Los días dejaron de tener forma, se desdibujaron en una sucesión indistinta. Se volvieron… funcionales. Reuniones interminables, firmas apresuradas, decisiones dictadas por la urgencia. Alexander avanzaba. Siempre avanzaba. Pero su avance ya no era lineal; se sentía fragmentado, dividido.
Había dos líneas abiertas en su mente, dos fuerzas opuestas que lo arrastraban, y ninguna le ofrecía las respuestas que anhelaba.
La primera: La desaparición. La "rata". Ese error humano, ese eslabón roto en la cadena de su control que nadie se atrevía a nombrar en voz alta, pero que pesaba sobre él como una losa.
La segunda: Ella. Aveline.
El recuerdo no se iba. El muelle, la brisa salada y fría. El hombre misterioso con su mirada cargada de secretos. La fotografía borrosa, la figura de ella a su lado, radiante. Y esa idea—absurda. Irritante. Persistente.
Otro hombre.
Sus dedos se tensaron sobre el escritorio, apretando el cristal frío de su posavasos hasta que estuvo a punto de crujir. La imagen volvía sin permiso, esa visión de otro hombre sonriéndole a ella, quizás tocándola, una imagen que le provocaba un escalofrío helado y un nudo en el estómago, una náusea gélida que se extendía por sus venas. No quería pensar en ello. Y, sin embargo, lo hacía, consumido por una posesividad que no podía nombrar, por un miedo que no podía erradicar.
El teléfono personal vibró, rompiendo el hechizo de su propia tortura. Alexander lo tomó sin mirar el identificador, su voz tensa de inmediato.
—Habla.
—Encontré algo.
Ramírez. Directo. Sin preámbulos.
Un silencio breve, cargado de anticipación.
—La rata —continuó Ramírez—. Antes de desaparecer.
Alexander se recostó ligeramente en su silla, intentando proyectar una calma que no sentía.
—Sigue.
—Hizo un trato —dijo Ramírez, su voz más grave—. Con el Coleccionista.
Eso bastó. El aire en la oficina se volvió denso, cargado de una electricidad palpable. La presencia invisible y amenazante del Coleccionista, esa fuerza que operaba más allá de los registros y la lógica, se materializó en la habitación.
—¿Qué pidió? —la pregunta de Alexander fue seca, cortante.
—No hay registro claro —respondió Ramírez, y Alexander podía oír el sonido de teclas al fondo, una búsqueda frenética—. Pero por el contexto… probablemente eliminar a alguien.
—¿Para qué?
—Ascender. Encargado de la zona comercial del sur.
Alexander no respondió de inmediato. Su mente trabajaba a mil por hora, procesando, encajando las piezas de un rompecabezas oscuro. Un ascenso menor, mundano, pero ¿por qué involucrar a la figura enigmática del Coleccionista? Quizás era para demostrar su influencia, su capacidad de orquestar incluso los cambios más pequeños en la jerarquía humana.
—¿Y el pago? —preguntó Alexander.
—Ahí está el problema —dijo Ramírez, y su tono se volvió más cauteloso—. No cumplió.
Alexander entrecerró los ojos, la imagen del hombre en el muelle, el aroma de flores y algo más, cruzando su mente fugazmente.
—¿Consecuencias?
—Desapareció —dijo Ramírez, seco, lapidario—. Hace una semana. Sin rastro.
Silencio. Alexander procesó la información. La rata, un error de cálculo, un trato con el Coleccionista, y ahora, una desaparición. La sombra del Coleccionista se extendía, implacable.
Entonces—una posibilidad surgió, una conexión escalofriante.
—¿Plazo? —preguntó Alexander, su voz baja.
—Sí —confirmó Ramírez—. Y las condiciones no están completas, pero… —su voz bajó un tono, volviéndose más grave—. No es algo que quieras incumplir. El Coleccionista no suele ser paciente con los retrasos en los pagos, ¿sabes?
Alexander no dijo nada. Su mandíbula se apretó. Algo en su expresión se endureció, un matiz de acero frío que rara vez mostraba.
—También encontré algo más —añadió Ramírez, el tono de su voz cambiando de nuevo.
Un segundo. Dos. La atención de Alexander se tensó.
—Sobre ella.
Eso lo cambió todo. El tema de la "rata" y el Coleccionista palideció ante la inminencia de la información sobre Aveline.
Alexander se puso de pie de golpe. El teléfono vibraba aún en su mano. La información de Ramírez golpeándole los oídos, pero era la otra noticia la que le quemaba la mente, la que eclipsaba todo lo demás. Aveline. Aquí. En la empresa.
—Habla —ordenó, su voz perdiendo toda la compostura anterior.
—Tengo ubicación. —Pausa—. Y movimientos recientes.
Alexander ya estaba tomando su saco, impulsado por una urgencia irrefrenable.
—Envíame la dirección.
—Espera—
—Ahora.
—Escúchame—
—Ramírez—
La puerta se abrió con un leve chirrido.
—Sr. Sterling.
La Srta. Lee. Otra carpeta, de un material opaco y moderno. Otro momento que no encajaba, una interferencia en el torbellino personal de Alexander.
—Los candidatos han llegado —dijo ella, su voz firme, profesional—. El proceso de selección está listo, bajo los criterios que solicitó.
Alexander pasó a su lado, su paso firme y decidido, ignorándola por completo. La urgencia lo consumía.
—Reagéndalo.
—No es posible —respondió ella, su voz firme a pesar de la interrupción—. Se enviaron confirmaciones globales. Cancelar ahora afectaría la credibilidad de la empresa, la suya propia. Hay inversionistas observando.
—Mañana —cortó él, su voz más fría que el hielo. Siguió caminando, decidido a salir.
La Srta. Lee aceleró el paso, su profesionalismo luchando contra la obvia alteración de su jefe.
—Señor, esto compromete la imagen del proyecto. Y honestamente, —añadió, bajando un poco la voz, pero con una firmeza inesperada— este proyecto "Elysium" no puede esperar. Tampoco podemos dejar pasar la oportunidad de encontrar el talento que busca.
—Envíame la dirección —repitió Alexander al teléfono, su voz absorbente, ignorándola. —También toda la información que tengas. Historial. Contactos. Familia. —Hizo una pausa, su voz bajando apenas, cargada de una intensidad que heló a la Srta. Lee—. Todo.