Capítulo 35

3615 Palabras
Madison se colocó sus zapatillas negras con blanco que combinaban con su outfit, tomó una profunda respiración y se preparó para bajar las gradas, Barry la había llamado porque, por fin, sus notas habían llegado por el correo. Sí, su escuela, mandaba sus calificaciones finales a las casas. El chico le había asegurado que no debía preocuparse, que solo las revisarían juntos y listo. Eso era todo. "Eso era todo, Madison", trató de convencerse. Madison trató de aferrarse a las palabras del muchacho. Aquellas palabras de hace unos tres días atrás lograban aliviarla, pero no del todo. Nunca era del todo. Una minúscula y vil parte de su interior siempre le recordaba lo que Borowski le había hecho, incluso le hacía pensar en lo que Robert podía haberle hecho si se encontraba bajo su tutela. "¡No estás más con ellos, Madison!", gritó en su mente. La niña negó con la cabeza y tomó una profunda respiración. —¿Barry donde est...? —Madi dejó de hablar cuando llegó a la sala y vio eso. Se suponía que el muchacho debía estar ahí, quizás estaba en la cocina, pero aquello quedó en segundo plano cuando observó lo que estaba sobre el respaldar del sillón. La niña se congeló en su lugar al ver aquel objeto. Su mente le reprodujo un sinfín de escenarios, unos mezclados con sus recuerdos, unos donde todo acababa mal. Trató de normalizar su respiración, pero no dio mucho resultado. Madison siguió observando aquel cinturón de cuero. Al lado de aquel objeto había una corbata azul marino y un saco; pero la niña ni siquiera se percató de aquellos accesorios. La verdad era que Joe había cambiado de parecer de cómo iría vestido a la cita con Cecile, pero se le había hecho muy tarde como para regresar a su habitación y guardar lo que se había sacado, dejándolo todo sobre el sillón. Obviamente, aquello la niña no lo sabía, simplemente su mente le recordaba para qué servía esa correa. La pequeña no sabía que su interior reaccionaría de esa forma. No sabía que, por tan solo mirar y estar cerca de ese objeto, despertaría toda esa clase de emociones y recuerdos. No quería creer que era algo que la había marcado de esa magnitud, quería creer que era momentos que ya había superado. Robert le había hecho abrir heridas que creyó haber sepultado en lo más profundo de su mente. —Cariño, tengo noticias —Barry entró a la sala con un sobre en la mano. Aunque detuvo sus pasos cuando observó que la niña no parecía reaccionar. Parecía no haberlo escuchado. —¿Madi? Sin poder controlarlo, Madison sintió el miedo trepar por las paredes de su anatomía. La pobre niña estaba muy nerviosa y no podía dejar de pensar en el dolor de su castigo. —¡No! —La menor casi gritó cuando sintió que alguien le tocaba el hombro, aquel tacto casi quemando su piel; rápidamente se deshizo del agarre en un brusco movimiento y comenzó a retroceder. —Hey, soy yo, Barry —El muchacho dejó el sobre en el sofá de su diagonal y levantó levemente sus brazos, en son de paz. La niña parpadeó un par de veces, tratando de retornar a la realidad. —Yo...yo...—Trató de explicar su brusca reacción, pero no podía encontrar las palabras. —¿Qué sucede? —Barry trató de acercarse a ella, pero la niña retrocedió hacia la puerta de salida. —No voy a hacerte daño, Madi —probó, muy confundido por la reacción de la menor. El chico se colocó de cuclillas frente a ella, tratando de estar a su altura para así verla directamente a los ojos. La asustadiza niña parecía tener un conflicto interno. »¿Puedes mirarme, cariño? —habló dulcemente. La menor observaba a su costado. La voz del muchacho pareció llamar su atención, así que le hizo caso. —Dijiste... dijiste que no iban a castigarme —murmuró con las lágrimas picando detrás de sus párpados —No así —susurró y Barry frunció el ceño. —No voy a castigarte —negó con la cabeza —Ya te lo dije, pequeña, no hiciste nada malo. —Entonces... llé-llévate eso —Madison suplicó en un susurro, señalando detrás de Barry en dirección al respaldar del sillón. El confundido muchacho