Madison soltó una risa ante el comentario que había hecho Caitlin. Las dos se encontraban sentadas a la mesa comiendo aquella deliciosa lasaña que la chica había preparado una hora antes. La mayor había aceptado a que la niña se quedase a dormir con ella, incluso verían una película.
Caitlin sostenía el vaso de agua con su mano derecha mientras también sonreía, aunque luego de unos segundos, Madison frunció el ceño por lo que estaba presenciando.
Poco a poco el líquido comenzaba a tornarse hielo, incluso el vaso. La niña parpadeó un par de veces, creyendo que su imaginación estaba jugando con ella. Las palabras de la muchacha quedaron en un segundo plano mientras la menor corroboraba de que no era su tonta imaginación. No, aquello estaba sucediendo y Caitlin no parecía darse cuenta.
—Cait —llamó la menor en un susurro. ¿Cómo aquello había sido posible? ¿Caitlin lo había hecho? De pronto, sin que pudiera evitarlo, un pensamiento se cruzó por su pequeña cabeza; la vaga imagen de Killer Frost de Tierra-2 se implantó en su mente —Caitlin —dijo, esta vez hablando un poco más fuerte para que la muchacha le prestara atención.
—¿Qué suce...? —La mayor bajó la vista para darse con la sorpresa de lo que había hecho. Entonces, guardó silencio un momento, dejando que la situación fuese procesada, digerida.
Los nervios comenzaron a recorrer por el cuerpo de la mayor, no se suponía que aquello debía de suceder, no frente de la niña. Caitlin había tomado "prestado" los brazaletes que Cisco había construido para inhabilitar los poderes de los metahumanos, aquellos eran más grandes y algo toscos a comparación a los que el padre biológico de Madison había creado, los de Cisco aún eran prototipos, pero de igual modo servían. La chica se los había quitado para lavarse las manos antes de comer y torpemente se los había olvidado de colocar.
»Madi... —murmuró no sabiendo qué decirle.
—¿Tú... tú hiciste eso? —preguntó la menor señalando el vaso congelado, algo curiosa y asombrada.
—Yo...
—¿Tienes poderes? —la niña preguntó abruptamente, impresionada por la nueva información. ¿Cómo? ¿Acaso esto también había sido producto del viaje en el tiempo de Barry? Aunque el chico no le había comentado nada, tuvo una corazonada.
—Madi, no puedes decirle a nadie —la chica indicó con rapidez y con algo de seriedad. —Debes olvidarlo —murmuró, negando levemente con la cabeza. No quería sonar de ese modo, pero esos poderes la ponían muy nerviosa. No los quería, simplemente quería encontrar una cura, pero la vida no parecía querer ayudarla, porque había tratado de todo y sus poderes seguían manifestándose y cada vez con más fuerza.
—Pero tienes poderes. Eso es impresionan...
—No lo es —intervino de inmediato. Madison frunció otra vez el ceño —Sólo olvídalo, Madi, por favor —indicó levantándose de la mesa para comenzar a recoger los platos y cubiertos que estaban en la mesa.
La niña percibió la seriedad del asunto. Efectivamente, Caitlin no quería saber nada de esos poderes; la firmeza, nerviosismo y preocupación en su tono de voz le hicieron darse cuenta. Madison simplemente asintió, pero no pudo evitar preocuparse ligeramente por su amiga. Ahora que el tema de los poderes había salido a la luz pudo percatarse de lo abatida que Caitlin se encontraba.
—¿Por eso has estado fuera todos esos días? —Madison no pudo evitar preguntar, recordando todas las veces que la chica estaba ausente. —Espera ¿por eso fuiste donde tu mamá? —cuestionó. —¿Hace cuanto los tienes? —La niña escuchó el suspiro por parte de la chica, apoyando sus manos sobre el lavaplatos y guardó silencio un momento, así ordenaba sus pensamientos.
—Sí. Desde hace unos tres meses que me di cuenta —susurró su respuesta y Madison abrió ligeramente los ojos, ahora entendía por qué había estado tan distante o apartada del Equipo. —Estoy buscando una cura —confesó.
—¿Por qué? —La niña nuevamente mostró confusión. ¿Una cura?
—No quiero tener estos poderes.
—¿Qué? ¿Por qué no los quieres? Pero tener poderes no es tan ma...
—¡Madi, basta! —La niña se sobresaltó ligeramente cuando la chica usó aquel tono de voz: fuerte y algo duro. Encima un plato había caído con fuerza contra el lavaplatos y aquello la había hecho asustar. Seguía sin gustarle los ruidos fuertes.
—Iré a lavarme los dientes —la niña anunció y no dejó que Caitlin pronunciara palabra alguna. Se levantó con rapidez y casi corrió hasta el baño el baño, cerrando la puerta tras de ella y prendió la luz. Tomó una profunda respiración y enjuagó su rostro un par de veces para tratar de calmarse.
No le había gustado para nada cómo le había hablado Caitlin, ella nunca le había respondido de ese modo. Entendió que era un tema delicado para la mayor, pero sólo tenía curiosidad de por qué quería una cura o por qué veía esos poderes cómo algo erróneo. La pequeña tampoco estuvo muy a gusto con sus poderes la primera vez que los obtuvo o la primera vez que hizo daño, ¿pero acaso sería el mismo motivo?
Madison tomó una gran bocanada de aire y mantuvo sus lágrimas a raya, cepilló sus dientes y contó hasta el número veinte para volver a salir. Caminó por el pasillo sin saber qué hacer exactamente, no quería que las cosas estuvieran tensas entre la chica y ella. Al llegar a la sala, la muchacha estaba sentada en el mueble con una taza entre sus manos, observando el televisor que estaba prendido, aunque obviamente estaba perdida en sus propios pensamientos.
