CAPÍTULO 15

1649 Palabras
SANTINO UNA SEMANA DESPUÉS Apenas he dormido durante esta semana. Me la he pasado mirando las grabaciones de las cámaras de seguridad de la empresa para ver si podía identificar a alguno de los hombres que atacaron a Alina y por suerte hoy he podido ver que uno de esos hombres tiene una cicatriz en el cuello en forma de gusano. - Buenos días – me dicen mi abuela y Anastasia provocando que deje de mirar mi laptop. - Buenos días – les digo antes de bostezar. - No has vuelto ha dormido, ¿verdad? – me pregunta mi abuela luego de darme un beso en la mejilla. - No – digo con cansancio – Y creo que no voy a poder hacerlo hasta que no sepa quién nos robó. La verdad es que si el Padrino no fuera mi padre y no nos conociera bien a Alina y a mí estaríamos metidos en serios problemas. En la mafia italiana hay varias normas muy estrictas las cuales se deben de cumplir al pie de la letra y una de ellas es: Se puede matar, extorsionar, traficar y robar, pero jamás se le robará a ningún integrante de la familia y mucho menos al Padrino. - Vete a dar una ducha para despejarte mientras nosotras hacemos el desayuno – me dice. Me pongo mi prótesis y cierro la laptop para guardarla en el despacho. Bajo las escaleras y nada más entrar a mi habitación empiezo a quitarme la ropa. Una vez estoy completamente desnudo me quito la prótesis y agarro mis muletas para llegar a la ducha. Al sentir como el agua fría cae por mi cuerpo empiezo a notar como el cansancio desaparece, al igual que disminuye mi enojo, aunque cuando sepa quién fue el que nos robó ese enojo va a regresar y el monstruo que tengo dentro de mí se va a soltar. Salgo de la ducha y me pongo uno de mis trajes negros antes de subir a desayunar. Cuando voy entrando a la cocina veo a Anastasia subida a un taburete, el cual empieza a moverse y veo como pierde el equilibrio. - Te tengo – le digo al atraparla entre mis brazos antes de que caiga al suelo y de que suene el timbre de la puerta. - ¡Yo abro! – dice mi abuela a lo lejos mientras yo estoy atrapado en los ojos azules de Anastasia que me miran con asombro y sorpresa, pero lo peor de todo es que tengo su boca casi pegada a la mía. - ¿Estás bien? – le pregunto luego de mirarle los labios y aguantarme las ganas de besarla. - Sí. Gracias – me dice nerviosa mientras la dejó en el suelo. - ¿Qué estabas haciendo subida en ese taburete? – le pregunto con curiosidad. - Tratando de alcanzar el exprimidor para hacer zumo de naranja. No sé si os lo he dicho, pero Anastasia mide 1,60 y los armarios superiores están a 1,75 del suelo. - Aquí tienes – le digo entregándole el exprimidor. Cuando de repente… - Pase por aquí – escucho decir a mi abuela y cuando me doy la vuelta veo entrar al doctor Franco. - Buenos días – dice el doctor extendiéndome su mano. - Buenos días, Franco – le digo estrechándole la mano – Te presento a Anastasia, mi esposa – le digo al darme cuenta de que la miro con curiosidad – Él es el doctor Amadeo Franco. - Mucho gusto doctor – le dice Anastasia con una sonrisa amable. - El gusto es mío – le dice haciendo una pequeña inclinación de cabeza. - ¿Qué haces aquí? – le pregunto con curiosidad, aunque ya me imagino la respuesta. - Ayer me llamo tu madre y me pidió que viniera a verte porque le prometiste hace una semana que te ibas a revisar luego del ataque de dolor fantasma que sufriste. ¡Lo sabía! - Corrección. No te pidió venir a verme, sino que te lo ordeno y tú como buen soldado obedeció – le digo con sarcasmo y algo molesto. - ¡Santino! El doctor no tiene la culpa – me regaña mi abuela. - No sé preocupe doña Eva, después de tantos años ya estoy acostumbrado al carácter de Santino – le dice con una sonrisa amable. - ¿Quiere tomar un café doctor? – le pregunta Anastasia. - Muchas gracias, pero no tengo mucho tiempo, tengo una operación programada para dentro de dos horas. - Entonces, ¿qué hacemos perdiendo el tiempo? Vamos – digo encaminándome hacia las escaleras. - Con permiso – dice el doctor antes de seguirme. Bajamos las escaleras y una vez entramos a mi habitación me quité los pantalones junto con la prótesis y me senté en la cama. - ¿Cómo fue el dolor? – me pregunta abriendo su maletín. - Fue muy intenso era