Dahlia Soler El refugio olía a tinta seca, a papel viejo y a ese aroma metálico de la humedad que se filtra por las paredes de ladrillo visto. Era una antigua imprenta en el corazón del barrio obrero, un edificio de tres plantas que, irónicamente, mi padre había mandado a construir con materiales de primera calidad para asegurarse de que las rotativas no hicieran vibrar los cimientos. Ramiro, el hermano de Enzo, nos había guiado por un laberinto de callejones antes de hacernos entrar por una trampilla camuflada en el muelle de carga. Al entrar, la luz tenue de unas lámparas de queroseno iluminaba el espacio. En el centro, sobre una mesa de madera maciza llena de manchas de aceite, Asier descansaba en un colchón improvisado. Al verme entrar, cubierta de polvo y con la respiración entrecor

