– Mi señora… mi señora Carmelius, despierte… abra los ojos. – suplicaba Orleta en susurro, apoyando la frente en sus manos juntas con la mano de la vampira sujeta, con los ojos cerrados con fuerza. – Por favor, despierte… Todos esperaron pacientes, pero sin dejar de estar preocupado e inquietos, entonces, unos segundos después de que Orleta hablará, la mano sujeta de la vampira se movió, apretando un poco las manos de la chica, eso hizo llamar su atención y de los demás, inclinándose alertados, fue entonces cuando poco a poco los ojos de Carmelius se abrieron parpadeando cansados y confusos.
Eso hizo sonreír a todos, sobre todo a Lionel y su hija Orleta. – ¡Mi señora Carmelius! – llamó Orleta emocionada y feliz, sacando unas lágrimas de los ojos por la emoción.
Carmelius abrió del todo los ojos, esperando a que se le aclarará la vista y ver donde estaba, supo al instante que estaba en su habitación tumbada y tapada en su cama, y vio que estaba rodeada de los gitanos junto a Orleta y su padre. Carmelius quiso incorporarse un poco, Orleta la ayudo a sentarse con mucha delicadeza, aunque pensó que no debería hacer aún esfuerzos.
– Mi señora no hace falta que se siente aún, debe descansar. – dijo Orleta preocupada, con las manos preparadas para cualquier cosa.
– Tranquila, estoy bien. ¿Qué ha pasado, por qué estoy en la cama tapada con todos aquí reunidos? – pregunto ella confusa y desconcertada.
– ¿Como? – pregunto Lionel extrañado, los demás estuvieron igual, mirándose entre sí.
– ¿No recuerda nada de lo que le ha pasado anoche? – pregunto Orleta confusa, con una ceja encogida. – ¿Qué es lo último que recuerda mi señora?
– ¿eh? Pues… estaba en el balcón observando el cielo cuando… ¡ah! – exclamó ella, como viniéndole algo.
– ¿Qué pasa? – pregunto Orleta alertada. – ¿Lo ha recordado?
– Sí… – afirmó Carmelius, bajando entonces la mirada.
Carmelius lo recordaba todo con detalle, al principio pensó que lo había soñado, pero entonces sintió el pequeño dolor en su cuello donde él la mordió. La herida había desaparecido, pero la sensación y el dolor seguían hay para ella, y Orleta pudo verlo en su mirada oculta por la melena larga suya. Al verla con la mirada baja pensativa, Orleta se puso en pie, como sabiendo que hacer en ese momento por su ama.
– Gracias a todos por haber venido, ahora mi señora desea descansar, venga marchaos todos. – pidió ella girándose a todos los gitanos, incluyendo a su padre, entonces los echo a todos a suaves empujones.
– ¡Venga marchaos, vamos! A regañadientes, todos incluidos Lionel se fueron de allí, dejando a solas a Orleta con Carmelius, después cerró la puerta con seguro.
Mientras, Carmelius siguió estando en su mundo, apoyada en la cabecera con la mirada pérdida y pensativa, deseando saber lo que en verdad paso, o el motivo de todo aquello, pero de lo que estaba segura era que su padre no lo hizo con malas intenciones, deseaba tener razón en ello. En ese momento, Orleta volvió con ella y se sentó suavemente en el borde de la cama, sabiendo lo que pensaba con solo mirarla.
– ¿Está preparada para explicármelo o desea guardarlo para sí misma hasta saber lo ocurrido en verdad? – pregunto Orleta preocupada, mirándola fijamente, imaginando una posible respuesta.
– No lo sé Orleta, estoy igual o más confusa que tú. – contestó Carmelius, poniendo una mano sobre su rostro desorientada e inquieta. – No sé qué pensar.
Orleta pudo ver como su ama estaba triste y algo dolida, era comprensible con todo lo ocurrido de golpe, por eso, quiso animarla y consolarla acariciándole el brazo más cercano, Carmelius con una sonrisa amable y amistosa se lo agradeció, pero aun así no dejaba de preguntarse lo mismo, los motivos de ese ataque repentino de su padre. Entonces, decidió preguntárselo a él mismo en persona en ese mismo momento sin dudar.
– ¿Dónde está mi padre Orleta? – pregunto Carmelius dejando caer la mano de su rostro, mirándola directa y seriamente.