como si me estuvieran dando descargas eléctricas en la pierna – le cuento mientras comienza a revisarme el muñón. - Es probable que el dolor se deba al rozón de bala que recibiste en ella, pero para descartar cualquier otra cosa es mejor que pases por el hospital para hacerte unos estudios más específicos. - Está bien. El lunes me hago esos estudios – le digo mientras este guarda sus objetos médicos en el maletín. - Perfecto. Voy a dar la orden de que tengan todo listo para que te hagas los estudios el lunes. - ¿Cómo están los hombres que Alina llevo de emergencia? – le pregunto con curiosidad mientras me vuelvo a poner los pantalones. - Afortunadamente, las heridas de bala que tenían no eran graves, pero van a tener que estar unos días más en el hospital bajo observación. ¿Qué fue lo que paso? – me pregunta con curiosidad. - Atacaron a Alina y le robaron veinte millones que eran del Padrino. Amadeo aparte de ser médico es el único mafioso en el que confío, tanto así, que sabe que soy hijo del Padrino. - ¡¿Qué?! ¿Tu padre ya lo sabe? – me pregunta con curiosidad. - Sí. Hable con él apenas ocurrió. - Si te puedo ayudar en algo ya sabes que solo tienes que decírmelo. - Te lo agradezco, pero ya tengo a Mario trabajando en ello – le cuento. - Desconfías de Dante Marchetti, ¿verdad? – me pregunta y yo asiento en respuesta. - ¿Quién más se atrevería a hacer algo así? Eso sin contar que me odia y está obsesionado con ser el próximo Padrino. - Dios nos libre de eso. Él no tiene lo que hay que tener para ser el Padrino de la mafia italiana. - ¿Y crees que yo sí? – le pregunto con curiosidad. - No lo creo. Estoy seguro – me dice con seguridad tocándome el hombro izquierdo con su mano derecha – ¡Mira! Para ser el Padrino de la mafia italiana hay que ser alguien inteligente, valiente, justo y con palabra de honor, además se necesita tener algo que Dante no tienen ni por error... un corazón… y tú lo tienes. - ¡Vaya! ¡¿Todo eso piensas de mí?! – le pregunto sorprendido y este asiente en respuesta. - Sí. Es más, puedo jurar que vas a ser mejor Padrino de lo que tu padre ha sido – me dice mientras salimos de la habitación. ¡Ay! ¿Qué opinaría si supieras que yo no voy a ser el próximo Padrino? Que cuando llegue el momento ese lugar va a ser tomado por una mujer que se convertirá en la primera Madrina de la mafia italiana. De repente suena su teléfono y me saca de mis pensamientos. - Es Dante – me dice al ver el identificador de llamadas – Buenos días, Marchetti. ¿A qué debo tu llamada? – le pregunta con el speaker activado para que yo escuche la conversación. - Necesitamos reunirnos. Tenemos que hablar de algo importante – le dice con ese tono arrogante y de superioridad que lo caracteriza. - ¿Puedo saber de qué va a tratar la reunión? - No, pero te aseguro que te conviene – le dice y yo le hago una seña para que se acerque a mí. - Pregúntale si mi padre está enterado – le pido. - ¿El Padrino va a estar presente en la reunión? – le pregunta. - ¿Por qué siempre eres tan preguntón? – le pregunta irritado – No. El Padrino no sabe nada y por tu bien es mejor que no se lo digas. Al escuchar la amenaza veo como Amadeo aprieta su mandíbula y yo inmediatamente le hago señas y le digo que se calme. - ¿Cuándo va a ser la reunión? – le pregunta. - Está noche. - ¡¿Cómo?! Eso es imposible, esta noche tenemos la fiesta anual. ¡Mierda! Con todo lo que paso se me olvido por completo. ¿Qué voy a hacer? No puedo llevar a Anastasia si esto es una trampa. - Lo sé, por eso la estoy organizando para que sea antes de la fiesta. - Está bien. Ahí estaré – le dice antes de colgar – No sé qué pienses tú, pero esto me huele mal – me dice mientras subimos las escaleras. - Buenos días – nos dice Alina cuando nos topamos con ella. - Buenos días – le decimos ambos al mismo tiempo. - ¿Qué pasa? ¿Por qué tienen esas caras? – nos pregunta con curiosidad. - Que te cuente Santino yo me tengo que ir… Cualquier cosa que necesiten ya saben – nos dice – Hasta luego – les dice a mi abuela y a Anastasia. - Adiós doctor – le dicen ambas con una sonrisa amable. - Acompáñame al despacho tenemos que hablar – le digo en un tono más serio de lo normal.
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