ANASTASIA
Estoy bajando del avión y cuando estoy a mitad de camino Santino se acerca a mí y me ofrece su mano, la cual acepto para bajar los últimos escalones.
- Gracias – le digo al terminar de bajar las escaleras.
El lugar está lleno de hombres trajeados los cuales se acercan cuando Santino les silba y les dice con su mano derecha que se acerquen.
- ¡Señores! Les presento a mi esposa Anastasia. A partir de ahora su trabajo va a ser doble porque no nada más me van a tener que cuidarme a mí, sino que también a ella. Un solo rasguño que mi esposa tenga bajo su cuidado y lo pagan con sus vidas. Además, les exijo el máximo respeto, ¿está claro? – les pregunta en un tono serio y frío mientras los mira.
- ¡Sí, señor! – le dicen todos al mismo tiempo antes de alejarse de nosotros.
- ¿A dónde los llevo, señor? – le pregunta un joven de unos veinte años, moreno, alto y de ojos marrones.
- Al centro comercial, Gabriele, por favor – le dice Santino mientras me abre la puerta del Range Rover Sport SV P635 en color n***o.
Los asientos son de cuero en color n***o y blanco al igual que los acabados.
En cuanto Santino da la vuelta al coche y se sube, Gabriele le cierra la puerta y pone el coche en marcha.
- ¿Cómo han estado las cosas por aquí? – le pregunta Santino con curiosidad.
Gabriele mira a Santino por el retrovisor y luego a mí.
Al parecer no quiere decirle nada por qué estoy yo presente, si supiera que estoy tan acostumbrada a escuchar todas las atrocidades que se cometen en este negocio para mantenerse en el poder.
- Tranquilo, habla – le dice Santino.
- La verdad es que no muy bien, señor. Muchos al enterarse de que usted no estaba trataron de quitarnos el territorio, aunque la señora Petrova no sé quedó con los brazos cruzados, ya la conoce, pero no puedo evitar que los sfruttatori di bambini (explotadores de niños) regresaran – le cuenta mientras estamos parados en un semáforo.
- Ya veo, pero lo de los sfruttatori lo voy a arreglar ahora mismo – dice Santino antes de abrir la puerta y bajarse del coche.
Al mirar hacia dónde va veo a un hombre de unos cincuenta años, gordito y de estatura baja sacudiendo a un niño de unos seis años, muy delgado y de cabello rubio. El hombre está a punto de pegarle al niño, pero Santino se lo impide y le da un buen puñetazo que provoca que este caiga al suelo. Veo que Santino le está hablando al hombre mientras dos hombres se acercan a él.
Trato de bajarme del coche, pero Gabriele me lo impide bloqueándome las puertas.
- Señora, le pido disculpas, pero no puedo dejar que se baje del coche – me dice apenado.
- Entonces, diles a los demás escoltas que vayan a ayudar a Santino antes de que esos hombres le hagan algo – le digo alterada.
- No sé preocupé, esos hombres trabajan también para el señor – me dice y veo que Santino agarra por las solapas de la camisa al hombre para levantarlo del suelo y lo empuja hacia los dos hombres que trabajan para él.
El hombre le suplica a Santino mientras sus hombres se lo llevan, pero este no le hace caso y se pone a hablar con el niño, el cual estaba muy asustado, pero poco a poco se comienza a reír.
¿Qué le habrá dicho?
El niño le da un abrazo a Santino luego de que este saca su billetera y le da un fajo de dinero y un papel.
El niño se va sonriendo y Santino se regresa al coche.
- Vamos – le dice a Gabriele en cuanto se sube al coche.
- ¿Estás bien? – le pregunto preocupada mientras Gabriele pone el coche en marcha.
- Sí.
- ¿Qué vas a hacer con ese hombre? – le pregunto con curiosidad.
- ¿Tú qué harías? – me pregunta.
- ¿Me lo estás preguntando en serio? – le pregunto desconcertada y este asiente en respuesta – No lo mataría, se lo entregaría a la policía – le digo y veo como se le escapa una pequeña sonrisa.
