Otro día más y Madison volvía encontrarse en los laboratorios. La verdad era que no quería quedarse sola en casa por mucho tiempo, así que iba con Barry al enorme lugar.
Estaba sentada sobre la cama de la habitación que tenía las instalaciones, su pierna se movía de arriba abajo mientras observaba la carta que le había dado Caitlin. La carta que había olvidado momentáneamente que existía.
La carta que Amanda había escrito para su hija.
Lo cierto era que Barry la había guardado para dársela después, pero con todo el ajetreo, recién se había acordado de entregársela ese día. Como él había salido a una pequeña misión, le dejó encargado a Cait a que se la diera.
El sobre seguía sellado y no parecía que alguien la hubiese abierto. Madison sabía que Barry no lo haría, ya que el muchacho respetaba su privacidad y, después de todo, era una carta de su madre para ella.
Caitlin le había preguntado si quería que la acompañara cuando la leyera, pero la niña le aseguró que estaría bien sola, y la muchacha respetó su decisión; le dijo que cuando terminara podía llamarla o ir hacia el área principal donde estaban los demás.
Entonces, ahí se encontraba Madison, tratando de darse ánimos para de una vez por todas leer lo que contenía el papel.
"¡Sólo ábrela!", su mente le gritó.
Madison soltó un suspiro y prosiguió a hacerle caso a su cabeza. Sus temblorosas manos comenzaron a abrir el desgastado y viejo sobre, y sacó la hoja escrita a mano con tinta de color negra.
La menor observó un momento el papel entre sus manos. Estaba viejo, ligeramente arrugado con algunas manchas, la hoja no era totalmente blanca, tenía un tono amarillezco por lo antigua que era, además por estar guardada en aquel lugar durante tanto tiempo.
Entonces, tomando una bocanada de aire, prosiguió a leer su contenido:
«Hola, mi pequeña. Si estás leyendo esto es porque desgraciadamente ya no estoy más contigo. Y lo siento mucho, mi vida. No sé cómo esta carta llegó a ti, pero espero que sea porque alguien la encontró y te la dio, y no porque de algún modo terminaste en la casa de Robert.
Escribo esto para que sepas lo mucho que te amé y te amo, lo mucho que luché por estar juntas, pero al parecer la vida tenía otros planes. No sé qué será de mí dentro de unos días o meses, pero quiero que sepas que no importa lo que suceda conmigo siempre estaré cuidándote desde donde esté.
Aunque no te haya visto crecer, sé que eres muy dulce, buena, valiente y muy inteligente. Espero que la vida te esté tratando bien, mi bebé. Siento mucho no poder abrazarte, o llenarte de besos, o guiarte en este, a veces, cruel mundo; pero estoy segura de que has encontrado la persona indicada para que lo haga en vez de mí. Para que te dé mimos, consejos, te engría como te lo mereces y, sobre todo, te ame.
No quiero que pienses mucho en mí, quiero que sigas siendo feliz sin el recuerdo de una mamá que no pudo estar ahí para ti. Tampoco quiero que estés triste por estas palabras, mi niña. Quizás algún día nos volvamos a ver, quizás algún día podamos encontrarnos otra vez.
Quiero que seas la personita más feliz de este mundo junto a tu nueva familia. Sé que alguien te amará tanto como yo lo hago. Estoy segura de ello, la vida no puede ser tan cruel con ambas.
Te amo mucho, mi princesa.
Nunca lo olvides.
Amanda. »
El lugar se sumió en un silencio profundo mientras la pequeña procesaba las palabras de su madre. Un leve sollozo escapó de sus labios y cubrió su boca para no hacer ruido. Las lágrimas no tardaron en nublar su visión mientras las palabras de Amanda calaban en lo más profundo de su ser.
Sintió una punzada de dolor en su interior por el recuerdo de aquella madre que no pudo tener y que se la arrebataron muy pronto. Un remolino de emociones revoloteó en su interior. Madison pensaba que era muy injusto, muy injusto que tuviera que crecer sin su madre ¿Por qué la vida tenía que ser tan dura con ella?
