CRISTIAN
La casa estaba en silencio cuando encendí el cigarrillo. Un silencio que me gustaba, aunque sabía que no duraría mucho. Nunca duraba cuando los chicos estaban en camino.
Me apoyé contra la baranda del balcón de mi pent-house en Midtown, dejando que el humo llenara mis pulmones. Mi médico me había dicho que dejara de fumar. Valentina me había dicho que dejara de fumar. Todos me habían dicho que dejara de fumar.
Pero que se fueran a la mierda todos.
Era lo único que me relajaba últimamente, además de la música. Y no iba a renunciar a las pocas cosas que me mantenían cuerdo.
Abajo, Atlanta brillaba con sus luces nocturnas. Una ciudad que nunca dormía, llena de gente que probablemente era más feliz que yo. O al menos mejor fingiendo serlo.
Todavía estaba fastidiado por la reunión de mañana. Un personal shopper. Como si necesitara que alguien me dijera cómo vestirme. Como si cambiar mi ropa fuera a cambiar la percepción que la gente tenía de mí.
Como si un par de pantalones nuevos pudieran borrar el incidente.
—¿Otra vez fumando en el balcón como un adolescente rebelde? —la voz de George me hizo voltear.
Mi mejor amigo estaba en la puerta del balcón, con los brazos cruzados y esa expresión de desaprobación que había perfeccionado con los años. George Monroe. Mi baterista. Mi hermano desde la secundaria, cuando ambos éramos unos mocosos que soñaban con ser rockstars.
Ahora lo éramos. Y la realidad era mucho menos glamorosa de lo que habíamos imaginado.
—Es mi casa. Puedo fumar donde se me dé la gana.
—También puedes contraer cáncer de pulmón donde se te dé la gana, pero no significa que sea una buena idea.
George era así. Centrado. Lógico. Con ese carácter de mierda que hacía que la mayoría de la gente lo evitara, pero que dentro de todo era tranquilo. Pensaba las cosas con calma, analizaba cada situación antes de actuar. Era el equilibrio perfecto para mi impulsividad.
—¿Los demás ya llegaron?
—Jamiro está abajo intentando conquistar a tu ama de llaves. Calvin está leyendo en tu sala como si fuera una biblioteca pública.
Por supuesto.
Apagué el cigarrillo y entré a la casa. El humo de tabaco se mezclaba con el aroma a café que siempre mantenía en la cocina. El pent-house era ridículamente grande para una sola persona, pero mi representante había insistido en que "necesitaba un espacio que reflejara mi estatus".
Traducción: necesitaba algo ostentoso que pudiera presumir en i********:.
Jamiro el gemelo de George quien era totalmente distinto, estaba efectivamente en la cocina, apoyado contra la barra con esa sonrisa de idiota que usaba cuando intentaba impresionar a alguien. Mi ama de llaves, la señora Martínez, una mujer de sesenta años que había visto demasiado en esta casa, lo ignoraba completamente mientras preparaba café.
—Jamiro, deja de molestar a la señora Martínez.
—No la estoy molestando. Solo estamos teniendo una conversación amistosa sobre sus galletas caseras.
—Ella no hace galletas caseras.
—Aún no. Pero podría.
La señora Martínez puso los ojos en blanco y salió de la cocina con su bandeja, murmurando algo en español que probablemente era una bendición para que Dios me diera paciencia con estos idiotas.
Jamiro Monroe. Mi bajista. Loco, escandaloso, dramático. El tipo que convertía cualquier situación aburrida en un show digno de Broadway. Impulsivo hasta la médula, le gustaba hacer locuras, era un mujeriego sin remedio, y las fiestas y el alcohol eran su religión.
Pero tocaba el bajo como los dioses.
—¿Dónde está Calvin? —pregunté.
—Sala. Leyendo. Como siempre.
Lo encontré exactamente donde George había dicho, sentado en mi sofá de cuero con un libro en las manos y sus lentes de lectura puestos. Calvin Carter. Mi guitarrista. Calmado, intelectual, amante de la poesía. Le decíamos "el Profesor" porque el tipo no podía pasar cinco minutos sin aprender algo nuevo o soltar algún dato random que nadie había pedido.
