Madeleine
El chico que me dejó en la entrada del lugar se marchó hace unos cuantos minutos, sin decir palabra y sin siquiera mirarme. He estado paralizada todo este tiempo esperando que vuelva pero no ha dado señales y no parece que vaya a regresar. Las lágrimas ruedan por mis mejillas y se confunden con el agua de lluvia que ha comenzado a caer. Me doy vuelta, me acerco al fondo del lugar desde donde me observa un hombre de unos cuarenta años, ojos negros y cabello oscuro alborotado, siento una conocida sensación de miedo recorrer la columna vertebral, automáticamente recuerdo las palabras del maestro:
No debes temer a los hombres, ellos serán tu vida ahora, de ellos vas a depender.
Sacudo la cabeza para apartar el temblor que comienza a sacudir violentamente mis mano. Siento miedo, mucho miedo. Detrás del hombre al fondo una chica ordena unas botellas con líquidos dentro de diferentes tipos, tamaños y colores. El sitio tiene la apariencia de uno de esos almacenes que había visto en los libros, con mostradores y vitrinas como según había leído se llaman esas cosas de madera que sujetan las botellas, pero mucho más viejos y rotos, aunque parece más una vieja farmacia. Algunas personas comienzan a llegar, hombres y pocas mujeres, la mayoría mucho mayores que yo, unos dando tras pies y cayéndose, otros un poco más lúcidos. Las mesas comienzan a llenarse y las mujeres vestidas con ropa igual a caminar de un lado a otro llevando bandejas brillantes y botellas con copas.
—Buenas noches señorita —escucho al señor de antes cuando logro llegar a donde se encuentra —¿Desea tomar algo? Tal vez un tequila.
—Prefiero una cerveza, bien fuerte —intento sonar segura, he escuchado muchas veces esa palabra y según tengo entendido es una bebida que toman las personas y sabe bien.
El hombre entorna los ojos y continua hablando: —al parecer ha tenido una mala noche.
—Me alegra que pueda notarlo —digo manteniendo el tono desafiante, a pesar de no tener ni idea de en dónde estoy.
Sonríe y me entrega una jarra de cristal bastante áspera llena de una cerveza de color oscuro.
—Esta es una cerveza Altbier —agrega probablemente al notar mi mirada de desconfianza.
Asiento, doy un pequeño sorbo a la bebida y siento una extraña sensación en la garganta. Es lo peor que he probado en mi vida.
¿Cómo puede gustarle a las personas algo que sabe tan mal?
La sensación es terrible, aún así continúo bebiendo, en algún momento tiene que saber bien, no puede ser tan malo siempre. Siento unas insaciables ganas de emborracharme o como sea que se llame realmente eso de no saber lo que pasa y no poder levantarse, para desaparecer de la realidad.
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Acabo de terminar con la segunda jarra de cerveza cuando el sitio se encuentra en su punto máximo, lleno de personas tomando sus bebidas y oliendo extraños polvos.
—He. ¿No tienes algo más fuerte que esto?
Me dedica una mirada de confusión y repite esa frase que ha dicho ya tantas veces antes.
—Creo que ya debería parar de beber.
—¿Por qué mejor no acabas de entender que no te he preguntado lo que piensas? Sírveme una copa de Vodka —repito otro nombre que ya he escuchado antes alzando la jarra y derramándo en el suelo unas gotas que quedaban dentro.
Lo noto reprimir una risa, obedece de mala gana y me entrega una copa llena solo hasta la mitad. Entorno los ojos, respiro hondo y me conformo con lo que me ofrece. Me bebo todo el contenido de la copa de una vez, toso un poco y me dirijo nuevamente al hombre que me ha estado atendiendo.
—¿Me preparas un coctel? Nunca he probado uno.
—Solo si me prometes que no beberás más luego, estás muy ebria.
—Está bien, lo prometo —asiente y prepara una mezcla de color llamativo aunque tenue que luego me ofrece.
—Esto es un Cosmopolitan, un cóctel con cierto matiz a fruta ácida, se prepara con vodka, lo que acabas de beber, triple seco, como Cointreau o Grand Marnier, zumo de arándanos y zumo de lima recién exprimido, suele servirse en copa de cóctel adornado con corteza de lima, pero como puedes ver aquí no hay más lujo que esto.
Tomo la copa y comienzo a beber.
—Sabe muy bien, y tu explicación también es muy buena.
Le felicito a pesar de no haber entendido ni una palabra de lo que dijo. Sonríe y continua hablando.
—En algunos aspectos puede considerarse emparentado con la Margarita, también una fresca y colorida variante de un Martini.
—¿Me sirves un Martini? —el nombre parece bonito.