Cierta molestia creció en su interior y limpió sus lágrimas con brusquedad, esperando a que sus ojos no estuvieran rojos. Entonces, redirigió ese intenso enojo hacia Robert. Si aquel individuo no la hubiese mandado a un orfanato, si no le hubiese ocasionado tanto daño a su madre, si no hubiese sido tan cruel con ambas... todo sería distinto.
—Te odio, Robert —masculló y, con su superpoder, tiró la almohada hacia el piso, con fuerza. Luego de un momento, soltó un suspiro y negó levemente con la cabeza. Se levantó, arrastró sus pies hacia la esquina donde había caído la almohada y la recogió, tomando una profunda respiración para tratar de calmarse y no salirse de control.
Madison no pudo evitar leer la carta una segunda vez, tratando de memorizar las palabras de su madre. Trató de darle una voz a esas palabras, trató de imaginar a Amanda recitándole aquellas oraciones.
»Siento mucho que no puedas estar conmigo. Te quiero —pronunció en un murmuro. esperando a que Amanda la escuchara desde el lugar en donde se encontraba. Dobló nuevamente la hoja y la guardó en el sobre.
La niña soltó un otro débil suspiro y decidió agarrar su pequeña mochila que había llevado -donde estaba sus audífonos, a veces su celular y unos cuantos dulces para el día- y guardó la carta para que no se maltratara.
El estado de humor de la niña había decaído aún más. De por sí ya estaba cansada porque el día de ayer había tenido una pesadilla -su cerebro a veces se atrevía a recordarle las horribles acciones de Robert- y no había dormido de corrido. Madison negó levemente con la cabeza y, colocándose su mochila, decidió ir en busca de Barry; quizás solo necesitaba distraerse y la consola de Wally sería una excelente opción.
La ojiverde llegó al área principal de los Laboratorios y se encontró con Wally, Joe y Barry conversando de algo que parecía importante, pero a esas alturas honestamente a Madison no le importó. Sólo quería ir a casa.
—Barry, llévame a casa —masculló de repente, colocándose delante del muchacho y cruzándose de brazos.
Al velocista le sorprendió ligeramente el tono de voz que había usado la niña, pero intuyó que ya había leído la carta que su madre le había dado -tal y como se lo había informado Caitlin antes de que saliera por una emergencia-. El castaño alzó ligeramente una ceja, pero supuso que la carta la había alterado ligeramente.
—¿Estás bien? —decidió preguntar.
—Vamos, Barry —su quejumbroso tono no pasó desapercibido. Madison no le importaba si estaba haciendo una escena frente a los otros dos o si no era la forma correcta de hablarle al chico, pero estaba abrumada.
—¿Me puedes esperar veinte minutos? Debo terminar con este caso.
—¡No!
—Caprichosa —Madi escuchó por parte de Wally y aquello logró irritarla. Giró su cabeza en su dirección y el morocho se encogió de hombros, escondiendo una diminuta sonrisa.
Madison observó con rapidez a su alrededor y, sin que lo pensara una segunda vez, lanzó un borrador con su poder en la nuca del más joven de los adultos.
»Auh —Wally sobó el área afectada y miró con algo de advertencia a la niña.
—Eso te pasa por ser un idio...
—Madi —medio advirtió Barry antes de que pudiera terminar.
—¡Pero él empezó! —Elevó su voz y dio una pisada fuerte contra el suelo.
—Yo no hice nada.
—Claro que sí. Tú...
—Madi, cálmate —intentó el castaño.
—Quiero irme —exigió nuevamente cruzando sus brazos —Quiero jugar en la consola —expresó sus intenciones. De pronto, Madison no pudo evitar sobar su ojo derecho como una niña pequeña cuando tenía mucho sueño. Bueno, quizás estaba más cansada de lo que quería admitir.
—No creo que merezcas la consola luego de agredirme con un borrador —Wally pronunció, dramatizando un poco la situación —¿No es cierto, papá?
—Oh, a mí ni me metas, hijo —Joe murmuró, sentado en unos frente a uno de los escritorios.