Cuando no estaba en el escenario, estaba leyendo. Y cuando no estaba leyendo, estaba escribiendo canciones conmigo. Éramos el dúo creativo de la banda, los que convertíamos el dolor en letras y la rabia en melodías.
—¿Qué lees ahora? —pregunté, dejándome caer en el sofá frente a él.
—Neruda.
—Por supuesto.
Ali sonrió sin levantar la vista del libro.
—"Puedo escribir los versos más tristes esta noche."
—Deprimente.
—Honesto.
Y ahí estábamos. Los cuatro. Unidos por la música, cada uno con sus propias historias que contar, sus propios demonios que enfrentar. Éramos una familia disfuncional de rockstars con problemas de abandono, adicciones y traumas varios.
Pero funcionábamos.
—Entonces —dijo Jamiro, aventándose en el sofá con una cerveza que había sacado de mi refrigerador sin permiso—, ¿qué tenemos hoy? ¿Sesión de terapia grupal o práctica?
—Ninguna. Solo vine a quejarme.
—Ah, mi actividad favorita —respondió George con sarcasmo.
Les conté sobre la reunión de mañana. Sobre el personal shopper. Sobre cómo la disquera pensaba que cambiar mi look iba a arreglar mi imagen pública.
—Ridículo —murmuró Calvin, finalmente cerrando su libro—. Como si la ropa definiera quién eres.
—Exacto. Gracias.
—Aunque... —empezó Jamiro con esa sonrisa que significaba que estaba a punto de decir algo estúpido—, no estaría mal que alguien te dijera que dejes de vestirte como si acabaras de salir de una pelea callejera.
—Que te jodan.
—Solo digo. A veces pareces un vagabundo millonario.
—A las mujeres les gusta.
—A las mujeres les gusta tu dinero y tu fama. Podrías vestirte con un saco de basura y aun así te perseguirían.
No podía discutir con eso.
La puerta del pent-house se abrió sin que nadie tocara. Solo una persona tenía una llave y la usaba sin permiso.
Camila.
Entró como si fuera su casa, con tacones que hacían eco en el piso de madera y ese vestido ajustado que dejaba poco a la imaginación. Cabello n***o hasta la cintura, maquillaje perfecto, sonrisa calculada.
Camila Gómez. Actriz, modelo, influencer. La chica con la que había salido de forma intermitente durante el último año. Astuta como un zorro, fingía ser una tierna y dulce paloma para las cámaras y los medios, pero todos en esta sala sabíamos exactamente cómo era.
Manipuladora. Ambiciosa. Interesada.
Los chicos intercambiaron miradas. George frunció el ceño. Jamiro sonrió con malicia. Calvin volvió a su libro como si nada.
Nadie la soportaba. Pero respetaban mis decisiones por ser el líder de la banda. Y porque sabían que yo no era tan idiota como para dejarme manipular completamente.
—Hola, bebé —dijo Camila, acercándose para besarme.
Moví la cara para que solo rozara mi mejilla.
—¿Qué haces aquí?
—¿No puedo visitar a mi novio?
—No somos novios.
—Todavía —respondió con esa sonrisa dulce que sabía que era falsa.
Se sentó en el reposabrazos del sofá, demasiado cerca, su perfume inundando el espacio. Caro, sofisticado, molesto.
—Oh, Dios mío —dijo de repente, señalando algo en la mesa de centro—. ¿Qué es eso?
Era una canasta. Una enorme canasta llena de peluches. Osos, conejos, unicornios. Todos con pequeñas notas adhesivas que decían cosas como "Te amamos Cristian" y "Eres nuestro ángel".
Jamiro estalló en carcajadas.
—El club de fans de Cristian atacó de nuevo.
—¿Quién carajo regala una canasta de peluches a un hombre de veintisiete años? —preguntó George.
—Fans obsesionadas —respondió Calvin sin levantar la vista—. Psicológicamente, el regalo de peluches representa...
—Por favor no —lo interrumpió Calvin—. No necesitamos un análisis psicológico de los peluches.
Camila tomó uno de los osos, arrugando la nariz.
