Capítulo 5. Colisión

2235 Palabras
SIRIA La música retumbaba tan fuerte que podía sentirla en el pecho. O tal vez era mi corazón. Honestamente, después de cuatro—¿o eran cinco?—martinis, ya no estaba muy segura de la diferencia. —¡Esta canción es increíble! —gritó Olivia junto a mí, moviendo las caderas al ritmo de Bogdan DLP con "Aladam" sonando a todo volumen en los altavoces. —¡Todo es increíble! —grité de vuelta, riendo como una idiota. Estábamos en medio de la pista de baile, vestidas para matar. Literalmente. Mi vestido n***o ajustado dejaba poco a la imaginación, con un escote que había hecho que Olivia silbara cuando salí del probador. Ella llevaba uno rojo que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Tacones de diez centímetros. Cabello suelto. Maquillaje perfecto. Y lentes oscuros. Sí, lentes oscuros. En una discoteca. A las dos de la mañana. Pero era la única forma de esconder nuestros ojos completamente borrachos y dilatados por la euforia del alcohol. Habíamos aprendido ese truco en la universidad y nos había salvado de más de una situación embarazosa. —¡Siria! ¡Ese chico te está mandando una bebida! —Olivia señaló hacia la barra donde un tipo con camisa blanca y sonrisa de vendedor de autos usados nos hacía señas. Un mesero se acercó con una bandeja que contenía dos shots de algo azul fluorescente que definitivamente no era natural. —¿Qué es esto? —pregunté, sosteniéndolo frente a la luz como si eso fuera a revelar sus ingredientes químicos. —Ni idea. Pero se ve tóxico. —Exacto. Por eso no lo vamos a tomar. Dejamos los shots en una mesa cercana sin siquiera probarlos. Habíamos aprendido desde jóvenes a cuidarnos. Nunca aceptábamos bebidas de desconocidos que no habíamos visto preparar. No éramos estúpidas, por muy borrachas que estuviéramos. —¡Dios, amo esta canción! —grité cuando el DJ mezcló con otro tema que hizo que medio club gritara de emoción. Olivia y yo nos miramos y comenzamos a bailar de nuevo, perdidas en la música, en el momento, en esa sensación de libertad que solo el alcohol y una buena canción podían darte. Bailábamos sexy, sensual, sin importarnos las miradas. Nuestros cuerpos se movían al ritmo de los bajos que hacían vibrar el suelo. Esta era nuestra terapia. Nuestro escape. Nuestra forma de decirle al mundo que podíamos ser señoritas decentes cuando queríamos, pero que esta noche definitivamente no queríamos. Porque las señoritas decentes no van al cielo de todas formas. Estaba dando una vuelta, con los brazos en alto y una sonrisa enorme en el rostro, cuando lo vi. Mauricio. La sonrisa se borró de mi cara como si alguien hubiera presionado un botón de apagado. Mierda. Mauricio Connor. Mi ex. El bastardo mentiroso, manipulador y traicionero que había resultado ser mucho peor de lo que cualquier persona podría imaginar. Se acercaba entre la multitud con esa sonrisa de idiota que probablemente pensaba que era encantadora. Cabello perfectamente peinado hacia atrás, camisa blanca remangada, reloj Rolex que seguramente su prometida le había regalado. Sí. Su prometida. Porque resultó que Mauricio había tenido cuatro años en una relación seria con una mujer que ni siquiera sabía de mi existencia. Cuatro años. Su boda estaba programada para dentro de dos meses cuando yo me enteré. Había visto las fotos en i********: por accidente. El anillo. Los comentarios de felicitaciones. "Por fin te casas, hermano." "Tu futura esposa es hermosa." "Los mejores deseos para ambos." Cuatro. Putos. Años. Me había usado como su amante secreta sin que yo siquiera supiera que existía otra mujer. Y cuando lo confronté, tuvo el descaro de decirme que "era complicado" y que "ella no significaba nada". Lo había desechado por completo esa misma noche. Lo había bloqueado de todas las r************* . Había quemado todo lo que me recordara a él en una fogata muy terapéutica en el patio de Olivia. Y ahora aquí estaba, tres meses después, apareciendo en mi noche como una pesadilla recurrente. —Siria —dijo cuando llegó lo suficientemente cerca como para que lo escuchara sobre la música—. Qué sorpresa verte aquí. —Ojalá pudiera decir lo mismo —respondí, tratando de sonar más