– Pues… – empezó Orleta dubitativa, entonces cogió valor para hablar. – Cuando yo y mi padre llegamos a su habitación por los ruidos oídos, su padre decidió dejarla a nuestro cuidado, no deseando verla hasta que estuviera recuperada y despierta, he ido a verle, pero ni yo ni nadie a podido hacerle salir de su habitación desde la otra noche. Está bastante destrozado y dolido por lo ocurrido, supongo. – informó ella con los ojos mirando hacia abajo.
– Tengo que ir a verle. – dijo Carmelius decidida, quitándose las mantas de encima para levantarse de la cama.
– ¡Espere mi señora, debería descansar un poco más, por su seguridad! – detuvo ella alertada con las manos enfrente para detenerla, cogida por sorpresa.
– No lo necesito, ya estoy bien Orleta, no te preocupes. – aseguro Carmelius estando de pie. – Tráeme mis ropas por favor.
– ¡Pero…!
– ¡Orleta, mis ropas ya! – exclamó Carmelius exigente, alzando un poco la voz.
Al ver la insistencia de su ama, Orleta tuvo que resignarse a obedecerla, le trajo sus ropas para cambiarse, y con mucha rapidez la vampira se cambió sin importarle que Orleta estuviera allí. Una vez vestida con sus típicas ropas masculinas, se puso en marcha hacia la habitación de su padre con Orleta detrás de ella, pero Carmelius la detuvo al traspasar la puerta.
– Prefiero ir sola a verle Orleta, puedes retirarte por está noche. – ordenó Carmelius con seriedad.
– De acuerdo mi señora, como usted diga. Buenas noches. – se despidió ella apenada con la mirada baja.
A Carmelius le supo mal tratar así a Orleta, pero al insistirle que guardará reposo le puso nerviosa e incómoda, deseaba ver a su padre como fuera, a sola si era posible, después pensaría en hablar con Orleta. Con calma fue a la habitación de su padre por el pasillo del mismo piso que el suyo, y enseguida estuvo delante de él, dudando de picar o no, pero no tardo en decidir hacerlo, y picó un par de veces. Espero y no contestó nadie, ya se lo esperaba. A ella no le hizo falta una respuesta o la visión del vampiro para saber con claridad que él estaba allí solo y callado, notando que ella estaba allí de pie.
– Se que estás aquí dentro, por favor, abre la puerta padre. – pidió ella firmemente. – Quiero hablar contigo.
Ella espero, pero de nuevo no hubo respuesta, pero lo que si paso fue que la puerta se abrió un poco, indicando que estaba abierta y que podía pasar si quería, ella lo que hizo primero fue empujar la puerta para ver desde ahí la habitación. Vio al otro lado de la habitación, delante de la puerta al lado de la terraza, a su padre sentado en una butaca de terciopelo rojo junto a una pequeña mesa con una botella de vino (en realidad sangre) y una copa servida de ese líquido, sentado de espaldas a ella, sabiendo de sobras que le estaba mirando seriamente. A simple vista, la habitación era muy parecida a la de ella, pero parecía más para un caballero por los decorativos y colores oscuros, además de que había una chimenea encendida, donde encima de ella había un cuadro de él cuando era el rey de Rumania, y humano, y también había una mesa pegada a la pared, donde había diferentes vinos conocidos y de gran calidad. Carmelius entró y cerró la puerta tras de si, entonces caminó tranquila hacia él, y se sentó en la cama doble oscura de él, en el lado donde estaba la ventana de la terraza junto a él.
– No deberías hacer aún esfuerzos, debes estar aún débil y dolida. – dijo él de repente sin mirarla aún, con voz sería y deprimida.
– Orleta piensa lo mismo, pero puedo asegurar de que estoy bien padre, no te preocupes. – dijo ella con voz madura y segura.
– Dudo que lo estés de verdad, no después de lo que te he hecho. – se negó él, con una copa en mano, dando un sorbo.
– Ese no eras tú, lo vi cuando me viste manchada de sangre confuso y desconcertado, tu no eras aquel que me mordió por algún motivo. – dijo ella poniéndose en pie segura de lo que decía. – Lo que quiero saber es el motivo de ese cambio y ese deseo de tomar mi sangre, si es que hay una razón.
– ¿De verdad crees que no era yo hija? ¿Como puedes estar segura de ello? – pregunto él, mirándola de reojo.
