Capítulo 5

4583 Palabras
Con eso, Carmilla fue hacia la habitación y el doctor la vio irse en silencio, luego se fue a hacer lo suyo como doctor. Cuando Carmilla llegó a la puerta, se paró un momento, para asomarse por ella y ver a su hermana pequeña, tal y como estaba la última vez que la vio. Con lentitud entró a la habitación y camino hacia la cama, donde se sentó al borde con cuidado. No dejó de mirarla con cierta alegría y tristeza, incluso estuvo a punto de llorar, pero aun así mostró una sonrisa mientras apartaba el pelo de la cara de ella y le acariciaba el rostro con suavidad. A pesar de estar pasando por una pesadilla tras otra, ver a su hermana con un rostro tranquilo y placido hacia que estuviera más animada, pero no dejaba de pesar en las palabras de Rizort… y las del vampiro. Él hablo sobre la verdad de lo ocurrido y una venganza que ella quería, pero no lo acababa de entender, ¿acaso… él sabía la verdad sobre la muerte de sus padres, y que ella los vengaría sin dudar un segundo? ¿Tanto la conocía ya como para saber eso con certeza, como para saber que querrá ser una vampira para tomar esa venganza? Muchas dudas tenían en la cabeza, pero lo que si tenía claro era eso, proteger a su hermana, aunque esa fuera la última vez que la viera si era necesario. –  Orlat, hermanita mía, no sé si podrás oírme o no, pero necesito decirte una cosa muy importante… y espero que cuando despiertes puedas entenderme y perdonarme… – empezó a decirle Carmilla a su hermana. Cuando Carmilla decidió irse del hospital, ya era casi de noche, por lo que decidió ir rápido a su casa. Pero, justo cuando fue a su caballo, apoyado en la valla donde estaba atado, estaba Rizort con los brazos cruzados y mirándola a ella con seriedad y amenaza. Carmilla se mostró calmada, pero conteniendo la rabia ante él, apretando las manos con fuerza y intentando no temblar de rabia. –  Buenas noche, futura yerna. –  saludo Rizort, caminando hacia ella con calma y sonriendo. – ¿Qué hacías en el hospital hasta tan tarde? –  Visitar a mi hermana, ¿pasa algo con eso? –  pregunto ella desafiante. –  Un poco sí. – dijo él al estar al lado de ella, y sin que nadie lo viera, la cogió de la nuca de modo amenazante. –  Más de vale que no hayas hecho ninguna tontería, por qué ya sabes que haré si te chivas de nuestra conversación en tu casa, estás avisada. –  No soy tan tonta Rizort, lo sabes bien. – aseguro ella sin mirarlo, y sin mostrar signo de que estuviera siendo amenazada por él. –  Y ahora si no te importa, te agradecería que quitarás esa mano de ahí. Con eso, Rizort vio que estaba todo claro y bajo control, sabía que ella no haría ninguna estupidez que pusiera en peligro a su hermana en coma. Entonces, él se alejó de ella para ir hacia su caballo n***o, donde lo desató de la valla y volvió hacia ella con el caballo cogido de las riendas. Carmilla no dejaba de mirarlo a los ojos con odio y rabia, deseaba hacerle pagar por todo lo que hacia. –  No me mires así pequeña, lo hago por tu bien. – dijo él, rozando la mejilla de ella con los nudillos de la mano. –  No es bueno para ti cargar con toda esa fortuna millonaria, menos siendo una mujer destrozada por la pérdida de su familia, te prometo que mi hijo y yo cuidaremos de todo ello, buenas noches. Rizort le dio las riendas de su caballo, y con unas palmaditas en el hombro se alejó de ella por la dirección contraria. Al oírlo alejarse, Carmilla apretó las riendas en su mano con fuerza, sintiendo un profundo odio. El chillido de su caballo hizo que volvería del trance, viendo que estaba preocupado por ella. Dándole unas palmadas en el moró lo calmó como pudo antes de subírsele encima. Una hora después llegó a casa, dejó su caballo en manos del cuidador y fue hacia la puerta con paso firme y rápido. Al entrar dando después un portazo, los criados allí presentes se giraron sobresaltados y siguieron a su señora con la mirada confusos por su carácter de ese momento. Sin decirles nada, ella paso de largo yendo a su habitación, ésta fue seguida por la joven criada, que la acompañaba por si necesitaba algo. –  Que me traigan la caja donde estás todas las fotos familiares ahora. –  ordenó ella cerrando la puerta después sin