#Tres

1553 Palabras
Madeleine Salgo del auto tras él, lo sigo como ausente sin decir una palabra porque no quiero incomodarlo, y tampoco parece interesado en escucharme. A estas alturas aún no entiendo siquiera por qué me ha comprado si no le intereso en absoluto. Intento continuar el camino sin dirigirme a él hasta que no puedo mantener más la distancia y el silencio, voy dando tropezones, mis pies no parecen querer responder de la manera correcta, me siento mareada, aturdida. De poronto siento un golpe sordo en ambas rodillas y me veo obligada a colocar mis manos delante evitando estrellar mi cara en el pavimento, para cuando puedo notarlo estoy de bruces en el suelo. —¿Pero qué te pasó? —pregunta el chico dándose vuelta de inmediato tras escuchar el ruido del impacto. —Lo-lo siento —balbuceo tratando de levantarme pero solo consigo sentarme en el lugar abrazando mis rodillas. —¿Acaso tampoco sabes caminar? —interroga bruscamente. —Me siento mareada señor —respondo sin mirarlo a los ojos. —No me digas señor, llámame Ethan, y dime tu nombre, aún no lo sé. —Está bien señ... —interrumpo la palabra en cuanto noto su mirada furibunda —Ethan —me corrijo —usted debe elegir mi nombre. —Mira niña, no te pondré un nombre, si no tienes uno te lo inventas tú. —Me llamaban Madeleine, así me llamó mi madre en una carta que me dejó antes de morir, Madeleine Aubert, es lo único que tengo de ella. —No me interesa tu historia familiar, solo quería tu nombre —dice tomándome del brazo y tirando de mí para levantarme. Sus manos dejan una ligera marca roja en mi piel que es desgraciadamente muy sensible, eso solía atraer a los hombres que me miraban como mercancía. —Trata de no volver a echarte al suelo —pide en tono de advertencia y continúa el camino hasta las puertas de cristal del enorme edificio. "North Kings Road 201. West Hollywood" alcanzo a leer en un pequeño cartel, y un enorme número 949 sobre la entrada. Subo las escaleras que constituyen toda una proeza en mi estado hasta alcanzar las puertas, a pesar de que ya no estoy borracha siento aún algo de mareo. Tomo un poco de aire y trato de aclarar mi vista que se ha vuelto medio borrosa, segundos después vuelvo a emprender el camino esta vez hasta un extraño agujero cuadrado en la pared, creo que le llaman elevador, pero nunca antes he entrado a uno. Me cuelo junto a él dentro de la caja de aluminio y me recuesto a la pared. —Veo que sabes lo que es un elevador. ¿Qué más sabes? —pregunta al parecer dispuesto a mantener una conversación. —Sé mi nombre, mi edad, mi fecha de nacimiento, sé que es un libro y las cosas básicas. Me observa detenidamente e instintivamente bajo la mirada. —No sabes qué son las normas de vestimenta, supongo que tampoco sabes que es un vestido o un par de zapatos a juego. —No —me limito a responder. —No sabes cocinar, ni conducir, ni atender una casa. —No —respondo nuevamente con monosílabos. —No veo para qué puedes servirme, no puedo decirle a mi padre que te conseguí en una subasta, en un prostíbulo. Mis mejillas se enrojecen tras escuchar sus palabras, me siento avergonzada y a la vez siento miedo nuevamente. No quiero que me deje en la calle. —Puedo aprender —intento poner algún punto a mi favor. —Eso espero, mañana veré qué le digo a mis padres, mientras tanto te quedarás en el departamento de viajes, a penas venimos a aquí. —Sí señor —respondo y me muerdo la lengua cuando noto lo que he dicho. —Ethan, Madeleine, me llamo Ethan. Asiento y continuamos el resto del camino en silencio, no quiero volver a meter la pata. Ethan La miro de reojo rogando porque no necesite ayuda para caminar, lo último que necesito ahora es volverme su niñero. Quise hacer una buena obra y me he ganado una bebé que cuidar, tiene diecinueve años en fachada, pero solo en eso. Asumo que no necesita ayuda y vuelvo a mirar al frente. Ella me sigue como hasta ahora, en total silencio. Paso la tarjeta por la pequeña ranura junto a la puerta y la abro. Esa es una de las cosas buenas de los edificios de lujo, pierdo menos tiempo abriendo la puerta. Pretendo caminar hasta la habitación y dejar allí a la chica cuando una voz me hace detenerme de inmediato. —¿Estás tomado? —es