La niña decidió sentarse a su costado y soltó un débil suspiro.
—No debí preguntar —susurró luego de un momento, esperando que aceptara aquellas improvisadas disculpas.
—No, no —Cait negó con la cabeza y dejó la taza sobre la mesita delante de ellas —Yo lo siento, Madi, no debí reaccionar de esa forma ni hablarte así —Caitlin habló con sincero arrepentimiento en su voz. —Es solo que... Estos poderes...—La muchacha calló si saber cómo continuar.
—Está bien tener miedo, Cait —Madison decidió expresar aquello. Se lo había visto en los ojos de ella hace un rato y, aunque la mayor quería ocultarlo, la niña se había dado cuenta.
Alguna vez se lo había escuchado a Barry decírselo, y se había sentido bien. A veces, la sociedad les pedía a las personas ir sin miedo por el mundo, como si tener miedo fuese algo malo; cuando, en realidad, era algo completamente normal y válido. No deberías sentirte avergonzado o mal por tener miedo.
—No quiero convertirme en Killer Frost —Caitlin confesó, observando al frente. —No quiero hacerle daño al equipo. Sobre todo, a ti, Madi, no podría perdonármelo.
—No vas a hacernos daño —murmuró, comprendiendo el porqué de su miedo. —Y no serás ella —aseguró, tratando de darle ánimos.
Ciertamente no le gustaba verla de esa forma, quería verla como antes, con una sonrisa, animada y no tan distante. No podía creer que su Caitlin estaba pasando por todo ese estrés y había conseguido ocultárselo por todo ese tiempo, no solo a ella, al Equipo en sí.
—Cada vez que los uso siento que pierdo el control de mí misma, un poco más —Madison se acercó a la castaña y la abrazó, recostando su mejilla en su pecho.
—Si dejas que te ayuden, el Equipo...
—No, Madi, por ahora necesito resolverlo yo sola. Tengo estos brazaletes de Cisco, estaré bien.
—No diré nada, porque no es algo que yo deba contar. Es tu secreto y debes ser tú la que decida cuando decírselos; pero por favor considéralo como una opción. No van a juzgarte, Caity.
Madison apretó con más fuerza su abrazo y cerró un momento lo ojos. En el fondo temía por el bienestar de su acompañante, temía por lo que le depararía el futuro. Quería ayudarla, pero no sabía cómo. Los grandes eran Cisco, Barry, Harry, incluso H.R; pero la muchacha estaba insegura en contarles su situación. Solo esperaba que no se tomara mucho tiempo para hablar con el Equipo...con su familia.
—Gracias, cielo —La mayor besó la cima de su cabeza y se acurrucó más contra la pequeña.
Caitlin necesitaba un abrazo hace mucho. Necesitaba a alguien, creyó que su mamá podría darle aquella contención que quería, pero su visita no había sido como lo esperaba. Su madre...bueno, aquella mujer no era la mejor dando apoyo emocional, no después de la muerte de su padre. Se habían distanciado desde hace mucho.
Luego de unos largos minutos, Madison se separó ligeramente de Caitlin y alzó su cabeza para observarla.
—¿Cait? —llamó la ojiverde. La muchacha puso toda su atención en ella —Tengo una noticia —dijo la pequeña algo entusiasmada, quería alegrar el ambiente.
—¿Qué noticia?
—Barry...Él logró que le dieran mi tutela —murmuró mostrándole una diminuta sonrisa.
—¿Qué? —la muchacha cuestionó con sorpresa.
—Barry es mi tutor legal, Cait —Madison ensanchó su sonrisa ante la idea.
Caitlin guardó un momento silencio, procesando la nueva información. Barry le había comentado vagamente del asunto, pero creyó que tomaría mucho más tiempo para que obtuviera su tutela.
—Mi pequeña, eso es una muy buena noticia —dijo al fin —Estoy muy feliz por ti... por ambos —murmuró con sinceridad, haciendo una enorme sonrisa.
La muchacha estaba feliz que fuese Barry el tutor legal. En el fondo sabía que era algo que ambos querían y le alegraba mucho que se hubiese cumplido. Sabía que aquello no cambiaría la relación entre la pequeña y ella; además que le daba alivio saber que estaban a un paso de que Madi se quedara definitivamente con ellos, sin el temor de que las autoridades decidieran llevársela a otro lugar.
Caitlin la tomó por debajo de sus brazos y la sentó de costado en su regazo para darle un efusivo abrazo, apachurrando a la menor con alegría. Madison recibiendo gustosa aquel gesto.
Luego de un momento, Madi se separó ligeramente de la muchacha y la observó.
—¿Tú crees...tú crees que él pueda adoptarme? —preguntó con anhelo. Caitlin hizo una diminuta sonrisa.
—Claro que podrá —respondió. Podía darse cuenta lo mucho que Barry la amaba, era casi suya. Y estaba contenta de que, ahora, pudiese dar ese paso. Obviamente, Caitlin también la amaba, pero no sentía tristeza, ni nada por el estilo, saber que Barry podía adoptar a la pequeña. Era más que todo una formalidad, algo legal. Madison siempre seguiría siendo una parte muy importante de su vida, también.
Eran familia.
Madison volvió a sonreír y estrujó a su acompañante con todas sus fuerzas.
La niña estaba feliz de que había logrado aligerar el ambiente y haber podido distraer, aunque sea un poco, a Caitlin. Madi estaba contenta de que la muchacha expresara alegría con la noticia.
Ahora, ¿cuánto tiempo podría guardar el secreto de Caitlin sin que Barry lo notara? Solo esperaba que la chica se decidiera rápido por contarles.