Dahlia Soler Subimos al coche con la urgencia de quienes saben que el suelo que pisan está a punto de convertirse en metralla. El olor a cuero nuevo y aire acondicionado del vehículo de Arrieta contrastaba violentamente con el hedor a pólvora y alcantarilla que llevábamos pegado a la piel. Asier se desplomó en el asiento trasero, su respiración todavía era un silbido errático que me taladraba los nervios, mientras Enzo ayudaba a un Ramiro casi exangüe a acomodarse junto a la puerta. —Arrieta, si esto es una entrega controlada, le juro que no llegará vivo al próximo semáforo —masulló Enzo, manteniendo el arma pegada a la rodilla, oculta pero lista. El juez no se inmutó. Arrancó el motor con una suavidad insultante y enfiló la carretera de la costa, esquivando los primeros controles milit

