– Sí... lo es. – afirmó ella, sin hacerle mucha gracia de recordarle. – Siempre tuvo esa obsesión por mí, pero eso ya es historia. – Me alegro por usted amiga mía... – felicitó la condesa. – También quisiera... pedirle disculpas por lo de aquella noche, no debí insistirle tanto... espero que pueda perdonarme... Carmelius pudo ver la sincera culpabilidad de la condesa, y no solo por aquello, sino por qué, sino hubieran discutido, ella hubiera estado con ella, así no habría sido secuestrada. Con solo ver su rostro, Carmelius veía todo eso, y le sabía mal que la mujer cargará con esa culpa sin sentido alguno. – Elizabeth... – llamó ella, posando una mano sobre el hombro de ella, está la miró. – No debes preocuparte ya por eso, es agua pasada, además, la culpa es mía, por haber es