– Por qué te conozco, sé que no eres así conmigo. – contestó ella firmemente. – Te conozco lo suficiente como para asegurar de que eso fue un accidente, nada más que un simple accidente. Él al oír eso, apretó los dientes con fuerza y destripó el vaso con la mano, haciendo que sangrará un poco con trozos de cristal en la palma clavados.
Carmelius se sobresaltó un poco, pero sin notarse y sin perder la postura. Él se levantó de nuevo con brusquedad y se dirigió hacia ella. Cuando estuvo justo frente a ella, la obligó a tumbarse, con él encima, sin apoyar su peso, arrinconándola con las manos sobre la cama en cada lado de su cabeza. Carmelius no se resistió, pero no negó que eso la sonrojo un poco, le avergonzaba esas escenas a pesar de no ser lo que parecían ser.
– ¿Por qué no te defiendes? – pregunto serio y malhumorado. – ¿Como puedes dejarte hacer después de lo ocurrido?
– Si fueras el vampiro que me atacó antes lo habría hecho, pero quién está ahora aquí es mi padre, y como hija tuya que soy debo dejar que me hagas lo que quieras. – explicó ella con decisión. – Puede sonar raro, pero eso es lo que pienso y siento.
Azeman se quedó sin palabras al escuchar eso, miró en ella toda la confianza en ese momento que tenía en él, como si nunca hubiera pasado ese accidente. Entonces, sin poder evitarlo, apoyó su frente en el pecho de ella, justo encima del corazón que no latía ya, eso a ella la sorprendió y dejó confusa, pero no se quejó de ello. Quiso decirle algo, pero entonces notó como él le soltaba las manos para apoyarlas en la cama y cerrarlas con fuerza, temblando de rabia.
– ¿Padre? – llamó ella al notar ese temblor en su propio cuerpo.
– Ya que tanto deseas saber la razón, te la diré, seguro que te va a sorprender. – dijo él sin mirarla. – La razón por la que te ataque, es por qué en ese momento, deseaba tomar de nuevo tu sangre… – hizo una pausa, en ese momento Carmelius abrió más los ojos de la sorpresa. – Por alguna razón que desconozco, quería volver a beber tu sangre, y a pesar de estar mezclada con la mía, seguía sabiendo como cuando la probé por primera vez, por eso no pude contenerme…
– Padre… – Pude haberte matado por ello, era capaz de eso y más, y aun así vienes a verme sin protección y sola, con la posibilidad de que vuelva a pasar. – dijo él, entonces se alza de nuevo para mirarla a la cara.
– ¿Como puedes estar tranquila conmigo después de lo que te hecho por deseo? – pregunto él exigiendo.
Ante esa pregunta, Carmelius no respondió nada, solo se quedó hay mirándolo sorprendida e inmóvil. El rostro de su padre, frustrado y molesto de sí mismo habían dejado callada a Carmelius, triste y apenada por él. Entonces, olió la sangre de la herida de su mano izquierda, y sin pensarlo mucho se incorporó un poco y cogió esa mano con ambas suyas, llamando la atención de él, le quito el guante blanco y empezó a quitar los trocitos de cristal, y cuando acabó, dejando sorprendido a su padre y sin palabras, le lamió la herida con suavidad y ternura.
– Á– Carmelius… Ella no se detuvo, no hasta que la herida sanará y dejará de sangrar. Azeman no se atrevió a detenerla, sentía que era como un castigo que ella le ponía como castigo para que quedará más tranquilo, por lo que la dejó continuar, aunque eso que hacia le estuviera tentado más de lo debido. Carmelius sujeto en alto y firme la mano abierta, lamiendo gustosamente esa sangre, ahora sabía como se sintió su padre con ella la otra noche, era como si su corazón muerto volviera a latir, pero muy débilmente, deseaba tomarla toda, pero sabía que no debía hacerlo, por eso, cuando la herida estuvo limpia de sangre dejó de beber y la herida se curó al instante, se relamió con un jadeo de saciedad y gusto y soltó la mano de él.
– ¿Por qué has hecho eso? Pudiste correr el riesgo de morir, está sangre está muerta, los vampiros no pueden tomarla. – le regaño él volviendo a ponerse el guante aún excitado.
– Te equivocas, nosotros sí. Tú me lo enseñaste una vez, que nosotros éramos diferente a ellos, por ser capaces de beber de otros vampiros.
