Dahlia Soler El viento de las hélices todavía aullaba en mis oídos cuando el helicóptero tocó tierra con un golpe seco sobre la grava acumulada en la azotea de la vieja textilera. Era un edificio de ladrillo rojo, una mole industrial que parecía un esqueleto devorado por el tiempo en el cinturón olvidado de la ciudad. Enzo apagó los motores y el silencio que siguió fue tan pesado que casi dolía. Bajé de la cabina con las piernas temblando, sintiendo el frío de la madrugada calarme hasta los huesos mientras Ramiro ayudaba a la Dra. Aranda a descender. —Está en el tercer piso —dijo Enzo, señalando hacia una claraboya rota—. No ha dejado de preguntar por ti, Dahlia. La fiebre ha bajado un poco, pero el esfuerzo de moverlo hasta aquí lo dejó al límite. Bajamos por las escaleras de incendios