girarse a la criada. Sin decir nada, la joven criada así lo hizo, y junto a un compañero más fuerte trajo la caja a la habitación, dejándolo al lado de la cama. Sin decirle nada, solo haciendo un gesto con la mano, Carmilla les pidió que se retiraran por ahora. La criada, triste y confusa por el comportamiento de su señora se fue con la cabeza baja y pérdida, algo dolida también. Una vez sola, Carmilla se puso de rodillas frente a la caja, y sin importarle que estuviera llena de polvo encima, lo abrió con algo de dificultad. Dentro de la caja, había un montón de fotos antiguas y actuales, de toda la familia Fitzroy hasta esos tiempos. A la vista estaban las de ella con sus padres y su hermana, y saco todas esas, dejando las más antiguas en la caja. Cuando tuvo todas las fotos sobre la cama, ella se quitó las ropas, quedando solo con la camisa roja y la ropa interior que llevaba y sentó en medio de ella para verlas todas. Ella sabía en casi todas, con sus padres, con su hermana, o con todos juntos. Miró sobre todo las de ella con su hermana, sonriendo, jugando como crías que eran entonces, haciendo muecas divertidas, etc.… que tiempo aquellos, era como si hubiera pasado un siglo desde todo aquello, ahora no estaban, solo estaba ella allí, destrozada y sola completamente ahora. –  "Dios… ¿Por qué me haces esto?" –  pregunto ella mentalmente, con la cabeza baja y oculta por su melena negra. –  "¿Qué he hecho para que me hagas esto?" Entonces, empezando a llorar a brotes por el odio y la tristeza, lanzó con fuerza las fotos lejos de ella, echando todo lejos, lanzando todo lo que tenía cerca de ella rompiéndolo y haciendo ruido, seguramente los criados la oyeron, pero no se le oyó al otro lado de la puerta. Cuando se cansó, cayó de rodillas al suelo rendida, yendo hacia delante, pero evitando darse de cara contra el suelo poniendo las manos. No dejó de llorar, dejó que las lágrimas gotearan hasta caer al suelo cerca las más manos, destrozada por completo, sintiendo como varios puñales atravesaban su destrozado corazón. Supo en ese momento que deseaba en verdad; saber la verdad de la muerte de sus padres, saber que los mató, dejando en coma a su hermana, y vengarlos de una vez por todas, aunque tuviera que matarlo para ellos. –  Por favor Dios… ayúdame. Dame una señal de lo ocurrido esa noche, si en verdad no fue obra tuya lo que paso, dime algo que me ayude a saber la verdad. –  suplicaba ella con los ojos cerrados sin dejar de llorar. – ¡Me oyes maldito, no tienes ningún derecho a arrebatarme todo cuando no hice nada para defraudarte! ¡Por tu culpa están muertos y mi hermana está al borde de ello, dejándome sola con todo, y ahora tengo a un mal nacido amenace contra mí! ¡¿Qué más vas a arrebatarme ahora, oh poderoso azotador? Ella gritaba con todas sus fuerzas, sin dejar de llorar furiosa y dolida, incapaz de sentir otra cosa, ni siquiera oía a sus criados picando y llamando al otro lado de la puerta, preocupados por el alboroto que se oía en la habitación. Entonces, dejando de gritar por el dolor de garganta que empezaba a sentir, se puso en pie con dificultad, y entonces camino hacia el balcón, que estaba frente a ella con la puerta abierta, soplando un poco la brisa nocturna. Una vez allí, se puso frente a la barandilla de piedra, apoyando las manos en ella, mirando el cielo despejado, siendo ya plena noche, con las estrellas brillando y la luna completa frente a Carmilla un poco más arriba, brillando como nunca. Carmilla sabía de los libros, que a los vampiros les encantaba esas noches de luna llena, perfectas para buscar una víctima y beber su sangre hasta matarla o para después convertirla en uno de los suyos. Carmilla sabía con certeza de que ese vampiro, Kamazotz, aparecería tarde o temprano, y no sabía como reaccionar de nuevo ante él. Cuando lo vio en su habitación, sintió miedo, pero luego cuando le oyó hablar con esa voz fina y como afónica, madura y siniestra, en vez de sentir más miedo, sintió fascinación y calma ante él, como si él la entendiera. En el fondo de su ser, deseaba volver a verle, deseaba hablar con alguien sobre su situación, no le importaba si era un monstruo inhumano y tenebroso, si fuera así, la habría matado