giró su cabeza. Entonces lo vio. Y entendió la reacción de la niña. Y sintió una punzada de tristeza y enojo en su pecho. —Oh, Madi —musitó, colocándose de pie y agarrando aquel cinturón entre sus manos —Esto es solo... Madison se sobresaltó de sobremanera y sintió su respiración detenerse, su corazón bombeando frenéticamente contra su caja torácica. Si poder evitarlo, levantó sus manos hasta la altura de su rostro, cubriéndose. Solo por esa, al parecer, insignificante acción del castaño, su cuerpo instintivamente había reaccionado de esa manera tan alarmada mientras un remolino de recuerdos nubló su perspectiva de la realidad. —No, espera... —habló como pudo. Por un momento, delante de ella, ya no estaba Barry, no, estaba Robert, Borowski, Moreau... Aquellas personas que sí le harían daño, aquella que utilizarían el dolor para corregirla. —Perdón, perdón. Lo haré mejor. Lo prometo —sus suplicantes palabras inundaron el tenso lugar. Barry sintió su pecho comprimirse, la tristeza y el rencor invadiendo su anatomía; bajó un poco vista para ver aquella correa ¿Cómo alguien podía usar ese objeto para tratar de "disciplinar" a alguien? ¿Cómo esas personas podían levantar el grueso cinturón y golpear a la asustadiza niña delante de él, pensando que le están haciendo algún bien? Era completamente inhumano ¿Cómo si quiera tenían las agallas de herir al alguien tan puro? No lo comprendía, nunca lo haría. Tener el cinturón entre sus manos se sintió erróneo, Barry sintió su piel quemar contra ese objeto de tan solo saber que Madi tenía recuerdos para nada agradables de aquel accesorio. El castaño tomó una respiración profunda para poder ordenar su cabeza, tenía que estar sereno para tranquilizar a la menor y pudiera ver con claridad la realidad. Rápidamente dejó el cinturón en el piso y se arrodilló a cortos centímetros de la niña. —Pequeña —expresó su apodo con gentileza, con suavidad. Con delicadeza retiró sus pequeñas manos de su rostro, aunque Madison seguía temblando y cerrando sus ojos con fuerza. —Dolerá, por favor. —Abre los ojos, Madi —intentó, esperando que lo escuchara y le hiciera caso, pero no pareció dar resultados. Sólo pudo ver temblar a la niña un poco más. »Madi... —No, no, por favor —susurró la niña, el pánico logrando trepar por las paredes de su anatomía. Y Barry supo que estaba en un recuerdo. Madison escuchó que le pedían que abriera los ojos, pero la menor no obedeció. Ella tenía miedo de encontrarse con las personas que atormentaban sus recuerdos. El chico comenzaba a impacientarse ligeramente, a veces, a la menor le costaba hacerle caso en momentos como ese, pero él se obligó a no perder calma. Solo necesitaba un poco más de tiempo. El castaño había estado leyendo algunos libros de psicología para niños -porque quería ayudarla de la mejor y adecuada manera- y recordaba que, en todos, le indicaban que siempre él debía de mantener la calma, ser sereno y no perder la paciencia en ese tipo de situaciones. No era una tarea fácil -como en ese momento- pero lo intentaría por ella. »¿Madi, puedes abrir esos hermosos ojos por mí? —probó nuevamente con calma, aunque por dentro estaba destruido por tan solo ver a su pequeña en ese estado. —Yo sé que puedes. Sé que eres muy valiente, muy fuerte —expresó. La niña escuchó nuevamente aquella calmada voz. Y, entonces, logró sentir que sus pulmones tenían más espacio para absorber oxígeno, ya no estaban tan aprisionados contra sus costillas. Aunque una parte de su cabeza le dijera que no los abriera o algo muy malo sucedería, había una minúscula parte de ella que le aconsejaba a que obedeciera. Así que Madison se obligó a hacer caso al pedido de aquella gentil voz que parecía querer ayudarla y retornarla al presente. La niña tomó valor y siguió a la parte racional de su cabeza. La menor, despacio, abrió los ojos. Primero observó frenéticamente a la persona delante de ella, pero su errático corazón comenzó a calmarse cuando reconoció el rostro de Barry. »Muy bien, cariño. Muy bien —Al escuchar