– Corrigió ella limpiándose los labios con la manga de la camisa. – No te hagas el sorprendido conmigo, hace tiempo que soy como tú, un monstruo entre monstruos.
Ante eso él no dijo nada, viendo que no podía engañar a su propia hija ya. Entonces, de repente, ella se desabotonó los botones de la camisa del cuello, dejándolo despejado de la camisa y del cabello por el lado izquierdo, donde él la mordió antes y cuando la convirtió en vampiresa.
– Ahora sé cuál es el problema, y tiene una única solución. – dijo ella, abriéndose la camisa hasta el escote un poco.
– ¿Qué quieres… decir con eso? – pregunto él confuso, boquiabierto por lo que estaba viendo.
Entonces, con una mirada decidida y directa, ella se acerca a él y lo abraza de forma que su cuello despejado está al alcance de él, como queriendo que la mordiera justo aún de repente, eso lo dejó petrificado y sorprendido.
– Quiero que continúes… con lo de anoche, sin interrupción está vez. – dijo ella enigmáticamente, apoyada en el hombro izquierdo de él.
– Padre… hazlo. Ante eso, él se sorprendió más todavía, abriendo los ojos al máximo, y ante tanta sorpresa no pudo aguantarse recto, por lo que acabó tumbarse en la cama con Carmelius encima suyo, apoyando todo su peso en él, que la cogía por los brazos.
Ella intento excitarlo para que lo hiciera, provocándolo acercando más el cuello a su rostro, pero él se negaba girando la cabeza a un lado, entonces, harto, se giró para tenerla debajo suyo sujetada por las muñecas, mirándola cara a cara. Ella tenía sin quererlo las piernas abiertas, por eso él pudo apoyarse sobre ella sin obstáculos.
– ¿Qué estás haciendo? – pregunto él, como conteniéndose a algo. – ¿Por qué haces esto? –
Hago lo que toda hija hace para ayudar a su padre, sin importar el precio de ello. – contestó ella, con una mirada directa y decidida a ayudarle. – Por favor… bebe mi sangre ahora, si lo haces, puede que esa sed se vaya por un tiempo.
– No… lo haré. – se negó él desviando la mirada temblando un poco. – Se que deseas aún mi sangre, quieres más, ¡la quieres toda! Más que cualquier otra en el mundo que hayas probado, no sé qué tiene de especial, pero sé que necesitas tomarla para estar tranquilo conmigo… – dedujo ella, estirando el cuello hacia arriba y a un lado. – Bebe, aunque sea un poco, te ayudará.
– No me obligues... ya te he hecho bastante daño... – pidió él evitando mirar el cuello.
– Se que sientes eso, pero ya lo he decidido, no me importa... mientras pueda ayudarte, como hija tuya que soy... pienso hacer cualquier cosa por tal de ayudarte, padre mío. – dijo ella sin temor ni nada, pero no pudo evitar sentirse nerviosa y sonrojada con solo recordar esa sensación. – Se que no me matarás y me harás sufrir con esto, un vampiro muy sabio me lo ha explicado y enseñado todo a la perfección.
Al escuchar esas palabras, Azeman la miró fijamente a los ojos, miró que estaba completamente decidida. Entonces, miró el lado del cuello que estaba despejado, justo donde ya mordió varias veces, recordando. En ese momento, él finalmente le soltó las manos, y ella puso una en la espalda de él por debajo del brazo, y la otra la uso para acabar de convencerle, acariciando un poco la zona, señalando la vena yugular indicada. Eso hizo que acabará de convencerse, entonces, jadeando como agotado y profundo, se inclinó un poco más sobre ella, agarrándola por la mandíbula y el omoplato, alzándola un poco. Ella se mostró sin emoción alguna, pero si temblaba un poco nerviosa y avergonzada, dejando que sus manos cayeran en la cama rendidos de momento, con la cabeza girada al lado contrario. Entonces, pudo sentir en la piel de su cuello el aliento frio de él al jadear sediento.
– No te guardes rencor por esto, padre... – le pidió ella en susurro, mostrando una pequeña sonrisa entre sus mechones negros.