—Es... peculiar.
—Es absurdo —corregí—. Ni siquiera sé qué hacer con esto.
—Dónalos —sugirió George—. A un hospital infantil o algo así.
—O quémalos —agregó Jamiro—. Sería más dramático.
—O escribe una canción sobre la ironía de recibir símbolos de amor inocente cuando tu vida es cualquier cosa menos inocente —dijo Calvin, ahora mirándome con esa expresión de "ya estoy componiendo en mi cabeza".
Así era Calvim. Todo era material para una canción.
—Los voy a tirar —decidí.
—Sacrílego —bromeó Calvin—. Esas chicas pasaron horas comprando esos osos.
—Y yo paso horas ignorando sus mensajes acosadores. Estamos a mano.
Camila se rio, esa risa falsa que usaba cuando quería parecer simpática. Dejó el peluche de vuelta en la canasta y se volteó hacia mí.
—¿Quieres hacer algo esta noche? Podríamos ir a cenar...
—Tenemos planes —interrumpió Jamiro antes de que pudiera responder.
—¿Qué planes?
Calvin se inclinó hacia adelante, con esa expresión de conspiración que significaba que estaba tramando algo.
—Acabo de conseguir entradas para ese club nocturno nueva en Buckhead. La que acaban de abrir. Entrada VIP, zona privada, sin paparazzi. Podemos entrar y salir sin ser vistos ni reconocidos.
—No me gustan esos lugares, lo sabes —dije inmediatamente.
—Lo sé. Por eso necesitas ir. Un poco de diversión no te hará daño.
—Define diversión.
—Música alta, alcohol, mujeres hermosas. ¿Qué más necesitas?
—Tranquilidad. Silencio. Que me dejen en paz.
—Eso es aburrido —Camila hizo un puchero—. Vamos, bebé. Será divertido.
La miré. Luego miré a los chicos. George se encogió de hombros como diciendo "es tu decisión". Calvin había vuelto a su libro, claramente no interesado. Jamiro tenía esa sonrisa que significaba que no aceptaría un no como respuesta.
Suspiré.
—Está bien. Pero si veo un solo paparazzi, nos vamos.
—Trato —Jamiro levantó su cerveza como en un brindis—. Prepárense, caballeros. Esta noche vamos a recordar por qué somos rockstars.
—O vamos a terminar en los titulares mañana —murmuró George.
—Esa es la idea —respondió Jamiro con una sonrisa enorme.
Camila aplaudió como si acabara de ganar algo. Se levantó del sofá y me tomó de la mano.
—Voy a ayudarte a elegir qué ponerte.
—Puedo vestirme solo.
—Lo sé. Pero yo tengo mejor gusto.
No era cierto, pero la dejé arrastrarme hacia mi habitación de todas formas. Los chicos se quedaron en la sala, y escuché a Jamiro decir algo sobre hacer pre-drinks que hizo que George gruñera algo sobre responsabilidad.
Mientras Camila hurgaba en mi closet como si fuera el suyo, me senté en la cama y miré mi teléfono. Tenía mensajes sin leer. Notificaciones de i********:. Correos de mi manager.
Y un recordatorio de la reunión de mañana.
"10:00 a.m. - Oficina de Richard. Siria Vance."
No sabía por qué, pero ese nombre se quedó dando vueltas en mi cabeza. Como si significara algo. Como si fuera a cambiar algo.
Sacudí la cabeza. Era solo una reunión más. Solo otra persona más tratando de cambiarme.
Nada nuevo.
—¿Cristian? —la voz de Camila me sacó de mis pensamientos—. ¿Estás escuchándome?
—Sí. Lo que digas.
—Estaba diciendo que deberías usar este.
Me lanzó una camisa negra que probablemente costaba más de lo que una persona ganaba en un mes.
—Perfecto —dije sin mirarla realmente.
Porque honestamente, no importaba qué me pusiera esta noche.
Nada importaba realmente.
Pero al menos por unas horas, podía fingir que sí.
Podía fingir que era solo un chico de veintisiete años saliendo con sus amigos.
Y no un desastre ambulante contando los días hasta su próximo colapso.