de hombros.
Ella no lo miro. Definitivamente estaba enojada por lo de hace rato. Pero era raro, no recordaba la última vez que ella se había molestado con él, sin embargo, se encontraba tan natural su actitud actual como si ella lo hubiese hecho por mucho tiempo. Estaba acostumbrado a esta actitud infantil y era como si supiera perfectamente lo que deseaba oír.
Suspiró.
—Lo siento… por lo de hace rato. – se aclaró la garganta, se había sentido raro al decir eso, como si llevaba mucho tiempo sin hacerlo. – no debí hablarte así, estaba un poco enojado.
Ella lo miró.
—¿Por qué? – preguntó mientras lo miraba atentamente, y al ver su extrañeza aclaró - ¿Por qué no desayunas?
Él la miró fijamente, en un momento que ella pudo notar algo de tristeza y melancolía en su mirada, antes de que la retirara y el ascensor abriera sus puertas.
—Es algo de lo que no quiero hablar ahora mismo. – dijo saliendo y empezando a caminar hacia su oficina.
¿Qué fue lo que te pasó? – se preguntó viendo su espalda alejarse. - ¿Qué hago para ayudarte? – pensó con algo de impotencia.
Suspiró y volvió en sí, para intentar alcanzarlo, cuando de pronto alguien pasó a su lado y empujó su hombro tan fuerte que termino cayendo de bruces al suelo. Eso seguro no era un accidente, aquella persona lo había hecho a propósito.
¡¡Ah!! – grito de dolor, haciendo que Adrián que iba unos pasos delante volteara.
Sin embargo, la persona que la había tirado, no la ayudó, en cambio sacudió su saco con su pañuelo con asco.
—¿¡Ustedes nunca ven por donde caminan!? – se quejó con hastío. – ¡esta gente corriente! ¿Sabes siquiera cuánto cuesta mi traje? – la miró mal.
Eso la sorprendió, ¿Estaba loca aquella persona? ¿No fue él quien la había chocado? ¿Cómo es que aún tenía la cara para tirar semejante basura por su boca después de haberla chocado y tirado al suelo? Levantó la cabeza, dispuesta a descargar en él toda su ira, cuando de pronto vio a la persona frente a ella. Su cabello n***o y peinado hacia atrás, sus ojos verdes parecidos a los de su hermano, pero que la veían con odio. Un hombre alto he imponente, con una mirada filosa y una lengua venenosa, según lo había descrito la chica en su diario y a quien según ella todos tenían miedo en la empresa. El vicepresidente de Dell' Jewelry Enterprises.
—¡Frederick! – dijo Adrián en tono de advertencia hacia él.
Este volteo a verlo, con una sonrisa burlona.
—¡Hermanito! – dijo mostrando una sorpresa que caramente no tenía. – Ya sabía que las ratas andan en manada. – negó con la cabeza.