la voz de mi padre. ¿Qué carajos hace aquí? Pienso y comienzo a trabajar rápidamente en una excusa. —No estoy tomado, pensé que no vendrían este fin de semana. —Este es mi departamento, vengo cuando quiero —responde en el tono frío de siempre. —Lo sé, solo pensé que no vendrías porque estabas ocupado en la empresa, por eso me he estado quedando aquí. —Vine a verte Ethan, me preocupa lo que estás haciendo con tu vida. —No estoy haciendo nada, estoy limpio. —En la empresa haces falta, eres el mejor de todos los socios y me duele ver cómo echas tu talento a la basura, no entiendo por qué saliste. —Salí porque ese no es mi lugar, y no volveré a ahí. —Ethan no puedo mantenerte toda tu vida. —Ya encontraré quién lo haga. —Quisiera saber en qué me equivoqué contigo, no entiendo por qué eres así. Mi padre corta la charla en cuanto ella llega a mi lado, la había olvidado por completo. La observa detenidamente con el ceño fruncido reparando en su vestuario deprimente y su aspecto tomado. —¿Esto qué es? —pregunta alzando los brazos intentando mantener la calma, esa es una de sus mayores cualidades, la paciencia, gracias a eso ha triunfado en los negocios y ha llevado a la familia a la posición que actualmente tenemos. —Puedo explicarlo —digo permaneciendo serio, sin dejarme intimidar. —¿Qué esperas? —exige irritado. —Pasa esa puerta y espera ahí —me dirijo a la muchacha que parece de pronto asustada. Asiente ligeramente y emprende el camino a la primera habitación. —¿Quién es, Ethan? —me aborda nuevamente mi padre de camino a la sala de estar. —Estuve en un bar y escuché la conversión de dos proxenetas —abre los ojos como platos y frunce más el ceño, no le está gustando la historia pero la mejor opción dadas las circunstancias es decir la verdad —quise ayudar a la chica y la compré, nunca antes había salido del cuarto en el que estaba, no sabe nada del mundo ahí fuera y me dio pena su situación, pretendía dejarla en el mismo bar pero tuve que volver por ella, no tiene idea de dónde ir ni qué hacer, a penas tiene diecinueve años, eso es todo. —¿Eso es todo? Traes a casa una chica que no tiene familia, una prostituta que acabas de comprar, ilegalmente, y solo dices eso es todo. —No podía dejarla allí, y no es una prostituta, es la víctima de unos proxenetas. —¿Estás seguro de que por eso la compraste? Es una chica linda y no parece de por aquí. —Es francesa, o al menos eso dicen unos papeles que traía en las manos, estuve leyendo, y no caería tan bajo padre. —Entonces tiene papeles. —Sí. —Y es extranjera. —Sí —repito. —No sé en qué estabas pensando Ethan pero ahora no puedes simplemente deshacerte de la chica, a partir de este momento todos los beneficios que tenías como m*****o mayoritario acaban de terminar, sí no trabajabas no cobras, asistirás a la empresa y llevarás el trabajo que te corresponde como administrador, en cuanto a la muchacha, al parecer tiene aptitudes para la pasarela, le realizaré una prueba mañana en cuanto esté en condiciones, asegúrate de que no desperdicie la oportunidad, no quiero más vagos en esta casa, te metiste en esto y te estoy brindando una salida, lo tomas o lo dejas. Aprieto la mandíbula sientiéndome contrariado, hasta ahora había estado huyendo de las responsabilidades y de pronto no tengo más opción. Debí dejar que la vida siguiera el curso, pero no, preferí meterme en medio para que me atropellara. —Está bien —me rindo. —En la mañana traeré un contrato para ella, inventaremos una historia para los medios y la presentaremos como nueva modelo de la compañía, tú encárgate de que sea una gran modelo, la competencia está presentando nuevo material y comienza a ganarnos terreno, se quedarán aquí hasta que puedas encontrar una nueva casa, en caso de que logres mostrar progresos puedes quedarte el departamento, bienvenido al mundo de los adultos Ethan, sé que puedes hacer esto. Termina su incómodo discurso y desparece de la estancia dejándome clavado en el lugar. No tengo idea de cómo la convertiré en lo que él quiere, pero tampoco tengo más opción y mucho menos tiempo. Mi buen acto solo me ha servido para comprobar que la vida sí es un asco.
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