El hombre simplemente bajó la cabeza para continuar leyendo los documentos sobre el nuevo caso del metahumano, necesitaba encontrar más pistas para poder capturarlo. Además, Barry podía encargarse de lo que estaba ocurriendo.
Wally rodó los ojos.
—¡¿Por qué no?! —la niña gritó nuevamente al escuchar las palabras del pelinegro.
—Madison no grites, por favor —Barry intervino, aunque le dio una mirada de advertencia a Wally para que dejara de molestarla. El menor de los dos solo se encogió de hombros y comenzó a ayudar a su padre en revisar el caso —Iremos a casa dentro de veinte minutos. Yo sé que puedes esperar.
—No. Quiero ahora.
"Estás siendo una niñita berrinchuda", su cabeza le comentó.
Barry soltó un suspiro, se acercó un poco más a Madison y prosiguió a tomarla en brazos.
—¿Qué sucede, huh? ¿Por qué esa actitud? —cuestionó algo calmado, pero con ligera firmeza. Esta vez el chico le sacó la mochila de sus pequeños hombros y la puso sobre la silla, así podía sostener mejor a Madi.
—Bájame —la menor exigió removiéndose un poco.
—Madi... —esta vez advirtió.
—No lo sé, sólo quiero ir a casa y jugar —La niña hizo un puchero y volvió a sobarse los ojos con sus manos.
—Hmm, creo que antes de jugar alguien necesita una siesta —comentó Barry y la castaña lo observó. El ojiverde se dio cuenta de lo agotada que se encontraba, le haría bien dormir un rato. El chico observó su reloj y concluyó que hasta las cinco estaría bien, así dormía también en la noche.
—¡No necesito una siesta! No soy una bebé.
—La siesta no son solo para los bebés —medio rio el castaño.
—Igual, no quiero una siesta. Quiero irme.
—¿Qué tal si te recuestas un rato en mi hombro mientras esperas los veinte minutos? —La niña le dio una mirada. Detrás de esa pregunta había una orden camuflada, lo sabía muy bien.
—Pero Barry... —El velocista con suavidad recostó la cabeza de Madison sobre su hombro y comenzó a moverse ligeramente de lado a lado.
La niña no pudo resistirse en sentir aquel ligero sueño poseerla. ¿Así tan rápido sucumbía a los mimos del castaño? Madison se reprendió por eso, aunque en el fondo sabía que nunca podría resistirse a las caricias del muchacho y menos si se encontraba cansada, de mal humor, con sueño y con mucha tristeza por la carta de su madre.
»¿Le ordenarás a Walls que juegue conmigo en la consola cuando lleguemos a casa? —preguntó con los ojos ya cerrados.
—Lo haré —Barry observó un momento a Wally, que había escuchado la pregunta, y ambos sonrieron.
La niña hizo una diminuta sonrisa y luego se dejó llevar por los mimos del muchacho. Sólo esperaba no tener ninguna pesadilla, aunque, al estar en los brazos del castaño, sabía que ahuyentaría esos feos recuerdos.
Barry se apoyó contra el otro escritorio al darse cuenta de que la menor dormía plácidamente. Entonces prosiguió a aportar ideas de cómo podían capturar a ese nuevo metahumano que, aparentemente, también había sido creado por Alchemy. Aquel villano los tenía a todos preocupaos.
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Madison despertó desorientada por un momento. Ahora se encontraba en su cama con una manta sobre ella. No supo cuánto tiempo había dormido, pero no creyó que mucho ya que se dio cuenta que la luz natural aún se colaba por las cortinas de su habitación.
La menor sentía cierta angustia en su pecho. Creyó que había soñado con Amanda, pero no estaba muy segura ya que no recordaba su sueño. No sabía si había sido bueno o malo, pero no le gustaba la sensación que le había dejado.
La ojiverde bajó de un salto de la cama y comenzó a salir de la habitación en busca de Barry, sólo esperaba que el muchacho estuviera en casa y no la hubiese dejado sola.
Sintió alivio al encontrarlo en su dormitorio, estaba recostado en el respaldar de su cama leyendo unos papeles con el ceño fruncido, lucía algo preocupado y frustrado.
—Barry —la menor caminó descalza hasta la cama del castaño y se tiró boca abajo sobre el cómodo colchón de su acompañante, al lado izquierdo.
—¿Dormiste bien, cariño? —Madison escondió su rostro en el doblez de su brazo y no respondió por unos segundos.
Madison soltó palabras incoherentes. El muchacho no pudo entenderla, ya que su delgada voz fue amortiguada por la posición en la que ella se encontraba.
—¿Qué? —La niña rodó los ojos mentalmente, pero esta vez giró su cabeza para que la comprendiera.
—Que ya no estoy cansada.
—Me alegro —Barry hizo una pequeña mueca al ver la expresión de la niña —¿Qué sucede? —cuestionó dejando los papeles que estaba leyendo a un costado.
—Nada.
—No creo que sea nada.
—Creo que soñé con Amanda —confesó.
—¿Un sueño lindo o feo?
—No lo recuerdo.
—¿Quieres hablar de ella? —Barry preguntó con cautela. La menor meditó un momento sus palabras y asintió levemente.
—Su carta fue muy bonita —susurró sintiendo una punzada de dolor en su pecho —Decía que me amaba, Barr —murmuró y luego apretó su puño levemente al recordar quién había tenido la culpa de su abrupta partida —Robert me la quitó —pronunció con voz algo entrecortada.
Al chico se le estrujó el corazón al ver su estado emocional. Esta vez el muchacho comenzó a acariciar circularme su pequeña espalda, tratando de reconfortarla.
»¿Acaso puedo querer a alguien que no recuerdo? —Madison cuestionó luego de un momento.
—Es tu mamá, cariño, claro que puedes. Sé que eras muy pequeñita cuando la perdiste, pero estoy seguro de que su esencia sigue dentro de ti. Ya no la tienes a tu lado físicamente, pero siempre la tendrás contigo en tu corazón.
Madison sintió calidez recorrer su cuerpo por las palabras del velocista.
—También me dijo que...que esperaba que fuera muy feliz con mi nueva familia. No sé cómo lo intuyó —Madison murmuró luego de unos minutos de estar en silencio —Ella esperaba que encontrara a alguien que me amara tanto como ella lo hizo —La menor se enderezó y se sentó sobre sus talones —Barr, quizás ella, junto a Hayley, los mandó a ustedes. A ti —expresó haciendo una diminuta sonrisa.
»Quizás Amanda también me ama a través de ti —susurró y pudo ver una pequeña sonrisa por parte del muchacho. Madison no perdió tiempo y se abalanzó contra el chico para envolverlo en un fuerte abrazo. Escondió su cabeza en el cuello de Barry y sintió una inexplicable tranquilidad recorrer todo su ser.
Ahora que lo pensaba mejor, quizás aquella carta había sido el cierre que necesitaba con su madre. Ahora tenía una nueva familia y, aunque Amanda no pudiera estar con ella, sabía que la estaba cuidando desde el lugar en donde se encontraba.
—Estoy seguro de que sí, pequeña —murmuró Barry y dejó un casto beso en su mejilla.
La menor sonrió y cerró los ojos, tratando de relajarse completamente, y consiguiéndolo luego de un tiempo.
—¡Mads si no vienes a elegir tu auto en el juego, lo elegiré yo! —Madison escuchó el grito de Wally luego de varios minutos de estar acurrucada en el cómodo velocista. La niña se separó de inmediato del chico y rodó los ojos.
—Tramposo individuo —masculló bajo, levantándose de la cama —¡Walls ni se te ocurra! —gritó de vuelta. Madison tenía un auto especial para el juego de las carreras en la consola y siempre debía escoger ese para ganarle al pelinegro.
—Ponte zapatos, Madi —ordenó calmadamente Barry antes de perderla de vista. La niña soltó un resoplido, pero de igual modo fue por sus pantuflas a su habitación.
El castaño negó levemente con la cabeza, pero hizo una sonrisa al ver con mejores ánimos a la menor. Aunque Wally la molestara, sabía que de igual manera la quería y lo demostraba siempre tratando de hacerla sentir mejor, a su manera.