Capítulo 6.Dulce Veneno

1966 Palabras
SIRIA Mi cabeza iba a explotar. Literalmente. Podía sentir cada latido de mi corazón como un martillo golpeando mi cráneo desde adentro. —Muérete ya —gemí, enterrando la cara en la almohada. La luz del sol atravesaba las cortinas como si tuviera algo personal contra mí. ¿Por qué el sol tenía que ser tan brillante? ¿Por qué existía el alcohol? ¿Por qué había tomado esa última ronda de shots que claramente no necesitaba? —¡Buenos días, bella durmiente! —la voz obscenamente alegre de Olivia atravesó mi habitación como un cuchillo. Levanté la cabeza lo suficiente para verla parada en la puerta, completamente vestida en ropa deportiva, con un smoothie verde en la mano y esa sonrisa radiante que solo las personas que no tienen resaca pueden tener. —Te odio —murmuré. —Te amo también. Vamos, levántate. Tienes una reunión en dos horas. —Dos horas son suficientes para morir y ser resucitada. —Dramática. Ya fui al gym, tomé mi jugo verde, medité. Deberías intentarlo alguna vez. —Preferiría que me atropellara un camión. Olivia se rio y dejó un vaso de agua con aspirinas en mi mesita de noche. —Tómate esto. Date una ducha. Y vístete como la profesional que eres. —¿Por qué no tienes resaca? Tomamos lo mismo. —Porque tomé agua entre bebidas, como una adulta responsable. —Eres insoportable. —Y tú estás de mal humor. Ahora muévete. No puedes llegar tarde con Richard. Richard. La reunión. El cliente misterioso. Mierda. Me arrastré fuera de la cama como un zombie, cada movimiento era una agonía. Me tomé las aspirinas de un trago y me metí a la ducha, dejando que el agua casi hirviendo despertara mis sentidos muertos. Cuarenta minutos después, estaba presentable. Vestido color crema ajustado pero profesional, tacones nude, cabello en ondas perfectas, maquillaje impecable que escondía las ojeras de la resaca. Nadie sabría que hace dos horas quería morir. —Perfecta —dijo Olivia, mirándome de arriba abajo—. Ahora ve a conquistar al cliente misterioso. —Todavía odio las sorpresas. —Lo sé. Por eso esto va a ser interesante. Subí a mi Mercedes y conduje hacia la oficina de Richard en Buckhead. La radio estaba encendida y, por supuesto, porque el universo me odiaba, comenzó a sonar una canción de Cristian Salvatore. Su voz llenó el auto. Profunda, ronca, con ese toque de vulnerabilidad que hacía que millones de fans suspiraran. Cambié de estación inmediatamente. Odiaba al cantante. Ni siquiera cantaba bien. Bueno... sí cantaba bien. Pero jamás lo admitiría en voz alta. Su música era pretenciosa. Sus letras eran dramáticas. Y él era un idiota arrogante que pensaba que el mundo giraba a su alrededor. No que supiera mucho sobre él personalmente. Solo lo que había leído en las revistas y lo que había visto en entrevistas donde se comportaba como un completo imbécil. Llegué a la oficina de Richard cinco minutos antes de las diez. Siempre llegaba temprano. Era una de mis reglas. El edificio era todo vidrio y acero, gritando "tenemos dinero" en cada esquina. Subí al piso quince y la asistente de Richard me saludó con una sonrisa profesional. —Señorita Vance, el señor Goldman la está esperando. Pase por favor. Entré a la oficina y ahí estaba Richard, sentado detrás de su escritorio de caoba que probablemente costaba más que mi auto. Traje perfectamente planchado, corbata cara, ese aire de manager de alto perfil que había perfeccionado con los años. —Siria, querida —dijo, poniéndose de pie para saludarme—. Te ves radiante. —Gracias, Richard. Tú también. Mentira. Él se veía estresado. Pero era educado por no decir lo contrario. Me senté en una de las sillas frente a su escritorio, cruzando las piernas y adoptando mi postura de "estoy aquí para