en ese callejón o en su habitación, pero no lo hizo, lo que hizo fue hablarle, convencerla para que tomará la decisión de convertirse en vampira por sí misma, sin ser obligada por nadie. – ¿Dónde está? Necesito verle por favor… tiene que ayudarme, no me importa a qué precio… – decía ella en susurro, con los ojos vacíos y tristes, parecía a punto de perder el conocimiento. –  Ya se quién es… no le tengo ningún miedo, venga a mi… por… favor… Con eso último, ella finalmente perdió el conocimiento, y empezó a caer de espalda hacia atrás, pero entonces, alguien la cogió a tiempo, dejando colgar la cabeza. No era ninguno de los criados, más bien era él, el vampiro Kamazotz, que la miraba fijamente, cogiéndola de un brazo. Sin que ella se hubiera dado cuenta, él había escuchado todo lo que dijo, sonriendo por ello. –  No te preocupes pequeña mía… – decía él, apartando un mechón de pelo del rostro de ella. –  cumpliré tu profundo deseo, a cambio de estar conmigo, toda la eternidad. Con eso, él la cogió completamente en brazo, oyendo alterados a los criados al otro lado de la puerta, intentando derribarla. Entonces, un momento antes de que abrieran finalmente la puerta, Kamazotz saltó del balcón para echarse a volar al frente, desapareciendo en la oscuridad de la noche. El vampiro cargó a Carmilla con facilidad, cogiéndola por detrás de las rodillas y por detrás de los hombros, dejando colgar la cabeza y la melena negra, volando hacia rumbo desconocido. Cuando los criados entraron, vieron todo destrozados y la puerta del balcón abierta. Estaban sorprendidos, pero al ver que su señora no estaba allí, aterrados pensaron que quizás saltó por el balcón, rápidamente fueron al jardín a ver, pero allí no había nada y nadie tirado. Estaban confusos, su ama había desaparecido sin dejar rastro. Asustados decidieron avisar a todos los criados y a la policía para que la buscaran. De todos ellos, quién más preocupada y asustada estaba era la joven criada nueva, que empezó a llorar aterrada por el bien estar de su señora. Le suplicaba a Dios que la protegiera de cualquier cosa. La policía enseguida llegó y con algunos conocidos de Carmilla empezaron a buscarla, entre ellos estaban Rizort y su hijo, sorprendidos y confusos por la situación. En la mente de Rizort, había muchas posibilidades del por qué Carmilla había desaparecido: una, que se había escapado para no casarse con su hijo Blade, y seguramente iría a buscar a su hermana en algún momento para que él no le hiciera daño alguno; dos, que alguien la haya secuestrado por algún motivo desconocido; tres, que había decidido irse de la ciudad, sin pensar en su hermana, creyendo que nunca despertaría, y que eso sería como si estuviera ya muerta. Alguna de esas tres razones podría ser, pero él pensaba más en la primera, en la situación actual. Tan pensativo estaba que llamó la atención de su hijo que estaba al lado suyo. Blade pensó que en verdad su padre estaba también preocupado por ella, más que en la fortuna de la familia Fitzroy. Cuando el jefe de policía empezó a hablar, Blade sacó a su padre de sus pensamientos dándoles una palmada en el hombro, señalándole el jefe de policía. – ¡Muy bien caballeros, nos dividiremos en varios grupos para buscar a la señorita Carmilla Fitzroy por toda la ciudad, no ha pasado mucho tiempo desde que ha desaparecido, puede que tengamos suerte! ¡En marcha y buena suerte a todos! – dijo el jefe de policía sobre una plataforma de madera improvisada. Con eso, todos los voluntarios y policías se pusieron en grupos, en pareja o en grupos de tres o cuatro y enseguida se dispersaron por la ciudad. Rizort y solo con su hijo, caminando por un callejón ancho y poco iluminado, pero se podía ver, Rizort miraba por todos lados sin descanso, con una mirada molesta, pero sin que Blade, que estaba detrás suyo, se diera cuenta. – ¿Qué crees que ha pasado padre? –  pregunto Blade, mirando también por los alrededores. – ¿Crees que han secuestrado a Carmilla? –  No estoy seguro de ello, pero no se puede descartar nada. – dijo él sin girarse a su hijo. –  No es de esas que se dejan coger por unos imbéciles. –  Eso es verdad… – coincidió él con una sonrisa, conociendo muy bien a Carmilla. –  