nuevamente su voz, sus recuerdos se fueron esparciendo, su mente salió de aquel estado y la realidad pareció golpear su pequeña anatomía. Para estar segura, pasó las yemas de sus dedos por el rostro del velocista, asegurándose de que no era ninguna ilusión. Entonces, al saber que era él, sus pequeños y delgados brazos rodearon los hombros del chico y liberó un pequeño sollozo. Seguía temblando, seguía ligeramente a la defensiva; pero confiaba plenamente en Barry. El muchacho sintió alivio al ver que la niña ya no era consumida por sus recuerdos. Se relajó ligeramente, apretando un poco más su abrazo. El castaño comenzó a frotar circularme y dar pequeñas palmaditas en la espalda baja de la menor, esperando a que se tranquilizara. Madison dejó de sollozar luego de unos largos segundos y se atrevió a descubrir su rostro. Aunque se estremeció ligeramente al ver el objeto en el suelo. "Él no usará eso", trató de convencerse. Desvió la vista y se separó un poco del velocista, colocando sus manos sobre los hombros del ojiverde y clavando su vista en él. Se las arregló para tomar una profunda respiración, así no estaba tan nerviosa. —Barr —se las ingenió para decir, su voz en un susurro —No me gusta eso. No quiero verlo —estableció de repente, señalando aquel cinturón en el piso, sintiéndose de algún modo más pequeña de lo usual. Solo quería mimos, olvidar ese cinturón y no tenerlo cerca nunca más. El cinturón era sinónimo de paliza. Dolor en su espalda, dolor en sus muslos, en sus piernas. El silbido que hacía en el aire antes de hacer contacto con su cuerpo era estremecedor. El material colisionar con su piel, una y otra vez. Las heridas, el ardor. ¿Por qué Barry no estaba haciendo nada? La niña se impacientó. »Barry, hazme caso —su tono algo berrinchudo y algo exigente, sorprendió ligeramente al muchacho. Barry salió de aquel asombro y se levantó con ella del suelo. La niña quiso protestar y removerse de su agarre, pero sus extremidades parecieron tener otra idea, porque instintivamente se enrollaron por la cintura de su acompañante. Madison soltó un suspiro y besó la mejilla del chico, un gesto de agradecimiento por sacarla de ese estado. Aunque quería reprocharle de que el cinturón seguía en su campo de visión. Cerró un momento los ojos y soltó otro suspiro. Barry no pudo evitar sonreír y la atrajo hacia él, soltando, ahora él, un suspiro de alivio. Bien, las caricias del muchacho hicieron su efecto y la relajaron. La niña nunca se cansaría de decirlo, pero estar entre los brazos del castaño era sinónimo de protección y seguridad. Luego de un momento, sintió que Barry la separaba de él y, sin darle tiempo a reaccionar, la sentó en el sillón. Rápidamente, la niña frunció el ceño, quería el calor humano que el chico proporcionaba. Lo quería cerca ¿por qué la había separado de él? Sus emociones estaban algo revueltas. »No. Ven —se quejó y alzó ligeramente los brazos en su dirección. Aquella voz más aguda de lo usual, la hizo verse mucho más pequeña. Barry se contuvo de ir por ella de inmediato y nuevamente posicionarla entre sus brazos, pero primero debía explicarle algo. —Primero debemos hacer una cosa —él expresó haciendo una pequeña mueca. No creía que le iba a gustar, pero sentía que era el momento de abordar el tema. Madison se vio algo confusa ante sus palabras, e hizo un puchero. Sin muchos ánimos, subió sus piernas sobre el sillón y las dobló contra su pecho, enrollándolas con sus brazos y observó hacia el frente, ignorando al chico que estaba caminando hacia un lugar. Entonces, Barry se sentó a su costado, aunque mantuvo una distancia prudente. —¿Podemos ir...? —Madison dejó de hablar y abrió ligeramente los ojos con ligera sorpresa y con el nerviosismo volviendo a asomarse —Barry ¿qué haces? Llévatelo —ordenó con algo de urgencia. La menor retrocedió lo más que pudo para alejarse del muchacho. Nuevamente su corazón comenzó a latir con rapidez. En las manos de él yacía el cinturón. —¿Para qué sirve esto, cariño? —Barry, no... —¿Para