Eltemordelmalvado

1024 Palabras
En medio de la noche, dos de los siervos de aquel malvado regresaban para informar noticias no gratas para su amo, a pesar de que ellos sabían de que no recibirían halagos o aplausos, cosa que nunca sucedió en sus trescientos años de vida, sabían que debían decírselo antes de que fuera tarde. Descendieron ocultando sus alas lastimadas de tantos castigos, transformando sus rostros en hombres para que las personas que circulaban el edificio no los vieran. Subieron hasta llegar al ultimo piso, dando pasos firmes y ligeros. - Nos están esperando. - Dijo uno de ellos. - El sujeto que estaba en la entrada solo abrió la puerta sin preguntar nada, pues también era un demonio más a disposición de aquel malvado, abrió la puerta con sus grandes manos de un solo empujón. - ¿Dónde han estado? Se oyó desde un lugar oscuro dentro de aquella gran oficina. - Señor, hemos encontrado al ángel. - ¿Dónde está? ¿No les dije que lo trajeran ante mí? Ellos mantuvieron el silencio por un momento. El amo de la oscuridad odiaba el silencio que sus siervos mantenían ante su presencia, como si algo estuviesen ocultando de él. Un punto rojo se encendió en medio de la nada, expulsando humo por doquier, al mismo tiempo unos pasos se acercaron hasta la luz dejándose ver por aquellos demonios. - ¿Dónde está el soldado? - Señor, hemos luchado contra él. - Entiendo, díganme más. Salieron de su presencia, prácticamente huyendo, ahora Lía era su objetivo, tal vez esta seria el trabajo más fácil que le habían solicitado, aunque pensándolo mejor, sus vidas estaban en manos de ella, esto era una vida por dos. Salieron afuera transformando sus apariencias en demonios, dejando salir sus grandes alas, tomando fuerza para poder elevarse, y al estar en el manto celestial mas de veinte demonios se le unieron, el cielo se torno mas oscuro aun que de costumbre, cualquiera que pudiera verlos se turbarían por sus tamaños y sus horribles apariencias. Parecían una gran nube que pronosticaban tempestad. Esta vez no debían fallar, capturar a una simple humana no tenia que ser tan difícil, aunque esta era protegida por un soldado del tercer cielo, y no era cualquiera, se trataba del segundo al mando, mano derecha de Miguel. Se trasladaron hasta donde habían luchado con Leviatán, tenían que olfatear sus rastros, la estela los llevaba por diferentes direcciones. - Dividámonos, cada uno siga diferentes caminos, quien los encuentre que de aviso. La presencia de tantos demonios hizo que la ciudad se cubriera de tiniebla, haciendo descender la temperatura, a pesar de que nadie los podía ver, se podía sentir en el aire un horrible olor putrefactivo, incapaz de soportarlo. Cada demonio persiguió una estela diferente que los llevaba a los lugares donde Lía y Leviatán estuvieron, pero cada rastro se perdía de manera muy extraña. La noche estaba fría, los demonios se movían rápidamente de un lado hacia el otro, tenían que encontrar su objetivo, los caninos aullaban desesperadamente como intentando avisar a sus dueños que seres oscuros rondaban sus casas. - Se resistió como lo esperábamos… - Entonces, ¿Él dejo en ese estado tu rostro? -Los demonios volvieron a mirarse bajando la mirada. - ¿Tendré que quitarles la información? Levanto sus manos para golpear sus palmas, ellos sabían que significaba eso, pero antes de que estas se estrecharan llamando a su verdugo lo interrumpieron. - ¡No por favor! - Los oigo. - El soldado no fue quien destruyo mi rostro… - ¿Entonces, quien? - La mujer que lo acompaña. - ¿Una humana? - Sí, señor. - ¿Tampoco la han capturado a ella? - No… - Respondieron con temor. - Tenía entendido de que ya no quedaban humanos que nos pudieran ver, pero ahora resulta que aún quedan algunos por ahí y que además tienen la capacidad de destruir sus cuerpos. - Pensábamos que habíamos eliminado a todos, mi señor. - ¡Pero no lo han hecho! Su voz hizo temblar todo el lugar, haciendo temer hasta la más mínima molécula del ambiente. De inmediato los demonios se echaron al piso suplicando clemencia, ellos sabían que tal vez sus vidas acabarían en ese preciso momento. - He dado una orden y no la han cumplido, díganme, ¿Cómo debo tomar esta situación? - Señor, danos otra oportunidad, buscaremos al ángel… - ¿El ángel? – Pregunto con sarcasmo. – ¡Quiero a esa mujer de inmediato! ¿que acaso no se dan cuenta de que si ella permanece al lado de aquel enviado, encontrara mi tesoro antes de que nos demos cuenta?... Y todo lo que he construido en este mundo se acabara. - La traeremos señor. - ¿Cuándo? - Lo antes posible, señor. - ¡La quiero para ahora! Busquen a esa mujer, lleven mas demonios, hagan todo lo que se les ocurran, pero tráiganla, o ya no tendré piedad por ustedes y los destruiré por completo, ¿Lo entendieron? Tomo con su mano derecha el cigarro que estaba fumando y lo apago sobre el cuello de uno de los demonios. A pesar de que ellos estaban acostumbrados al m******o, el dolor nunca dejaba de ser dolor sobre sus cuerpos, y este era una cicatriz mas que se sumaba en sus pieles, dejando como evidencia quien era su dueño y como los trataba diariamente. - Lárguense de mi vista, y espero que vuelvan con esa mujer o serán ustedes los perseguidos. - Si señor. Sin embargo, a las personas parecían no importarles, ni siquiera les interesaba el cambio climático que había surgido de repente. Llegando al amanecer el rastro de unos de los demonio lo llevo a un lugar extraño, una mansión rodeada de esculturas. El lugar llamo su atención, a pesar de que la estela había desaparecido algunas casas atrás, esta mansión no dejaba de inquietarlo, dio un gran salto hasta el techo de aquella casa, y comenzó a olfatearlo, descendió por las paredes hasta llegar a una ventana donde la cortina se encontraba corrida, y con sus ojos intimidante los observo detenidamente marcando en su boca una horrenda sonrisa.
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