Cuando transcurridos varios días, el español trató de describir sus sentimientos al recibir la carta de su hermano, y la súbita resurrección de su corazón, y esperanza y existencia al concluir su lectura; tembló... profirió unos sonidos inarticulados, lloró, y a Melmoth —dada su poco continental sensibilidad — le pareció su agitación tan violenta que le rogó que prescindiese de la descripción de sus sentimientos, y prosiguiese su narración. —Tenéis razón —dijo el español secándose las lágrimas—; la alegría es una convulsión, pero la aflicción es un hábito; y describir lo que no se puede comunicar es tan absurdo como hablarle de colores a un ciego. Pasaré, no a hablar de mis sentimientos, sino de los resultados que produjeron. Un nuevo mundo de esperanza se abrió para mí. Me parec