Por cierto, padre… – ¿Qué? –  Antes por la tarde más o menos, cuando salí de la casa de Carmilla, vi que tu entrabas en ella con un rostro serio. – dijo él con voz curiosa. – ¿De qué estuvisteis hablando tu y Carmilla? –  pregunto alzando el rostro hacia su padre. Rizort no contestó enseguida, primero le vino a la mente la conversación que tuvo con Carmilla, recordando cada palabra que tuvieron el uno al otro. También recordó como reaccionó Carmilla ante su amenaza de matar a su hermana, y eso le hizo sonreír con la comisura, con maldad y perversidad. Deseaba tanto tener esa fortuna que ella tenía, y para eso debía casarse con su hijo para tener control sobre ello, no iba a permitir que ella se quedará con todo ese dinero familiar, era una simple niña sola y minada. –  De nada que no sepas ya hijo, hablamos sobre lo ocurrido en el bar, con esos dos idiotas que aparecieron muertos. –  mintió él, girando un poco la cabeza para mirarlo de reojo. –  No debes preocuparte, muy pronto tu y Carmilla estaréis casados y seréis felices. –  Sí, claro… – dijo Blade, bajando la mirada algo inseguro de ello. Con eso, ambos siguieron buscando en silencio por las calles de Bransov. Mientras, Blade fue pensando sobre su boda con Carmilla, él la amaba, como ella a él, pero con todo lo ocurrido con su familia, él pensaba que quizás ella no estaría a gusto con eso en mente siempre, incluso se le ocurrió quizás de cancelar el compromiso por ahora, hasta que ella superara todo. Ante esa idea, Blade decidió hablarlo con su padre en cuanto encontraran a Carmilla, que se seguro estaba viva, Blade confiaba en eso, completamente. En ese momento, se oyó a lo lejos el sonido de un reloj, haciendo saber que ya era media noche. Ese sonido hizo que Carmilla, ya descansada y relajada, abriera lentamente los ojos, parpadeando un poco para aclarar la vista. Al abrir por completo los ojos, vio que no estaba en su habitación, sino en una más espaciosa y oscura. Sintió que bajo su cuerpo había algo suave y cómodo, por lo que dedujo que estaba tumbada en la cama de esa habitación. Entonces, cuando se incorporó con los brazos, unas velas se encendieron en la habitación, para darle luz por lo menos. Así ella poco observar la habitación, era antigua pero hermosa, todo con toques negros con rojos brillantes, dando una escena romántica pero también terrorífica, ya que, ese rojo era como la sangre. La cama en la que estaba era enorme y espaciosa, con una manta también roja, pero en tono oscuro. Curiosa, quiso desplazarse hasta el borde de la cama y caminar por la habitación, pero entonces pensó que no era prudente, no sabía como llegó allí o quién la trajo, pero entonces pensó en lo último que recuerda, estaba en su balcón, llorando mientras suplicaba hacia el vampiro que conoció, por lo que dedujo que fue él quien la trajo. Mientras estaba en estado pensativa, decidió volver a tumbarse, entonces sintió un poco de fría en ese lugar, decidió taparse con las mantas de la cama. En ese momento, sin que ella lo viera, una niebla blanca y espesa se filtraba por debajo de la puerta, desplazándose después por el suelo sigilosamente hasta la cama. Carmilla estaba cómoda en esa cama, tanto que se adurmió un poco, pero entonces sintió algo extraño. En sus pies empezó a sentir un frio extraño, diferente al que sintió antes, este era como atrayente, deseoso. Ese frío subió por las piernas de ella, haciendo que se cogiera a la almohada con ambas manos en cada punta y echará la cabeza un poco hacia atrás con los ojos cerrados, sintiendo como una especie de placer por ese frío. Cuando ese frio llegó a la cabeza de ella, se paró para salir de las mantas una especie de humo blanco. Ella no lo vio, pero lo noto, jadeando excitada en bajo. Entonces, ella recordó una cosa que leyó sobre vampiros, que pueden transformarse en niebla, murciélagos y otros animales pequeños y de la noche, gracias a eso supo que se trataba de Kamazotz y que esa habitación era de su castillo, pero no hizo nada por defenderse, solamente se dejó llevar. Sin abrir los ojos o dejar de moverse excitada y relajada, notó como algo estaba sobre ella, acariciándole los muslos con seducción y suavidad, sintiendo que eran unas