Edward no hablaba, estaba impactado escuchando todo lo que hicieron mi papá y su equipo de seguridad para encontrarlo a él y a mi madre. Yo lo observaba, era guapo como mi padre y tenía el color de ojos de mamá. Su mirada, sin duda era Capetillo.
Después de un buen rato de charlas, Edward nos explicó que vivió toda su vida en Londres, estudió en los mejores colegios bajo el nombre de Edward M. Hollister, el segundo apellido de su “madre Josephine”.
—Entiendo que le tengas cariño a esa señora Edward, pero comprenderás que es la mujer que estropeó nuestras vidas. — dijo mi padre.
—Señor… yo tampoco sé que pensar. Ella, a pesar de todo lo que me cuentan, fue una madre cariñosa. Me siento ofuscado, confundido, no sé que debo hacer ahora. Ella.. ella quería arruinar sus vidas, me sembró un rencor contra ustedes desde que tengo uso de razón… Me quitó la oportunidad de crecer con ustedes, con mis padres y mi hermana… Ahora entiendo su sed de venganza, pero y yo ahora que hago con toda esta encrucijada de emociones… Soy menor de edad, legalmente soy su hijo. ¿Qué pasará conmigo ahora?
—Encontraremos el modo de que todo se resuelva… —dijo mi padre.
—¿Ella irá a la cárcel?
Mi padre lo vio con ternura, para Edward era una situación difícil y para todos nosotros también.
—Dejemos que las cosas caigan por su propio peso.
Aquella tarde, después del encuentro, cada quién se retiró a su habitación. Edward estaba acompañado de Roger Moscatti, su asistente y guardaespaldas. A mi me parecía sospechoso que ese individuo no reaccionara, no hacía ningún tipo de gesto y no parecía sorprenderse por nada. La gente que trabaja para mi padre y para mí, es parte de nuestra familia. Les tenemos aprecio aunque sean empleados, reaccionan a nuestros momentos de alegría y a los de problemas y nosotros a los de ellos.
Al día siguiente, ya con las ideas más asimiladas, Romeo y yo nos reunimos a charlar con nuestros padres. Fabrizzio estaba en shock, pues Romina estaba viva y eso lo tenía con los nervios de punta.
—Calma papá. Todo se va a resolver.
—Pero es que ahora yo ya tengo otra familia, dime ¿cómo le voy a explicar a tu madre?
—Ella lo entenderá, lo importante es que vive y yo puedo ver por ella papá.
—No puedo desatenderme de esta situación, ¿qué le diré a Florence?
—Papá, las cosas como son. Todo se puede resolver.
Mi padre y yo los veíamos discutir, cuando entró Jack a avisarnos que mi madre y Romina ya estaban en el aeropuerto de Houston, un convoy las llevaría a nuestro encuentro. Contábamos los días y las horas para encontrarnos y por fin lo habíamos conseguido, tanto Romeo como yo volveríamos a ver a nuestras madres. Quince años desaparecidas y convencidos de que habían muerto, y ahora, en solo unas semanas, Romeo y yo estábamos casados, felices, enamorados, mi hermano había vuelto y nuestras madres venían en camino, ¿qué más podía pedir?
Fabrizzio decidió ausentarse, debía hablar con Florence, que se encontraba en Roma haciendo su vida, sin embargo, legalmente las cosas se iban a poner complicadas, pues mi madre seguía siendo la primera esposa de papá… no tenía idea de lo que pasa en esos casos.
Me quedé observando las manecillas del reloj de la sala de estar donde Romeo se mantenía de pie viendo por la ventana. Papá estaba sentado en el sofá, con sus manos sobre el bastón que estaba recto desde sus manos al piso y miraba a Edward con melancolía. Recordé el día que me dijeron que iba a tener un hermanito, siempre quise un hermano y cuando por fin iba a tenerlo me puse celosa. Yo era la nena consentida. Mi papá me decía que era un regalo para que jugara con él y nos cuidáramos mutuamente y eso nunca sucedió. El último día que vi a mamá, le sobé la panza y me dejó poner mi oído en su vientre. Le hablaba al bebé por el ombligo, como si fuera un micrófono. Recuerdo que le dije que ya deseaba conocerlo. Luego mamá me dio un beso y un abrazo, la bendición y se subió al coche que los llevaría al aeropuerto. Nunca pensé que sería la última vez que la vería y que jamás conocería a mi hermano. Ahora, el rumbo de las cosas había dado un vuelco inesperado, una sacudida del destino que nos ponía de cabeza en todos los sentidos.
Cuando llegó el vehículo y vi bajar a mi madre y a Romina con la mirada confundida, fue inevitable contener las lágrimas.
—¡Mamá! — Gritamos Romeo y yo al mismo tiempo y corrimos a abrazarlas como los niños que éramos quince años atrás y nos quedamos esperando que volvieran.