Él tembloroso, abrió la boca para mostrar los colmillos, sus ojos rojos brillaban de nuevo como la pura sangre, y tenía una mirada entre deseosa, quería beber esa sangre única que ella tenía, aun cuando estaba mezclada con la de él pero seguía sabiendo igual para él, y asustada, por el miedo de hacerle mucho daño a su propia hija de nuevo. Se aseguro de sujetarla bien, por detrás de la nuca y el omoplato, cerrando las manos en la camisa y el cabello n***o de ella, haciendo que se quejará un poco por el dolor de su cabello, pero no le dio importancia alguna, era lo de menos. Se dejó alzar, dejando colgar la cabeza, como si estuviera dormida profundamente, aunque debía confesar que estaba algo asustada, pero ya había decidido y no quería dar marcha atrás. Lentamente, se fue acercando más al cuello, jadeando como si estuviera ardiendo de sed, hasta que clavó con fuerza sus colmillos en ella. Carmelius abrió los ojos al momento a causa de la punzada, y no pudo evitar hacer un gesto de dolor, automáticamente, apoyó una mano sobre la nuca de él, y la otra en la espalda de él por debajo del brazo. De nuevo volvía a sentir y oír como su sangre era succionada por él, dando uno o dos tragos y después dando un gemido de alivio y satisfacción, la sangre escurriéndose por su cuello, bajando hasta el pecho. Azeman la inclinó hacia atrás hasta apoyarla en la cama, apretando con fuerza la camisa por la espalda, lamiendo la sangre que bajaba hasta el pecho, y volviendo a morderla, ella se mordía el labio inferior sin hacer fuerza, aguantando tanto el dolor como el placer que le daba esa sensación, como a cualquiera en su lugar. Después de un buen rato bebiendo la sangre, suspirando aliviado, él se alejó y se sentó de rodillas frente a ella respirando profundamente, aunque no necesitará hacer eso para vivir, al verlo de esa forma, Carmelius con dificultad se incorporó para sentarse de rodillas para mirarlo.
– ¿Padre, ¿como te encuentras? – pregunto ella ignorando la mordedura aun sangrando un poco.
– Es curioso en verdad... tu sangre... – decía, alzando la vista para mirarla entera. – puede ser una cualquiera, pero para mí es como si fuera única, a pesar de que está mezclada con la mía, sigue sabiendo igual que cuando la tome por primera vez. Ella se quedó callada, mirándolo fijamente a la cara sin moverse.
– No solo eso... para mí... esto de morder a una chica de tu edad y beber toda su sangre me excita y da placer, pero ahora... es como una droga imposible de dejar de tomar, me da rabia tener el deseo de tomarla... – confesó algo enfadado consigo mismo, posando una mano sobre su frente, cerrándola en puño. – Debes alejarte de mí... ¿lo entiendes, ¿verdad? Si vuelvo a hacerte daño, nunca me lo perdonaría, es raro oír esto de la boca de un monstruo sanguinario como yo, que en vida empalo a miles de persona, y después de muerto siguió haciéndolo.
Carmelius seguía mirándolo seria y madura, pero que al mismo modo mostraba algo así como sabiendo como se sentía él. – ¿Alejarme de ti? ¿Me crees capaz de eso? – pregunto girando su rostro a un lado y cerrando los ojos y mostrando una sonrisa de ironía y madurez.
Azeman siguió sin mirarla a los ojos, aún con la palma de la mano sobre su rostro.
Entonces Carmelius continuó. – Tú me diste a elegir ¿recuerdas? Yo elegí ser tu hija y convertirme en lo que tú eres. Eso fue hace 20 años... y no me he arrepentido ni una sola vez, por mucho miedo que dieras, por mucha maldad que mostrarás ante tus víctimas, por muy orgulloso que te viera alguna vez – bromeó ella – ¿sabes por qué? Él no respondió, y seguía sin mirarla y sin moverse una pizca. – Porqué tu estuviste en ese momento allí, cuando yo me sentía sola... creo que tú, desde hacia mucho tiempo... querías tener a alguien que hubiera estado también solo mucho tiempo, a alguien que haya perdido a todos sus seres queridos, a alguien que también le traicionaron... a alguien parecido a ti. Azeman no podía creer lo que oía, abrió los ojos al máximo, pero seguía sin apartar la mano, ni siquiera se atrevió a interrumpirla.