manos frías como el hielo, pero atrayentes. También noto como alguien se inclinaba sobre su cuello y lo besaba con ternura y lamía, bajando a su pecho mientras desabotonaba algunos botones. Carmilla pensaba que debía detener al vampiro, pero su cuerpo deseaba lo contrario. Nunca había sentido algo semejante, lo que tanto desea una chica a esa edad, y menos en manos de un vampiro tan conocido como él. Pero entonces, cuando sintió una mano en su entrepierna, finalmente decidió por detenerlo, cogiendo esa mano con la suya y la otra sobre el pecho de él, abriendo los ojos completamente sonrojada y jadeando excitada. Hay le tenía, al vampiro de cabellera negra y ojos rojos como la sangre mirándola fijamente con una sonrisa, mostrando así un poco los colmillos blancos y afilados. Él estaba junto a ella en la cama, con la cintura curvada hacia la cabeza de ella, una mano apoyada en la almohada junto a su cabeza, y la otra ahora en el aire sujeta por la mano de ella. Vestía con poca ropa, no como antes, todo n***o y fantasmal. Ahora llevaba solamente una camisa blanca medio abierta, dejando ver un pecho musculoso y bien formado, y unos pantalones oscuros ajustados, no llevaba los guantes blancos, estaban libres de ellos, por eso ella los sintió más fríos que antes. No estaba apoyando su peso sobre ella, solamente estaba de rodillas a su lado. –  Impresionante… me has detenido mucho antes de lo que esperaba, ya se nota que no eres como las demás. – dijo él sorprendido y sonriendo. – ¿Ha hecho eso para ponerme a prueba? ¿Para qué? –  pregunto ella confusa, algo nerviosa por lo que ha pasado. – ¿Y si al final no le hubiese detenido? Kamazotz vio el nerviosismo de Carmilla, y eso le hizo reírse un poco en bajo. Entonces, hizo que Carmilla le soltará el brazo para dejar que la apoyará al otro lado, para así estar frente a frente, con él encima sin estar completamente recto. Carmilla mantuvo los brazos tumbados hacia atrás inmóviles, aún nerviosa al tener a ese vampiro de esa forma. – ¿Qué pasa? ¿Nunca has estado así con un hombre? –  pregunto él curioso, viendo a Carmilla incomoda. – ¿Acaso ese mocoso que está contigo no se ha atrevido a hacerlo aún? –  Eso es privado. –  No para mi… – dijo él sarcástico. –  Siendo una mujer tan atractiva, uno debería estar decidido a hacerlo sin miedo. Mientras hablaba, se iba inclinado hacia ella, sin que lo notará mucho. Carmilla no mostró molestia ante esos comentarios, sabía que lo hacía para provocar, no iría a caer. Así que, sin miedo por él, giró la cabeza hacia un lado, indicando que no hablaría más de eso. Entonces, al ver el cuello estirado, justo el lado donde la mordió la última vez, los ojos del vampiro brillaron intensamente, viendo como la vena del cuello palpitaba ante él, como llamando a que hincara el diente. –  Puede que sea un vampiro y tenga más poder y fuerza que yo, pero no por eso deba meterse en mi vida privada. –  se defendió ella sin mirarlo y con los ojos cerrados indignada, sin saber que estaba pasando. –  Se que quiere ayudarme a cambio de algo, pero no sé si eso que dijo era… Antes de poder acabar la frase, algo la hizo callarse. Kamazotz estaba de nuevo inclinado en su cuello, rozándole la mandíbula con su pelo n***o. Al notar eso, ella se sonrojo y se giró un poco para mirarlo de reojo. Algo nerviosa y asustada, puso las manos sobre los brazos de él tocando a los hombros, pero no tenía pintar de que fuera a retroceder aún. – ¿Qué… hace? Él no contestó, lo que hizo fue lo siguiente. Sacando la lengua un poco, le lamió el cuello rozándolo, y eso hizo que Carmilla, dando un gemido de sorpresa, echará la cabeza hacia atrás, dando otro gemido, pero de placer y alivió, sin ver como él la miraba por debajo la mandíbula con los ojos rojos medio cerrados, tanto ella con él apretaron más manos con fuerza, ella sobre los brazos de él, y éste sobre la almohada. Entonces, él se incorporó con los brazos estirados, con las manos de ella apoyados en ellos. Ambos se miraron, él con seriedad y los ojos aun brillando y ella sonrojada y con el pecho agitado. Carmilla no sabía que iría hacer ahora, pero en ese momento de excitación le daba todo igual.  –  Para los vampiros… los humanos solo sois bolsa de sangre con patas, solo comida y sin ningún valor… – contó él como dolido por algo. –  Pero algunos… ven a los humanos como iguales, solo que deben despertarlos para que sean como ellos al completo. Carmilla lo escuchaba, sin intención de interrumpirle. Entonces, sin dejar de mirarla, se puso de frente a ella, con las piernas arrodilladas enfrente, y con más las manos cogió las piernas de ella por los muslos para ponerlas sobre las suyas, abriéndolas para poder pasar la cintura y volver a inclinarse hacia delante, ella ante todo eso se sonrojo más pero no le detuvo, estaba como hipnotizada por él. –  La primera vez que te vi, me recordabas mucho a una persona y a mí mismo, la manera en que estabas sufriendo por todo lo que te ha pasado, y es admirable la resistencia que tienes, ante todo. Pero al ver como ese bastardo lo hacia a tus espaldas, no quise quedarme de brazos cruzados…  – ¿Qué intenta decirme? ¿Sabe quién los mato? –  pregunto ella en susurro. –  Desde hace tiempo… pero no sabía si ibas a creerme, después pensé que debías descubrirlo por ti misma… – contestó él. –  Y cuando descubras la verdad… desearía que pasará algo antes. – ¿Qué cosa? –  Convertirte en vampiro, y estar a mi lado como mi hija… – contestó él con una mirada profunda y directa. Ante aquello, Carmilla abrió más los ojos, asombrada. No vio en él ningún signo de broma o duda, hablaba en serio. No lo decía en forma de orden, más bien como deseando que ella lo eligiera sin que él lo propusiera antes. Carmilla no se atrevió a moverse, ni le hacía falta, no estaba asustada en absoluto, pero si asombrada y sorprendida. –  Ser lo mismo que yo, un ser de la noche bebedor de sangre… y por los siglos de los siglos del mundo entero, estar a mi lado como hija propia… – decía él. – ¿Qué harás? –  pregunto él. – ¿Por qué quieres que sea tu hija y no tu amante como suele ser en las historias? –  pregunto ella confusa. –  No veo posible que los vampiros tengan hijos, sois cuerpos vivientes pero muertos. –  Cierto… por ese motivo los creamos, por qué no podemos aparearnos… además, en estos tiempos ningún vampiro piensa en hijos, solo en tener compañero o amante inmortal. Carmilla estaba abrumada por esas palabras, tanto que quiso tocarle los brazos para expresar su comprensión, pero entonces, él la detiene y sujeta sus muñecas sobre la almohada, y sin darle tiempo a hablar, ya tenía al vampiro encima suyo, con el cuerpo apoyado completamente sobre el suyo, inclinado sobre su cuello para besarlo y lamerlo. Carmilla no se atrevió a decir nada ni a detenerlo, solo pudo gemir en susurro y sentir excitación, curvando un poco más las piernas hacia atrás, tocando la cintura de él con ellas. –  Ah, por favor… – suplicaba ella muy bajo. –  Párame… puedes detenerme como antes… – dijo él en su oído. Ella deseaba pararle, pero la excitación y el placer que sentía su cuerpo no la dejaban, además, él tenía sus muñecas sujetas y estaba encima suyo, estaba completamente inmovilizada. A pesar de estar ambos tapados por la manta, ella sentía frío por el cuerpo gélido del vampiro, pero de algún modo ese frio era agradable. Sin soltarla siquiera, él la besaba por el cuello y el escote, rozando los colmillos en la piel. –  Sigo sin entender… – dijo ella de repente. – ¿Por qué me eliges a mi para ser tu hija? Esa pregunta hizo que el vampiro parará de lamerle y besarle, ahora estaba en su escote, a punto de bajar por el pecho entre los dos, pero esa pregunta lo detuvo en seco. Al ver que se había detenido, ella sonrojada se volvió a girar a él, que alzó la mirada hacia ella con seriedad. Entonces, él libero sus muñecas, pero ella no los movió de su sitio, viendo la forma en que él la miraba, y vio cierta tristeza en esa mirada, que la preocupo un poco. Un segundo después, él la alza por detrás del cuello y por la espalda, hasta tenerla enfrente sentada, dejando que quitará las piernas de sobre él con rapidez. Ella nerviosa y sonrojada por la escena sufrida, decidió apoyarse en la cabecera de la cama que tenía detrás suyo, sin dejar de mirar al vampiro. Durante un rato ninguno dijo nada, pero enseguida el silencio se interrumpió por él. 
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