sobria de lo que estaba. —Te ves hermosa. —Vete a la mierda, Mauricio. Olivia apareció a mi lado como un ángel guardián vestido de Prada. —¿Hay algún problema aquí? —Ninguno —dije rápidamente—. Mauricio ya se iba. —En realidad, no —Mauricio me tomó del brazo con más fuerza de la necesaria—. Necesitamos hablar. —No tenemos nada de qué hablar. —Sí tenemos. Siria, te amo. Sabes que te amo. Me reí. Una risa alta, histérica, alimentada por el alcohol y la pura indignación. —¿Me amas? ¿Me amas? Mauricio, estás comprometido. Tu boda es en dos meses. ¿O ya la cancelaste? —Yo... es complicado. —Claro que lo es. Porque eres un mentiroso y un cobarde. —No voy a casarme con ella —dijo de repente, sus ojos demasiado intensos—. No puedo. Porque te amo a ti. Siempre te he amado a ti. —Entonces deberías haberte dado cuenta de eso antes de ponerle un anillo a otra persona. —Cometí un error. Un error enorme. Pero puedo arreglarlo. Podemos arreglar esto. —No hay nada que arreglar porque no hay un "esto", Mauricio. Se acabó. Terminó. Finalizo. —No puedes ser de nadie más —su voz se volvió más oscura—. No voy a permitir que seas de nadie más. Un escalofrío recorrió mi espalda que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la discoteca. —No soy tu propiedad. Y definitivamente no soy tu plan B. Me solté de su agarre y caminé hacia el baño, necesitando espacio, necesitando aire, necesitando estar lejos de él antes de que hiciera algo de lo que me arrepintiera. Como darle un rodillazo donde más dolía. Olivia gritó algo detrás de mí pero no la escuché. La música, mi corazón acelerado, la rabia hirviendo en mi pecho, todo se mezclaba en un caos absoluto. Llegué al pasillo que llevaba a los baños y me apoyé contra la pared, respirando profundo. Odiaba esta situación. Odiaba que Mauricio pensara que podía aparecer y reclamarme como si yo fuera un objeto. Odiaba que me hubiera hecho sentir como el plato de segunda mesa. Odiaba que me hubiera mentido. No más que a... Detuve ese pensamiento antes de que pudiera formarse completamente. No. No iba a pensar en él. No me permitía ni siquiera decir su nombre, ni en mi cabeza. Miré mi reloj. Las 2:47 a.m. Demasiado tarde. Estaba demasiado tomada. Necesitaba irme a casa. Empujé la puerta del baño y me refresqué la cara, cuidando de no arruinar mi maquillaje. Mis lentes oscuros me devolvieron la mirada en el espejo. Todavía lucía bien. Pero me sentía horrible. Salí del baño con la determinación de buscar a Olivia y largarnos de aquí cuando tropecé con algo sólido. No. Con alguien. Un chico alto. Muy alto. Vestido completamente de n***o como si estuviera tratando de desaparecer en las sombras. Camisa negra de manga larga, gorra negra que cubría la mitad superior de su rostro, lentes oscuros a pesar de estar en interiores. Alguien más que claramente estaba tratando de no ser reconocido. —¡Mierda! —grité cuando casi caí, pero logré agarrarme del marco de la puerta. —Deberías mirar por dónde caminas —dijo el chico con una voz áspera, molesta. —Disculpa —respondí, aunque su tono me irritó inmediatamente—. Pero tú tampoco estabas mirando. —Estaba mirando perfectamente bien. Tú eres la que salió tambaleándose como un zombi. —¿Disculpa? Antes de que pudiera responder, Mauricio apareció de la nada. Por supuesto. —¿Te está molestando? —preguntó, poniéndose entre el chico de n***o y yo como si fuera mi protector personal. —No necesito tu ayuda, Mauricio. —Claramente sí. El chico de n***o se rio. Una risa baja, burlona. —¿Esto es algún tipo de show? Porque si lo es, necesitan trabajar en el guión. —Esto no es tu pelea —le dijo Mauricio, dándose vuelta para encararlo—. Así que mejor aléjate. —Oh, créeme, no tengo interés en involucrarme en tu drama adolescente. —¿Qué dijiste? —Lo que escuchaste. Mauricio dio un paso hacia adelante, inflando el pecho como un pavo real idiota. El chico de n***o simplemente se cruzó de brazos, completamente desinteresado en la amenaza. Y yo... yo había tenido suficiente. —¡Mauricio, vete! —grité, empujándolo en el pecho. Él retrocedió, sorprendido. —Pero cariño... —¡Dije que te vayas! ¡Y no me digas cariño! Intenté empujarlo de nuevo pero mis tacones