»Finalmente, empecé a sentir en mí el terror que yo inspiraba. Empecé a creerme... no sé qué, lo que ellos me creían. Era un estado de ánimo espantoso, pero imposible de evitar. En ocasiones, cuando el mundo entero está contra nosotros, empezamos a compartir esta hostilidad contra nosotros mismos para evitar la vergonzosa sensación de estar solos en nuestro bando. Y era tal mi aspecto, también, mi rostro encendido y ojeroso, mi vestido desgarrado, mi paso desigual, mi constante murmurar en voz baja y mi total aislamiento respecto de la vida de la casa, que mi exterior debía de justificar, sin duda, cuanto horrible y espantoso podía suponerse que ocurría en mi mente. Tal debía de ser el efecto que producía yo entre los miembros más jóvenes. Les habían enseñado a odiarme, pero su o

