Me apoyé contra la encimera de la cocina, observando con aparente calma cómo mi mamá terminaba de servir la comida en varios platos. Su voz sonaba cálida, casi orgullosa, mientras hablaba.
— Siempre has sido un buen hermano, Mikhail. Desde pequeños, siempre cuidaste de Oleg e Iván… y ahora también de Sofía. Es bueno que estés al pendiente de ella.
Sostuve el vaso de agua en mis manos, girándolo lentamente mientras mis labios se curvaban en una leve sonrisa. ¿Realmente no se daba cuenta?
Mamá era una mujer inteligente. Había visto cómo se comportaban mis hermanos con Sofía, cómo yo mismo la observaba. Pero jamás había dicho nada. Tal vez era más fácil para ella fingir que sus queridos hijos solo estaban cumpliendo con su deber, velando por Sofía como buenos primos.
Dejé el vaso sobre la mesa con un golpe seco y tomé la bandeja con la comida.
— Subiré a llevarles esto.
Mamá asintió con una sonrisa.
— Diles que bajen si tienen más hambre.
No respondí y subí las escaleras con paso tranquilo y calculador, pensando que tendríamos que hablar con papá lo antes posible.
Al llegar al pasillo, lo primero que escuché fue la voz de Sofía discutiendo con mis hermanos. Empujé la puerta sin hacer ruido, entrando sin que ella lo notara. Estaba absorta en la discusión, su cuerpo cubierto apenas por las sábanas mientras se debatía entre la culpa y la negación.
Un susurro de diversión cruzó mi mente ante la escena. Siempre me había parecido fascinante la forma en que luchaba contra lo inevitable.
— Baja la voz, Sofía. Se escucha desde la entrada —le dije divertido ante la escena.
Ella se tensó de inmediato, girando hacia mí con los ojos muy abiertos, como si acabara de descubrir a un depredador en la habitación.
Cerré la puerta tras de mí y dejé la bandeja sobre la mesa. Sofía se apresuró a sujetar la sábana contra su pecho, su rostro encendiéndose de vergüenza.
— No hagas eso —dije con calma, dejando que mi mirada recorriera su piel descubierta antes de volver a encontrarse con sus ojos—. No tiene sentido que intentes cubrirte ahora. Hace unas horas te entregaste a los tres sin reservas.
El rubor en su rostro se intensificó, pero su expresión cambió de vergüenza a enojo en cuestión de segundos.
— Solo pasó porque pusieron algo en mi bebida.
El silencio en la habitación se hizo más pesado. Oleg e Iván no dijeron nada. Solo la miraron con la misma paciencia peligrosa con la que yo la observaba mientras le sonreía.
El sonido de las sábanas deslizándose contra su piel llenó el espacio mientras Sofía se ponía de pie y tomaba una bata que estaba sobre una de las sillas. Se la colocó con rapidez y se dirigió a la puerta con pasos decididos.
La observé en silencio. Sabía que intentaba huir. Sabía que no podía permitirlo.
Justo cuando ella estaba a punto de tomar el picaporte, hablé:
— ¿A dónde crees que vas? —le reclamé.
Había planeado algo diferente: comer los cuatro juntos en su habitación, esperar a que mamá se durmiera… y entonces, volver a hundirnos en ella.
— Quédate.
Mi tono no era una petición, era una orden.
Sofía me miró por encima del hombro, su mandíbula tensa, su expresión desafiante.
— No.
El silencio que siguió fue sofocante.
Oleg se pasó una mano por el cabello, conteniendo la molestia visible en su rostro. Iván suspiró, pero su mirada había perdido el brillo relajado de antes.
— Sofía… —dije mientras me acerqué a ella lentamente, sin apartar mis ojos de los suyos—. No hagas esto más difícil.
Ella entrecerró los ojos.
— ¿Más difícil para quién? ¿Para ustedes?
Sonreí ante sus preguntas, aunque sabía que no había calidez en mi expresión. Se veía tan bella. Para no urgar en mis sentimientos, me limité a contestar:
— Para todos. Para nuestra familia. Mamá no se puede enterar hasta que hablemos con nuestro padre.
Aquello hizo que Sofía apretara los puños.
— Si tan solo escucharas cómo gemías anoche… —dijo Oleg, dejando escapar una risa seca.
Sofía giró con furia, sus ojos llameando de rabia y vergüenza.
— ¡Ya cállate! —gritó.
El sonido de la palma de Sofía contra la mejilla de Oleg resonó en la habitación, deteniendo el tiempo por un instante.
Un silencio espeso cayó sobre todos nosotros.
Oleg no reaccionó de inmediato. Su rostro seguía ladeado por el golpe, su mandíbula tensa, hasta que Iván fue el primero en romper la quietud, dejando escapar un suspiro pesado.
— Esto es tu culpa, Oleg —murmuré, mi voz arrastrada con cansancio, pero con un filo peligroso—. Nunca sabes cuándo ponerle límites.
Oleg chasqueó la lengua y pasó una mano por su mandíbula, su mirada oscureciéndose.
Me di cuenta de cómo Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La atmósfera en la habitación había cambiado, volviéndose más densa, más sofocante.
Una tensión oscura flotaba entre todos nosotros, una sombra que amenazaba con envolvernos.
— Váyanse —la voz de Sofía sonó más baja esta vez, pero firme—. Fuera de mi habitación.
Oleg avanzó hasta ella mientras veía cómo Sofía levantaba nuevamente la mano para detenerlo, para mantenerlo lejos, pero él atrapó su muñeca en el aire con facilidad.
— Suéltame —le exigió Sofía
Oleg la observó durante un segundo ante de exhalar con impaciencia y soltar su agarre… solo para levantarla y llevarla hasta la cama, dejándola caer sobre el colchón.
Sofía ahogó un pequeño grito cuando su espalda tocó las sábanas, sus manos aferrándose a ellas con fuerza. No tenía duda de que Oleg iba a reprenderla, y yo realmente iba a disfrutar viéndola doblegarse una vez más porque ella era lo mejor que nos había sucedido, el centro de todo lo que éramos. Nunca habíamos amado ni necesitado a alguien como a ella. No importaba cuánto intentara alejarse, no importaba cuánto luchara contra lo inevitable… nunca la dejaríamos ir.