hacer negocios". —Entonces —dije, yendo directo al grano—, ¿me vas a decir de una vez quién es este cliente tan misterioso? —Es... complicado. —Esa palabra otra vez. Richard, he trabajado con Nina D'Angelo. La mujer que ha hecho llorar a diseñadores. Nada puede ser más difícil que eso. —Este cliente es diferente. —¿Diferente cómo? Richard abrió una carpeta en su escritorio y sacó un contrato grueso. —Antes de que lo conozcas, necesito que firmes esto. —¿Qué es? —Un contrato de confidencialidad y servicio. Este trabajo es por un año. Duración completa de una gira mundial. Serás la única persona encargada de su vestuario. Solo tú. Nadie más. Levanté una ceja. —¿Un año? Richard, mi agenda ya está llena. —El pago compensará cualquier inconveniente. Además tienes tiempo para delegar funciones dentro de tu empresa Deslizó un papel hacia mí con una cifra escrita. Mis ojos casi se salieron de sus órbitas. —¿Estás bromeando? —Completamente serio. Más bonos por cada aparición exitosa. Viajes pagados. Alojamiento de cinco estrellas. Acceso ilimitado a cualquier marca que necesites. Era... era más dinero del que había ganado en toda mi carrera junta. —¿Quién es? ¿El Presidente? Richard sonrió nerviosamente. —No exactamente. Miré el contrato. Las letras pequeñas nadaban frente a mis ojos todavía sensibles por la resaca, pero la cifra al final era imposible de ignorar. —¿Y solo necesito vestir a una persona durante un año? —Sí. Pero como dije, es... complicado. Tiene una reputación. Un temperamento. Y definitivamente no es fácil de manejar. —He manejado divas, Richard. Puedo manejar cualquier cosa. —Eso espero. Sin pensarlo más, tomé la pluma y firmé. Cada página. Cada inicial. Mi nombre en letra cursiva perfecta al final del documento. Hecho. Richard exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración. —Bien. Ahora que eso está fuera del camino... Tocaron la puerta. —Adelante —dijo Richard, su voz tensa. La puerta se abrió. Y entró él. Alto. Muy alto. Suéter de capucha n***o que cubría parcialmente su rostro. Lentes oscuros que reconocí inmediatamente. Los mismos lentes de anoche. El tiempo se detuvo. Mi corazón dejó de latir. Mi cerebro se cortocircuitó. No. No, no, no, no, NO. El chico de n***o de anoche. El idiota condescendiente. El imbécil que me había llamado problemática. Se quitó los lentes lentamente, revelando esos ojos marrones casi dorados que había visto en mil portadas de revistas. Cristian Salvatore. —Hola, princesa —dijo con una sonrisa arrogante—. Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? Quise gritar. Quise lanzarle algo. Quise borrar mi firma de ese contrato con corrector líquido. Pero no podía. Porque acababa de firmar. Acababa de comprometerme a un año con la última persona en el planeta con la que querría pasar cinco minutos. Richard miraba entre nosotros con los ojos abiertos. —¿Se... conocen? —Oh, nos conocimos anoche —dijo Cristian, acercándose con esa arrogancia que hacía que quisiera darle un puñetazo—. Fue... memorable. —Fue un desastre —corregí, mi voz más fría de lo que había sonado en toda mi vida. —Eso también. —Espera —Richard levantó las manos—. ¿Se conocieron antes de esta reunión? —Define "conocer" —dijo Cristian, sentándose en la silla junto a la mía como si fuera dueño del lugar—. Tropezamos, discutimos, ella me insultó. Yo la insulté. Química instantánea. —No fue química. Fue repulsión mutua. —Tomate, tomato. —No es lo mismo y lo sabes. —¿Ven? Ya nos estamos llevando bien. Respiré profundo. Conté hasta diez. Luego hasta veinte. Mi madre estaría orgullosa de mi autocontrol en este momento. —Richard —dije con mi voz más profesional—, ¿puedo hablar contigo en privado? —No —interrumpió Cristian—. Lo que