—Claro que no, prometiste que no beberías más.
Muestro una sonrisa divertida y le indico la mano en la que tengo cruzados los dedos índice y corazón.
—Tenía los dedos cruzados, no te diste cuenta —digo sin dejar de reír tontamente.
—No puedes seguir bebiendo, seguro no puedes siquiera mantenerte en pie.
—Claro que puedo —intento levantarme pero me tambaleo y tengo que sentarme nuevamente con la ayuda de él, que me sujeta por ambos brazos aún estando del otro lado de la barra. Es ahí cuando noto por primera vez lo alto que es.
—Soy Madeleine. ¿Cuál es tu nombre?
—Infante.
—Pues bien Infante, si no me sirves un Martini me iré a otro lugar.
—Eso si logras levantarte.
—Lo lograré —digo y hago un puchero.
Lo piensa un poco para luego responder en favor de mis recientes súplicas silenciosas.
¡Que vivan las súplicas silenciosas! Grito para mí misma.
—Está bien, pareces una buena chica, no te dejaré salir así de aquí, en ese estado probablemente no llegues a tu casa en, por ahora tómate esto.
Me entrega una solución extraña efervescente que miro con cara de pocos amigos.
—Ayudará a que se te pase el efecto del alcohol.
—¿Y mi Martini? —Insisto.
—Lo prepararé.
—Gracias —digo amablemente y comienzo a beber el contenido del vaso.
Asiente, luego saca de su bolsillo un aparato raro donde presiona unos botones y se lo pone al oído.
—Hey, la chica que dejaste aquí hace como dos horas está muy borracha. ¿Pretendes que me la quede?
—¿Qué haces? —pregunto consciente de que habla sobre mí porque me mira de reojo y niega con ligeros movimientos de cabeza.
—Me aseguro de que no te marches en esas condiciones y no te maten en cuanto pases esa puerta.
—A penas puedo levantarme y tú crees que escaparé —niego con la cabeza riendo escandalosamente como burla a su respuesta.
—Toma, es el chico que te trajo hasta aquí, habla.
Me entrega el aparato extraño, lo coloco en mi oído imitando su gesto y hablo tratando de que mi lengua no se enrede.
—Buenas noches —digo gesticulando cada palabra.
—Buenas noches, mira, no sé quién eres y no quiero volver a saber nada sobre eso, solo te hice un favor, lo que no significa que me haré cargo de ti, vete de ese bar inventado de mala muerte si no quieres que haya sido en vano.
—¿Qué es un bar? —pregunto, no sé de qué habla pero esa palabra me ha causado curiosidad, suena interesante.
Escucho bufar furioso al muchacho y luego nuevamente su voz.
—Mierda, no sabes nada de nada.
—No —respondo sinceramente y le hago ojitos tristes al hombre que me mira sin entender qué pasa.
—¿Acaso saliste de una caja de cristal directo al mundo exterior?
—De un cuarto —lo corrijo —ahora voy a beber mi Martini.
—No sigas bebiendo niña, estás ebria.
—¡Solo he bebido un poquito! —me quejo.
Le entrego el aparato a Infante y tomo mi Martini. Ya no quiero hablar con ese chico, no me agrada.
Infante termina de hablar e intenta convencerme de regresar a mi casa durante los próximos cuarenta minutos, pero no tengo casa, cosa que estuve tratando de explicarle otro buen rato.
Intento hacer que me sirva otra bebida cuando una mano pesada cae sobre mi hombro haciendo que me voltee asustada.
—Vamos —dice categóricamente el muchacho a mi lado y yo niego con frenéticos movimientos de cabeza.
—No quiero —respondo y me cruzo de brazos.
—Estás muy ebria, tu novio tiene razón.
—Ha, con que ahora te has puesto de su lado.
—Haz que beba esto, le sacará la borrachera en un rato.
—Eso sabe mal —hago pucheros.
—Ok —acepta el chico tomando el vaso.
No quiero que me haga tomarlo a la fuerza así que cedo haciendo caras en cada trago. Cuando termino frunso el ceño, me volteo y camino hacia la salida con la ayuda del muchacho que me sujeta por los hombros para que no vaya a caerme. Entro a un auto que nos espera fuera, nos sentamos en los asientos traseros y siento que el mundo me da vueltas. Unos minutos después un hombre de al menos cincuenta años toma el volante. El auto se pone en movimiento y yo volteo el rostro hacia él.
—¿Qué es novio?
Pone cara de irritación, aparta la vista hacia la ventana ignorándome. Hago cara de cachorro herido pero tampoco le importa así que opto por recostar la cabeza en su hombro. Pocos minutos después me quedo dormida.