qué? —probó con gentileza. Madison supo que no ganaría aquella intervención, así que se las arregló para decir algo. —Para castigar —susurró, casi tan bajo que Barry se le dificultó escuchar, pero lo hizo y su corazón se estrujó ante las palabras de la niña. Dentro de él creía saber la respuesta que le daría, pero escucharla en voz alta lo hizo completamente real. El chico se tensó ligeramente, sin embargo, no lo mostró. Simplemente apretó con algo más de fuerza el objeto entre sus manos. Aunque quisiera tirarlo, esconder todos los cinturones de la casa y tratar de que Madi no viera ninguno en su vida; sabía que, a la larga, le haría más daño que bien -porque no podía asegurar de que no viese una correa más adelante, en la escuela, en los Laboratorios...- La pequeña no podría sanar, seguir adelante si no la ayudaba a enfrentarlo, a explicarle y tratar de mostrarle su verdadero uso. —No, pequeña —aseguró —Esto sirve para sujetar el pantalón o como un accesorio — Barry lo dobló en dos. —N-no, no lo hagas así —Madi pidió con urgencia al verlo con ese doblez, trayéndole nuevamente horribles recuerdos. Barry asintió y lo desdobló. Un paso a la vez. —¿Crees que puedas sostenerlo por mí? —preguntó con cautela. —¿Qué? No, no me obligues hacerlo —Madison sintió su respiración otra vez tornarse irregular. —No te obligaré a nada, cariño —afirmó con seguridad y firmeza —¿Qué te parece si los dos lo agarramos? —propuso. Quería, también, hacerle entender que ahí y en ningún lado -porque no lo volvería a permitir- usarían ese objeto para dañarla. Quería con todas sus fuerzas que viera el cinturón y no se pusiera en ese estado. Quería que no le trajera ese tipo de recuerdos. Obviamente sabía que no sería fácil, diablos, claro que no. Incluso sabía que no lo logaría en ese instante; pero si trabajaba con ella, quizás poco a poco superaría su miedo. Esperaba llegar hasta el punto de que la pequeña se sintiera cómoda si alguien lo tenía puesto y estaba cerca de ella, o incluso también ella misma usarlo de vez en cuando. Madison lo miró con horror, pero el amable y comprensivo rostro del castaño le hizo entender que no se estaba burlando ni quería verla sufrir. Parecía que solo quería ayudar. ¿Acaso algún día podría ver ese objeto y no sentir su pecho comprimirse? —¿Vas a estar a mi lado? —Por su puesto. —Bien, acércate —Madison dijo con rapidez para no arrepentirse de sus palabras. La niña no pudo evitar cerrar los ojos con fuerza y dio respiraciones profundas para no colapsar. Quizás para otras personas su comportamiento era exagerado, quizás para algunos adultos estaba siendo "dramática" pero esas personas no comprendían por lo que había vivido. No comprendía que un simple objeto podía desencadenar infinidades de recuerdos y escenarios donde ella era dañada una y otra vez. La versión más pequeña de Madi ya era sumisa ante el cinturón, y, cuando Robert lo utilizó, la hizo nuevamente sucumbirse ante esa sensación de obediencia absoluta. Y no quería que aquello siguiera ocurriendo. Quería ser normal. Quería poder ver la correa y asociarlo con algo sin importancia, como era sujetar el pantalón cuando te quedaba muy grande, o cuando simplemente querías usarlo porque se veía bonito con tu conjunto de ropa. Y, aquello que tanto anhelaba para el futuro, le dio el valor de quedarse quieta en su lugar y no entrar en un ataque de pánico. —Puedes abrir los ojos, cariño —indicó. Su melodiosa voz la ayudó a calmar un poco sus nervios —Voy a estar contigo todo el tiempo, lo prometo. Madison lentamente hizo lo que le había pedido el chico. Sus esmeraldas ojos estaban rojos de tanto retener sus lágrimas, su cuerpo se puso rígido al ver lo que tenía a solo cinco centímetros de ella. Lentamente alzó la mano y sus yemas hicieron contacto con el material del cinturón. Aquel material que había sido usado con la excusa de corregirla, con el motivo de "disciplinarla" y dejar una serie de marcas en su blanquecina piel. —¿Para qué sirve este cinturón, pequeña? —Barry cuestionó con