traicioneros y el alcohol en mi sistema hicieron que perdiera el equilibrio. Antes de que pudiera caerme de cara, un par de manos fuertes me sostuvieron por los brazos. El chico de n***o. —Cálmate —dijo, su voz más cerca de mi oído de lo que esperaba—. Vas a lastimarte. —¡Suéltame! —me retorcí en su agarre—. ¡Puedo defenderme sola! —Claramente. Su tono sarcástico me hizo hervir la sangre. —¡No necesito que ningún hombre me salve! —No te estoy salvando. Solo evitando que hagas el ridículo. Aunque creo que es muy tarde para eso. Me liberé de su agarre y me volteé para encararlo. Quería gritarle. Quería decirle exactamente lo que pensaba de él y su actitud condescendiente. Pero algo en él me resultaba... familiar. Muy familiar. Incluso con la gorra y los lentes oscuros, había algo en la forma de su mandíbula, en sus labios, en la forma en que se paraba... Mi mente borracha intentó conectar los puntos pero era como tratar de resolver un rompecabezas con piezas que no encajaban. —¿Nos conocemos? —preguntó el chico, inclinando ligeramente la cabeza. —No —respondí demasiado rápido—. Definitivamente no. Aunque algo en mi interior gritaba que sí. Que lo conocía. Que debería saber quién era. Pero el alcohol y la rabia nublaban mi juicio. —¿Estás segura? Porque juraría que... —¡Estoy segura! —lo interrumpí. Él sonrió. Una sonrisa lenta, burlona, como si supiera algo que yo no. —Bueno, entonces supongo que es mi suerte no conocerte. Pareces... problemática. —¿Problemática? ¿Yo? ¿PROBLEMÁTICA? —Y ruidosa. Definitivamente ruidosa. —¡Eres un idiota! —Y tú estás borracha. —¡Y tú eres un machista condescendiente que probablemente cree que por ser más alto y más grande puede intimidar a las mujeres! Él se rio de nuevo, claramente divertido con mi arrebato. —Esto es entretenido. Deberían vender boletos para esto. —¡Vete al diablo! Me volteé hacia Mauricio, que todavía estaba ahí parado como un idiota. —¡Y tú también! ¡Ambos pueden irse al diablo! ¡No necesito a ninguno de ustedes! ¡No necesito a ningún hombre que piense que puede decirme qué hacer o cómo sentir o tratarme como si fuera una niña indefensa! —Cariño... —empezó Mauricio. —¡NO! ¡Se acabó! ¡Estoy harta de hombres que creen que por ser más grandes, más fuertes, o lo que sea, pueden subestimarme! ¡Soy perfectamente capaz de cuidarme sola! —Nadie dijo lo contrario —comentó el chico de n***o, todavía sonriendo detrás de sus lentes. —¡Tú cállate! ¡Ni siquiera sé quién eres y ya me caes mal! —El sentimiento es mutuo, princesa. —¡No me llames princesa! —¿Preferirías que te llame problemática? —¡Preferiría que desaparecieras! Olivia apareció en ese momento, con los ojos grandes detrás de sus lentes oscuros. —Nena, ¿qué está pasando? —¡Que estos dos idiotas piensan que necesito ser rescatada! —Nadie está tratando de rescatarte —dijo el chico de n***o—. Créeme, claramente eres tu propio desastre ambulante. —¡Eso es! ¡Me voy! Agarré a Olivia del brazo y prácticamente la arrastré hacia la salida, maldiciendo en voz alta todo el camino. —Malditos machistas. Malditos hombres. Maldito Mauricio. Maldito ese idiota de n***o. Malditos todos. —¿Quién era el chico de n***o? —preguntó Olivia mientras salíamos al aire fresco de la noche. —Ni idea. Y no me importa. Solo otro idiota que cree que por ser hombre puede decirme qué hacer. —Parecía... familiar. —No lo era. Pero incluso mientras lo decía, algo en el fondo de mi mente susurraba que sí. Que lo conocía. Que debería recordar. Pero estaba demasiado borracha, demasiado enojada, demasiado cansada para pensar en eso ahora. Mañana. Pensaría en eso mañana. Después de la reunión con ese cliente misterioso. Después de dormir la resaca. Después de que el mundo dejara de dar vueltas. Lo que no sabía era que "mañana" traería respuestas que no estaba lista para recibir. Y que el chico de n***o no era un extraño. Era la última persona en el mundo que quería volver a ver. Pero eso lo descubriría en aproximadamente siete horas. Y cuando lo hiciera, desearía haber recordado antes. Porque algunas colisiones son solo el principio. Y esta... esta apenas estaba empezando.
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