- Eso ya lo hice.
- ¡¿De verdad lo entregaste a la policía?! – le pregunto sorprendida y este asiente en respuesta.
- Hace diez años le di la oportunidad de cambiar, pero como acabas de ver no aprendió la lección, así que ahora me toca a mí terminar con este problema de raíz.
Por cosas como estás no sé qué pensar de Santino, me desconcierta mucho porque todos los hombres que he tenido la desgracia de conocer en este maldito negocio no sé preocupan en lo más mínimo si alguien está abusando de un niño.
Dicen por ahí que hay dos colores para identificar a la gente: el blanco y el n***o. Yo siempre he pensado que la gente que se dedica a este negocio de la mafia pertenece al segundo color, pero estoy empezando a pensar que Santino es la mezcla de ambos.
¿Ustedes qué piensan?
…
- ¿Tienes hambre? – me pregunta Santino mientras Gabriele guarda en la cajuela del coche las casi cincuenta bolsas de ropa y de productos de higiene que compramos.
La verdad yo no quería comprar tanto, pero Santino prácticamente me amenazo con comprar el centro comercial entero si no escogía lo que me gustara.
- Sí – le digo subiendo al coche.
- Yo también – me dice antes de cerrar la puerta – ¡Gabriele! Vamos al Ostello, avísale a los demás, por favor.
Después de unos minutos en coche llegamos al restaurante.
- Benvenuto. È un piacere averti qui, signor Corleone (Bienvenidos. Es un gusto tenerlo aquí señor Corleone) – le dice la recepcionista con una sonrisa coqueta mientras nos acompaña a la barra – ¿Vuoi bere qualcosa mentre finisci di apparecchiare la tavola? (¿Desean tomar algo mientras terminan de preparar su mesa?)
- Due Arance Italiane (Dos Italian Orange) – le dice Santino.
El restaurante está construido dentro de una cueva y tiene unas vistas asombrosas hacia el mar por lo que he podido ver desde la barra.
- Ecco qua (Aquí tienen) – nos dice la barman dejando sobre la barra dos vasos que se utilizan para el whisky, pero su contenido es de un color rojo vibrante.
- Al parecer no sabes todo de mí – le digo ganándome su atención – No tomo alcohol.
- Lo sé, por eso pedí este licor premium sin alcohol – me dice con una media sonrisa.
Agarro el vaso y lo huelo, tiene un aroma a cítricos, naranja sanguina y unas notas clásicas de médula. Al probarlo me doy cuenta de que tiene otro ingrediente que aporta equilibrio junto con el sabor a naranja sanguina y los cítricos que dejan la boca rica en sabores. Además, da una sequedad persistente y picante.
- ¿Qué tal? ¿Te gusta? – me pregunta con curiosidad.
- Sí, aunque no me gusta mucho la sensación picante que deja.
- Scusa se ti interrompo, ma il tuo tavolo è pronto. Se fossi così gentile da accompagnarmi (Perdón por interrumpirlos, pero su mesa ya está lista. Si son tan amables de acompañarme) – nos dice la mujer que hace de maître.
Al parecer todo el personal del restaurante son mujeres.
La seguimos y bajando unas escaleras llegamos al comedor, el cual está lleno de gente que nos miran mientras comienzan a murmurar a medida que pasamos, supongo que deben de conocer a Santino.
Pasamos por todo el comedor y llegamos a una especie de rincón privado en dónde las vistas son más espectaculares y dónde hay una mesa para dos personas.
Santino retira la silla para que yo tome asiento.
- Benvenuto. Mi chiamo Emma e oggi sarò la tua cameriera. Vi lascio le schede cosí potrete dare un'occhiata al menù (Bienvenidos. Me llamo Emma y hoy voy a ser su mesera. Les dejo las cartas para que le echen un vistazo al menú) – nos dice con una sonrisa mientras Santino se sienta.
- Gracias – le digo con una sonrisa amable.
- ¿Si lo prefieren puedo hablar en español? – nos pregunta y yo miro a Santino.
- Sí, gracias – le dice Santino.