tengas que decir puedes decirlo frente a mí. —No me estaba dirigiendo a ti. —Pero aquí estoy. Siendo relevante. —Eres muchas cosas. Relevante no está en la lista. Cristian sonrió. Una sonrisa lenta y peligrosa. —Sabes, no voy a llamarte princesa. —Bien. Porque odio ese apodo. —Las princesas son bonitas, dulces, adorables. Tú eres... —hizo una pausa dramática—, venenosa. —¿Disculpa? —Pequeña y tóxica. Como un frasco de veneno. Venenito. Ese es tu nuevo apodo. —No me vas a llamar así. —Ya lo hice. Venenito. —Eres un... —¿Genio? ¿Talentoso? ¿Increíblemente atractivo? —Iba a decir harapiento. ¿Qué es ese atuendo? ¿Compraste tu ropa en un basurero? Cristian bajó la mirada a su suéter de capucha que probablemente costaba más que el alquiler mensual de la mayoría de la gente. —Es Balenciaga. —Pues parece que Balenciaga te odia. —Y tú pareces que tienes resaca. —Yo... ¿cómo...? —Tus ojos. Están rojos. Y llevas más maquillaje del necesario tratando de ocultarlo. Bebiste mucho anoche. Mal movimiento antes de una reunión importante, venenito. Me quedé sin palabras. Literalmente sin palabras. Richard tosió incómodamente. —¿Entonces... trabajan juntos o no? —NO —dije al mismo tiempo que Cristian decía—: Sí. Nos miramos. —Ya firmaste el contrato —dijo Cristian con esa sonrisa arrogante—. Un año, venenito. Tú y yo. Va a ser divertido. —Preferiría arrancarme los ojos con una cuchara oxidada. —Qué dramática. Tal vez deberías ser la rockstar aquí. —Tal vez deberías ser menos insoportable. —¿Dónde está la diversión en eso? —¡Suficiente! —Richard se puso de pie—. Miren, sé que esto es... inesperado. Pero ambos son profesionales. Pueden hacer que funcione. —No puedo trabajar con él —dije, señalando a Cristian—. Es imposible. —El sentimiento es mutuo —respondió Cristian—. Pero desafortunadamente para ambos, firmaste un contrato. Y yo ya pagué por adelantado. —¿Qué? Richard asintió. —El cincuenta por ciento ya fue transferido a tu cuenta esta mañana. Saqué mi teléfono. Abrí mi banca en línea. Y ahí estaba. Una cantidad obscena de dinero que hacía que mis ojos dolieran solo de verla. Mierda. —No puedo devolver esto —murmuré. —Exacto —Cristian se recostó en su silla, cruzando los brazos—. Así que parece que estamos atrapados juntos, venenito. —Deja de llamarme así. —Nunca. Nos miramos. Dos personas que claramente se odiaban. Dos personas que habían sido forzadas a trabajar juntas por circunstancias completamente ridículas. Pero debajo del odio, debajo de la hostilidad, había algo más. Algo peligroso. Una chispa. Una atracción que ninguno de los dos quería admitir pero que era imposible de ignorar. Richard lo vio. Podía ver la comprensión en sus ojos. —Van a tener que aprender a llevarse bien —dijo—. La gira comienza en tres semanas. Tienen trabajo que hacer. —Esto va a ser un desastre —dije. —Probablemente —acordó Cristian—. Pero será un desastre entretenido. —Te odio. —El sentimiento es mutuo, venenito. —¡Deja de llamarme así! —Te llamaré como quiera. Y ahí estábamos. Dos desconocidos que se habían odiado a primera vista. Dos personas completamente incompatibles forzadas a trabajar juntas durante un año entero. Enemigos que tendrían que pretender ser aliados. Fuego y gasolina en la misma habitación. Esto no podía terminar bien. Pero algo en el fondo de mi corazón, esa parte estúpida que nunca escuchaba la razón, susurraba algo diferente. Susurraba que esto era solo el comienzo. Y que lo que vendría después cambiaría todo. Pero eso todavía no lo sabía. Todavía no sabía que algunos venenos son dulces. Y que algunos enemigos están destinados a convertirse en algo más. Algo mucho más peligroso que el odio. Algo como el amor.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR