Capítulo 27

3157 Palabras
Madison se cruzó de brazos y maldijo para sus adentros. Aprovechó aquella penitencia para tratar de tranquilizarse, aunque no estaba dando muchos resultados. Creyó que podía manejar su enojo al saber que Barry le había ocultado aquella vital información, pero cuando se negó a llevarla, aquel enojo comenzó a resurgir. Además, pensar en Robert le hacía sentirse furiosa. Todo era culpa de ese despreciable ser. Odiaba lo que le había hecho, los golpes, la manipulación. Odiaba el poder que manejaba, la forma en que la "justicia" lo había dejado solo con arresto domiciliario cuando debería estar tras las rejas esperando su sentencia; había criminales que habían hecho mucho menos y eran tratados peor. Su asqueroso dinero le daba ese privilegio, privilegio que no debía de tener porque había hecho demasiado daño. Sí, no debió hablarle de esa forma a Barry, no debió insultarlo. Dîablos, pero el chico había logrado que se irritara más. Iría, aunque tuviera que salir por la ventana de su habitación. Unos veinte minutos transcurrieron y Madison seguía sentada en el mismo lugar. No se atrevió a moverse, pero ahora se sentía aburrida y con emociones negativas recorriendo su sistema. Creyó que la función de esa "penitencia" no estaba funcionando. "Demonîos, Barry" El muchacho bajó luego de un momento con el abrigo de la niña en una mano. Se colocó de cuclillas frente a ella y Madison soltó un suspiro. Ahora que lo veía a los ojos se sentía mal por haberle hablado de esa forma. —Lo siento —susurró, agachando ligeramente la cabeza. Barry ya se había tranquilizado cuando subió a su habitación. Los dos estaban molestos, así que el muchacho decidió ir a calmarse. Aunque sabía que la menor aún seguía algo enojada por cómo apretaba sus pequeños puños o por cómo su ceño estaba fruncido. —Sé que estás enojada, pero no es motivo para usar esas malas palabras, ni que me respondas de esa forma, Madi —explicó con calma. —Lo sé —murmuró arrepentida de haber sido tan irrespetuosa con él, con la persona más buena que había conocido. —Bien, ponte esto y salgamos a dar una vuelta —fue lo que dijo, luego de dejarle un casto beso en su frente y se levantó. La niña también se colocó de pie y se puso el abrigo que Barry le había dado amablemente. El chico la esperó con la puerta abierta y estiró su mano para que ella la tomara. La pequeña hizo una diminuta sonrisa, entonces agarró su mano y ambos salieron, a Madison no importándole estar en pijama. Los dos caminaron en silencio por un par de cuadras largas dentro de la urbanización. La menor respirando aquel aire que le hacía falta para disipar su enojo. Ahora que ya no tenía aquel sentimiento dentro de ella, se sintió muy culpable por tratar de esa manera tan horrible al muchacho. Sí, él había hecho mal en ocultarle aquello, pero ella tampoco estaba bien. —Barry, lo lamento —susurró deteniendo sus pasos, justo habían llegado a un mediano parque rodeado de bancas y que, en el medio, contaba con algunos juegos para niños. El chico oyó el arrepentimiento en su voz y se colocó de cuclillas frente a ella. —Ya está todo perdonado —aseguró colocando un mechón de cabello detrás de su oreja. —¿Seguro? —Madison clavó sus verdes ojos en los de él. —Cien por ciento seguro —afirmó y la tomó de la cintura para sentarla en la banca que estaba tras de ellos. Barry se sentó a su costado y soltó un pequeño suspiro. —Estaba tan furiosa con Robert —comentó —Tiene tanto dinero que ni siquiera ahora está tras las rejas como debería. Sólo tiene arresto domiciliario, de seguro está en su mansión lujosa, de seguro duerme en una cómoda cama, come bien, tiene todas las comodidades... —La niña apretó sus puños, sintiendo la impotencia recorriendo su sistema. »Él es malo...él es muy malo y está casi libre. Es tan injusto —Limpió bruscamente con el dorso de su muñeca sus tontas lágrimas de frustración que habían decidido salir sin su permiso —No merece ni un mísero buen trato, pero ahí está, comprando su libertad con ese sucio dinero —masculló, tomando una respiración para calmarse »Y cuando me enteré de que sabías lo de su sentencia, cuando me dijiste que no iría a escucharla, me enojé tanto... —se desahogó. Barry soltó un suspiro y pasó su brazo por los hombros de la menor, atrayéndola hacia él. Esta vez comprendiendo el trasfondo del comportamiento de la pequeña; aunque se sentía conforme de que la menor le estuviera expresando sus pensamientos. Madison se acurrucó contra él y, sin poder contenerse más, liberó unas cuantas silenciosas lágrimas. —Lamento que te sientas de esta forma, pequeña —expresó con sinceridad —Entiendo tu frustración, a veces, la justicia no es justa —murmuró y Madison solo hizo una diminuta mueca. »Y lamento no haberte dicho lo de la sentencia —el ojiverde murmuró luego de un momento. Madi había logrado calmar sus lágrimas, ahora solo estaba dejando que la brisa la volviese a tranquilizar—, pero no quería que te preocuparas pensando en lo que sucedería. —Lo entiendo, Barr, pero no debiste ocultarlo —pronunció, subiendo sus dobladas piernas sobre aquella banca de madera y apoyándolas también en el chico —Era importante para mí. —Lo sé. —Sé que quieres protegerme. Pero, por favor, necesito ir —Madison alzó su cabeza y observó al muchacho, sus ojos casi suplicantes. —¿Por qué necesitas ir? —Quiero asegurarme de que terminará encerrado en una prisión. Quiero ver el estúpido rostro de Robert cuando le digan que se pudrirá en la cárcel —manifestó con ligera dureza en su tono de voz —Y si queda libre...también debo saberlo —indicó —Solo quiero estar ahí y saber si se hizo justicia. —Madi, per... —Por favor, Barr, por favor —imploró. —No podrá hacerme nada, habrá muchas autoridades como para que intente hacerme algo. No creo que sea tan tonto —aportó aquella justificación, creyendo que su progenitor no podría acercarse a ella, porque era cierto ¿no? Barry volvió a soltar un pequeño suspiro, analizando las palabras de la pequeña entre sus brazos. Pero, aunque quisiera negarle la ida, en el fondo sabía lo que era correcto hacer. Después de todo, aquel ser le hizo tanto daño que entendía los motivos de esa necesidad. —Bien —dijo al fin —Irás conmigo. Madison se enderezó al escuchar aquellas palabras. Creyó que al final tendría que hacer un plan para llegar a la corte sin que Barry o los demás se enteraran. —¿En verdad? —quiso confirmar. —Sigo creyendo que no es una buena idea, pero si necesitas estar ahí, entonces no podré hacer nada para impedírtelo —Barry lo sabía, sabía que la niña haría todo lo posible para llegar a la corte, era escurridiza y astuta. Y en vez de que tuviera que hacer algo tonto como escapar, la dejaría ir con él. La niña lo abrazó con fuerza y murmuró un «gracias» Ambos se quedaron en esa posición por unos minutos, sintiendo la briza y la tranquilidad de un solitario parque. Madison se distrajo observando los juegos que tenía enfrente, a algunos metros de distancia. El columpio se movía ligeramente de adelante hacia atrás gracias al viento que corría. La noche estaba en su punto máximo, pero gracias a los faroles podía ver todo a la perfección. "¿Qué se sentirá columpiarse?", pensó de repente. Barry agachó ligeramente su cabeza para ver si la niña se había quedado dormida, pero se dio con la sorpresa de que estaba observando con atención aquellos columpios. El chico tuvo una idea. —¿A dónde vas? —preguntó la niña cuando el castaño se levantó de la banca. —Ven, quiero que pruebes algo —Barry estiró su mano y Madison la tomó, aunque sin entender muy bien la situación. A los segundos, el muchacho comenzó a caminar hacia los juegos y la niña comprendió. Por ese tipo de acciones, Madison creía que, a veces, Barry podía leer mentes, bueno... la suya. —¿No estoy muy grande? —cuestionó observando el columpio que ahora tenía delante de ella. —Tonterías, nadie está grande para usar un columpio —aseguró el muchacho y señaló el entretenimiento para que la menor subiera. Madison meditó un momento la propuesta, se veía significativamente tentativa. El ligero entusiasmo se abrió paso hasta instalarse en su pecho. Nunca había usado uno de esos, solo los había visto, pero nunca había subido a uno. Algo triste, la verdad. Era una niña y nunca se le había permitido divertirse en juegos como esos. El columpio estaba un poco alto y la menor no llegaba bien para poder sentarse, Barry observó su pequeña lucha, así que la tomó de la cintura y la sentó. —¿Y ahora qué? —preguntó la niña no sabiendo cómo mover sus piernas para columpiarse. Intentó mover sus extremidades de adelante hacia atrás, pero intercaladamente, y aquello no parecía estar dando resultados. —Tienes que hacerlo a la vez —explicó el chico, colocándose detrás de ella para ayudarla —Pero debo darte un empujoncito, porque no llegas al piso, cariño —acotó con una pequeña risa. Madison rodó los ojos. —No, espera, quiero ver cómo lo haces tú —indicó. —Está bien —Barry no había subido a uno de esos en años, por suerte los columpios eran amplios y podía caber perfectamente. El chico se sentó sin dificultad y se ayudó con su pierna para impulsarse y empezar a columpiarse. Madison lo miró asombrada, intentando hacer lo mismo que el castaño, pero como no conseguía darse ese pequeño impulso al inicio, se le dificultaba de sobremanera. —No es justo —manifestó cuando el muchacho se bajó —Tú eres enorme, mis pies no llegan al piso —indicó con un leve puchero. —Te ayudaré ¿sí? —Se colocó nuevamente detrás de la menor. —¡Espera! —medio gritó la niña para que no comenzara a empujarla —¿Y si me caigo? —Estarás bien, solo agárrate fuerte, pequeña —murmuró con una sonrisa. —Pero... —Uno, dos, tres —Barry no le dio tiempo a debatir y comenzó a columpiarla. Madison cerró los ojos ante la nueva sensación, pero no tardó en abrirlos. Se sentía como si volara. Había una extraña sensación en su estómago y no pudo evitar sonreír. ¿Cómo pudieron privarle de algo como eso? Era divertido, muy divertido. —Más fuerte —indicó y el velocista le concedió aquella orden. Sus pequeñas risitas eran música para los oídos del mayor y se prometió traerla más seguido a esos juegos. —Ahora intenta mover las piernas de adelante hacia atrás —Barry la detuvo casi abruptamente y Madi casi lo fulmina con la mirada —Te empujaré un poco y de ahí debes columpiarte tu sola. Madison lo intentó, esta vez teniendo éxito. Cada vez subía más y más alto. Se estaba divirtiendo y distrayendo como nunca lo había hecho. —¡Lo estoy haciendo! —exclamó con alegría y Barry rio. Unos quince minutos transcurrieron y el castaño observó su reloj. Era tarde, así que se acercó a la menor y otra vez la detuvo. »¡Hey! —se quejó —¿Qué haces? —Debemos irnos, cariño —explicó. —Ufa, pero quiero quedarme un rato más. —Podemos volver mañana, así pruebas los demás juegos ¿te parece? —El ojiverde quería distraerla para que no pensara mucho en el juicio, y había encontrado la manera perfecta. —Está bien, pero que no sea en el día. No quiero cruzarme con ningún otro niño... u otro ser humano. —La pequeña bajó de un saltó y comenzó a caminar en dirección al sendero que los conduciría fuera del parque. Siguieron caminando por unos minutos en un cómodo silencio, hasta que sintió una nueva ola de cansancio invadir su cuerpo. La menor se detuvo abruptamente y rodó los ojos cuando Barry no se dio cuenta hasta después de unos pasos. —¿Qué sucede? —preguntó el muchacho al ver que la menor no seguía caminando. Retrocedió los pasos que había avanzado y agachó su cabeza para observarla. —No siento mis piernas —Madison dramatizó y alzó ligeramente sus brazos en dirección al chico, tal y como una pequeña niña. Barry rodó los ojos al escuchar el exagerado comentario de la menor. —¿Y yo qué puedo hacer? —dijo en un tono divertido. —¿Aliviar mi dolor? —indicó con un ligero puchero, puchero que Barry no pudo resistirse. El muchacho la tomó por debajo de sus brazos y la cargó. Madison sonrió ante su victoria. La niña rodeó los hombros de Barry y dejó un casto beso en la frente del mayor. —¿Quieres que use mi velocidad? —cuestionó. —No, quiero sentir la briza —aseguró apoyando su mejilla en el hombro del chico y sintiendo relajante el movimiento. —Al menos que tú estés cansado —murmuró luego de un momento. —No, estoy bien —respondió con sinceridad. —¿Te peso? —Madi cuestionó de repente, levantando su cabeza para verlo. Nunca se lo había preguntado, pero habían caminado cuadras largas y creyó que los brazos del castaño se cansarían. Barry le extrañó aquella pregunta, pero de igual modo respondió—: No. La verdad no sé a dónde se va toda la comida que te doy —expresó y Madi se encogió ligeramente de hombros. —Cait dice que tengo un rápido metabolismo —aportó con simpleza. —Además de que eres toda pequeñita —molestó el chico y se ganó una mirada de muerte por parte de la niña. Caminaron otro tramo más en silencio. —¿Barry? —llamó. —¿Hmm? —¿Soy muy grande para que me sigas cargando? —murmuró aquello. No sabía por qué había cuestionado aquello, pero se le vino a la cabeza de repente. Simplemente quería saber; tenía once años y en meses cumpliría doce. No sabía muchas de las reglas socialmente "impuestas", aunque honestamente no le importaba demasiado. —Espera ¿ya no quieres que te cargue? —Barry detuvo sus pasos, sintiendo una ligera sensación de tristeza, pero respetaría sus decisiones. Eso significaba que estaba creciendo. ¿Su pequeña estaba creciendo? —No, ¿qué? Yo no dije eso —La niña hizo un puchero y Barry mostró sonrisa cargada de alivio. Bueno, la verdad es que no quería que creciera tan rápido. —¿Entonces? —No lo sé. Solo me dio curiosidad. Además, quizás tú creas que ya soy muy grande —Se encogió de hombros. Madison lo observó, si ese era el pensamiento del chico, la niña no lo dejaría salirse con la suya tan fácilmente. Oh, claro que no. Él no tenía permitido dejarla sin sus mimos. —Tonterías —respondió rápidamente —Te cargaré hasta que tú ya no quieras que lo haga. —Madison sonrió ante aquella sincera respuesta. —Bien, porque nunca querré que lo dejes de hacer —El velocista hizo una pequeña sonrisa ladina, pero sabía que aquello no era totalmente cierto. Algún día, en algunos cercanos años, Madison ya no querría que la cargaran, o eso pensaba él. Era parte de la vida. Madison se recostó en el hombro del chico y soltó un suspiro. »Cuando estaba en el orfanato siempre quise que alguien me alzara y me dijera que todo iba a estar bien. Pero esas mujeres nunca me dieron afecto —confesó en un susurro, recordando aquellos momentos cuando era más pequeña y aún no tenía a Hayley -aunque la rubia era también una niña, se la ingeniaba para consolar a la más pequeña- Madi solo quería un abrazo, sólo quería que alguien la cargara y la llenara de besos y la consolara. Cuando se caía, cuando estaba enferma, cuando le tenía miedo a la oscuridad, a las pocas, pero fuertes tormentas, o cuando simplemente quería cariño. Pero esas personas nunca le dieron aquello que tanto anhelaba. —Oh, Madi —el ojiverde murmuró con cierta tristeza y la abrazó con más fuerza —Yo te cargaré, te sostendré por todas las veces que nadie lo hizo en ese lugar —afirmó. Madison se enderezó y le dio un beso en su mejilla. —Eres el mejor del mundo mundial —murmuró con una sonrisa y Barry le dio un beso en su pequeña frente. Nuevamente Madison recostó su mejilla en el hombro del muchacho y cerró los ojos. Poco a poco sus párpados comenzaron a pesar; conforme el muchacho caminaba y acariciaba su espalda en círculos, el sueño era mucho más d*******e. ***** Luego de un momento, Barry se dio cuenta que la menor se había quedado dormida, así que usó su velocidad para el resto del camino. Por suerte la niña estaba en pijama. Despacio entró al cuarto de la castaña y prendió la lámpara. Se agachó un poco y destendió la cama de un lado, recostando a la pequeña boca a arriba. Con cuidado le sacó el abrigo, manga por manga para no moverla demasiado y luego sacó sus botines. Madi se volteó quedando de costado, pero no despertó. Barry aprovechó en darle su peluche y la niña lo abrazó con fuerza contra su pecho. El muchacho la cubrió con las sábanas y dejó un beso en la cima de su cabeza. —Dulces sueños —susurró, acariciando unos segundos las hebras de su cabello. Dîablos, la amaba, y sólo quería protegerla de la mejor forma que creía. Quizás a veces era estricto; tal vez, a veces la sobreprotegía, pero el mundo podía ser cruel y no quería que se enfrentara a situaciones estresantes o simplemente malas; pero, aunque quisiera protegerla de todo aquello, entendía que eso también era parte de la vida y ella debía de confrontarlo. Sólo se aseguraría de dar todo de sí para estar a su lado. No sabía cuántos errores cometería en un futuro, porque, aunque hiciera todo lo posible para su bienestar, sabía que no todo saldría perfecto. Desgraciadamente, no tenía un manual de cómo ser superhéroe y criar a alguien a la vez. Todo había sido tan de repente que no había tenido tiempo de procesar muy bien la llegada de la niña. A veces quería hablar con su padre y preguntarle cómo manejar ciertas situaciones, pero lamentablemente ya no estaba. Solo esperaba que, dentro de todo, estuviera haciendo bien las cosas. Barry besó el castaño cabello de la niña, apagó la lámpara y prosiguió a salir de la habitación.
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