cautela. —Para...para sujetar tu pantalón o de accesorio —susurró las palabras que Barry había dicho en un principio. —Eso es correcto, Madi. —¿Ya lo puedo soltar? Quiero soltarlo —murmuró con lágrimas en los ojos. No era fácil, no lo era, pero lo estaba intentando. Barry usó su super velocidad y fue a dejar el cinturón al cuarto de Joe. Era suficiente por hoy. En menos de dos segundos estaba devuelta en el sillón, con una diminuta sonrisa. —Estoy muy orgulloso de ti, mi niña —aseguró levantando a la menor y acomodándola en su regazo con sus extremidades a cada lado de su cuerpo, así quedaban frente a frente —Eres muy valiente —afirmó y colocó los mechones de cabello detrás de su oreja. Madison sorbió su nariz e hizo una minúscula sonrisa. —Lo hice —susurró, sintiéndose ligeramente orgullosa consigo misma. Hundió su cabeza en el pecho del chico y dejó que la mimara por un buen rato. La niña pudo sentirse contenida, pudo sentirse relajada y mucho más tranquila de cómo se encontraba en un inicio. Quizás estaba siendo una bebé por estar todo el tiempo pegada a Barry, o en su regazo o dejando que la cargara; pero las opiniones de los demás podía importarle poco cuando estar junto a Barry se sentía así de bien. —¿Quieres ver tus notas? —luego de unos largos minutos, Barry rompió aquel cómodo silencio. Madison se despegó ligeramente de él y lo vio frunciendo el ceño. "Gran forma de interrumpir el momento, Bartholomew", pensó con ligera ironía. —Bueno —dijo no muy segura. Estaba algo exhausta, toda la situación con aquel cinturón la había agotado. —Estará todo bien, lo prometo —Barry la tomó de la cintura y la sentó en el sillón al lado de él. El chico tomó el sobre y lo abrió, adentro había una hoja A-4 con el resultado de todos los exámenes que se había tomado, y luego, en otra hoja, estaba impreso el promedio de los cursos. Había excelentes notas a excepción de aquel curso que Madison dijo que no había podido estudiar. No era un sobresaliente, pero tampoco era muy bajo. Barry también había sacado C, un par de vez veces. —Lo hiciste muy bien, cariño —alentó el muchacho. —Pero hay una fea C —dijo señalando la hoja, cubierta de A+, A y una C. —Está bien, Madi —El castaño besó su frente —A la siguiente lo harás mejor, yo sé que sí. Incluso si vuelves a sacar una C, es válido, pequeña —aseguró con voz dulce —Si necesitas apoyo en cualquier cosa ¿vas a venir a mí? —preguntó de repente. Madison sólo pudo asentir. »Palabras, Madi —indicó con una pequeña sonrisa. —Lo haré, Barr —La niña lo observó —Eres muy bueno ¿lo sabes? —¿Lo soy? —preguntó haciéndose el desentendido, colocando las hojas sobre la pequeña mesa que tenían enfrente. —El más bueno de este planeta. —¿Más bueno que Cisco? —bromeó. Madison fingió pensar. —Ahora que lo pienso, él me deja comer más dulces... —¿Me estás cambiando por Cisco? —el chico fingió indignación. —Ahora eres el segundo más bueno —La ojiverde soltó una risita. —¿Así? —Barry estiró un poco sus manos y comenzó a hacerle cosquillas. —¿Quién es el más bueno? —cuestionó, siguiendo con las cosquillas en su estómago. Las carcajadas de la niña eran música para sus oídos. —De-déjame —trató de liberarse la menor. —¿Qué? No escuché. —Tú. Tú er-eres el más bue-bueno —Barry dejó de hacerle cosquillas y Madison se tomó unos segundos para regular su respiración. —Malo —expresó, como siempre lo hacía cada vez que Barry le hacía cosquillas. La menor hizo un puchero, pero la pequeña sonrisa bailando en sus labios la delató. —Ya, no me hagas esa cara, que te llevaré por un helado. —¿Helado? —era algo extraño que la llevara en medio de la semana. —Debemos celebrar esas buenas notas —dijo el castaño, colocándose de pie —¿O prefieres otra cosa? —¡Helado! —La niña exclamó con una sonrisa. —Felicidades, Madi. Oficialmente comenzaron tus vacaciones —acotó el muchacho y revolvió su cabello. La menor hizo una sonrisa de oreja a oreja. Aunque ¿qué significaba estar de vacaciones? Lo averiguaría después.
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