PARTE 2 El grito no era mío… pero lo sentí dentro del pecho como si me abrieran en dos. La visión me jaló con violencia. Ya no pisaba el suelo del templo hundido; estaba de pie en medio de una montaña cubierta de nieve oscura, bajo una luna negra que ocupaba todo el cielo como un agujero hambriento. El viento aullaba como una criatura herida y, en la distancia, se escuchaba el estruendo de una guerra que yo no podía ver. Ella estaba delante de mí. La primera loba marcada. Su cabello era blanco como la ceniza. Sus ojos, dorados como fuego viejo. Tenía el mismo símbolo que yo en su piel, aunque el suyo brillaba con un tono rojizo, como si estuviera quemando su propia alma desde adentro. Se arrodillaba frente a un hombre. Alto. Fuerte. Guapo, incluso. Pero su mirada no tenía amor.