– Por eso quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que sea; si quieres beber de nuevo mi sangre hazlo, tantas veces como quieras, si quieres que mate a alguien que odias dímelo, seré obediente y haré lo que me pidas o órdenes. – ella cerró los puños sobre la sabana con fuerza y cerró los ojos para confesar – ¡Haré todo lo que tú quieras porque eres ahora y siempre mi padre, porque te lo debo todo! ¡Y si te niegas a beber mi sangre por miedo a matarme, te obligaré a beberla, aunque después me odies! ¡Pienso mantener bajo control a esa bestia que hay dentro de ti, a tu yo que hace que seas un ser sanguinario y temido! – gritó ella confesando su completa lealtad hacia él, incluso se pudo ver que soltaba algunas lágrimas todavía.
– Seria incapaz de odiarte, aunque me abandonaras o me traicionaras. – dijo él de repente en susurro. Carmelius abrió los ojos algo llorosos y lo miró confundida. Él se tapó media cara.
– ¿Te encuentras bien? – pregunto él en bajo.
– ¿Eh? ¡Ah, sí! La verdad es que si, no estoy mareada ni eso, solo un poco cansada. – dijo ella sonriendo y animada, que cambio a una seria y preocupante. – Quiero que recuerdes siempre está declaración de lealtad, quiero que confíes completamente en mí, aunque digas que no se debe confiar del todo en nadie, yo quiero que confíes en mí, tanto como yo confío en ti.
– Eres muy extraña... Ju. – confesó él. – Ya decía yo que eras la única que tenía el derecho de ser mi hija y sucesora.
– Padre... De repente ella empezó a sentirse débil, los parpados le pesaban demasiado para mantenerlos abierto, entonces, sin poder aguantarlo más se desplomó, cayendo sobre el pecho de Azeman.
Este preocupado la cogió para apoyarla sobre un brazo suyo, como abrazando a un bebe.
– Carmelius, ¡Carmelius! – llamó él preocupado.
– Tranquilo... solo estoy cansada, solo necesito dormir un poco. – dijo ella casi en susurro. Azeman se quedó tranquilo con eso, la dejó tumbada sobre la cama con cuidado, viendo que aún tenía sangre sobre el cuello, lo lamió para limpiarlo, ella se sonrojo un poco.
Entonces él se levantó, camino hacia la ventana del balcón para cerrar las cortinas, ya que estaba a punto de amanecer. Cuando se giró hacia ella, vio que se estaba levantando lentamente, cuando se levantó del todo, al lado suyo estaba ya Azeman, que la abrazo rodeándola completamente, por un lado, haciendo que los dos caigan sobre la cama. Ella se giró a él extrañada y sonrojada, sin dejar de abrazarla, se desplaza hasta llegar a las almohadas.
– Tonta... no voy a dejar que vayas a tu habitación con lo débil que estás ahora... – le dijo él acariciando la mejilla de ella. – Puedes quedarte aquí por hoy. Mañana dejaré que tomes mi sangre.
– No, padre... – decía ella, pero él le impidió hablar.
– Si tú puedes obligarme a beber tu sangre, entonces yo también.
Ella se rindió ante ello, sabía que él no cambiaría de opinión. Entonces ella se inclinó hacia él hasta acomodarse sobre el pecho de él.
– Si quieres que me quede aquí de acuerdo, pero déjame estar así, me ayuda a descansar mejor... estoy muy cansada. – dijo antes de quedarse profundamente dormida.
Él se río susurrante, y puso los brazos sobre ella, como protegiéndola mientras dormía, una mano sobre su cabeza y la otra en la espalda.
Él finalmente también se quedó dormido, a causa de la cantidad de sangre bebida. A diferencia de otros vampiros, ellos podían dormir fuera del ataúd si querían. A la noche siguiente, Azeman se despertó primero, apartó a Carmelius con mucho cuidado de no despertarla y se levantó para ir a tomar su diaria sangre embotellada, esperando a que Carmelius se despertará. Entonces se le ocurrió una idea, se acercó a la cama, se sentó al lado de ella, y con cuidado, derramó un poco de sangre encima del labio de ella, que lo lamió sin que se despertará. Azeman no se rindió y derramó más, hasta que la despertó.
– Buenas noches, Ángel Durmiente. – saludo él sonriendo ante la broma hecha.
– Buenas noches, Conde de las Bromas – dijo ella devolviendo el saludo, lamiéndose los labios manchados de sangre.
– ¿Te parece normal despertarme así?
– A mi si, jeje. – dijo él acabando de beber su líquido. Entonces él vio que un poco de sangre se había escapado hacia la mandíbula de ella, y sin pedirle permiso lo lamió suavemente.