»—Padre —dije—, es inútil que os esforcéis en minimizar mi repugnancia por la vida monástica; la prueba de que mi desagrado es invencible la tenéis ahí delante. Si he sido culpable de haber dado un paso que atenta contra el decoro de un convento, lo siento... pero no se me puede reprochar. Quienes me han encerrado aquí a la fuerza tienen la culpa de la violencia que injustamente se me atribuye. Estoy decidido, si puedo, a cambiar mi situación. Ya veis los esfuerzos que he hecho; tened la seguridad de que nunca cesarán. Los fracasos no harán sino redoblar mi energía; y si hay poder en el cielo o en la tierra capaz de anular mis votos, a ninguno dejaré de recurrir. »Esperaba que no me hubiera oído, pero sí. Incluso me escuchó con serenidad; y me dispuse a enfrentarme y rechazar esa