- Vuelvo en unos minutos para tomar su orden.
Emma se retira y nos deja mirando el menú que está escrito en italiano y en español.
- ¿Ya sabes que vas a pedir? – me pregunta Santino.
- No. La verdad no sé qué escoger – le digo con toda sinceridad.
- Sí quieres puedo pedir para los dos lo mismo – me propone.
- Vale – le digo cerrando la carta mientras él llama a Emma con su mano para que venga.
- ¿Ya saben que van a comer? – nos pregunta.
- Sí. De antipasti di terra y de plato principal tradicional tagliata de manzo panettone – le dice mientras Emma anota todo en una libretita.
- ¿Y de tomar?
- Una botella de vino tinto AurumRed Silver Edition 0,0.
- Perfecto – dice Emma recogiendo las cartas del menú antes de irse.
Cuando estoy a punto de decirle lo del vino…
- Tranquila que el vino tampoco tiene alcohol – me dice con una sonrisa.
- ¿Cómo le haces? – le pregunto con curiosidad.
- ¿Para saber lo que piensas? – me pregunta y yo asiento en respuesta – Tú misma me lo dices con tus gestos o con tu forma de mirarme. Por ejemplo, sé que estás muy confundida y que no sabes qué pensar o esperar de mí, ¿me equivoco?
- No. Eres como el código Voynich, extraño e indescifrable.
- Gracias por el halago, pero no soy tan complicado.
- Con permiso. Aquí tienen su antipasti di terra. Buen provecho – nos dice Emma dejando una bandeja de embutidos sobre la mesa antes de abrir la botella de vino.
…
- Espero que todo haya sido de su gusto – nos dice Emma recogiendo la mesa.
- Sí, todo estaba muy rico – le digo con una sonrisa.
- ¿Les traigo la carta de postres? – nos pregunta.
- No hace falta, tráenos el postre de la casa y a mí tráeme también un café, por favor – le dice Santino.
Emma me mira.
- Yo no quiero café, gracias – le digo y esta asiente en respuesta.
Emma se va y yo aprovecho para mirar alrededor y me parece muy extraño que ningún escolta esté cerca de nosotros.
- ¿En dónde están los escoltas? – le pregunto con curiosidad.
- En sus casas comiendo con sus familias.
- ¡¿Qué?! ¡¿O sea que no hay nadie cuidándonos?! – le pregunto sorprendida.
- ¿Quién te dijo que no hay nadie cuidándonos? Que no los veas no significa que no estén – me dice provocando que trate de localizarnos.
- Con permiso. Aquí tienen su helado y su café – nos dice Emma dejando dos copas de cristal estilo bol llenas de helado y frutos rojos.
- ¿Qué tal está el helado? – me pregunta Santino luego de verme probarlo.
- Mmm… Está buenísimo. Jamás había probado un helado tan rico – le digo.
- Eso es porque aquí en Italia fue donde se inventó el helado y a pesar de los miles de años que han pasado siguen haciendo la receta original – me cuenta antes de probar su café – Pasa lo mismo con el café, jamás vas a probar un café espresso más rico que el que se prepara aquí en Italia.
De repente vuelve a sonar el teléfono de Santino por décima vez.
- ¿No vas a contestar? – le pregunto luego de que mira quién es y vuelve a guardar su teléfono en el bolsillo.
- No.
- Si es tu novia…
- Yo no tengo novia, ni amantes, ni nada de eso – me dice en un tono serio interrumpiéndome – Quien está llamando es Marcus.
- ¡¿Qué?! ¡¿Mi padre te está llamando?!
- Deja de llamarlo así, no sé lo merece – me dice apretando su mandíbula.
- Te guste o no es mi padre.
- Un buen padre les da amor a sus hijos, los protege y da la vida por ellos. Marcus no es un buen padre, nunca lo ha sido y mucho menos contigo, ¿o ya sé te olvido que si no es por mí te mata?
Santino tiene razón, aunque me cueste admitirlo, lo único que recibí de él fueron insultos y golpes, jamás me dio un abrazo o un beso de buenas noches.
- ¡BOMBÓN!