Te enseñaré a tratar a una mujer

1350 Palabras
ELENA —Hoy fui a ver a Adrián—, Le dije, lo que pareció captar toda su atención. Creo que entonces supo que había pasado algo que no era bueno, porque empezó a ponerse nervioso. Acabo de darme cuenta de que voy a tener que contárselo todo y, conociendo a Nicolás, se va a enfadar mucho y, cuando se enfada, no sé qué hacer con él. ¿Le contaré todo, incluso mi incómodo encuentro con la madre de Adrián? ¿U omitiré algunas partes, como la parte en la que hablé con su madre? Todos estos pensamientos pasaban por mi cabeza y me olvidé por completo de Nicolás, sentado al borde de mi cama. Tenía una expresión de aburrimiento en el rostro. Vaya, creo que lo dejé allí sentado durante un rato. —Oh, lo siento, me había olvidado por completo de que estabas ahí. ¿Por qué no has dicho nada?—. Es extraño; normalmente habría dicho algo. —Parecía que estabas pensando en algo muy intensamente, así que dejé que tú decidieras qué me ibas a contar. Ah, y sé cuándo mientes, así que no te saltes nada, ¿vale?—. Asentí con la cabeza. ¿Era tan fácil leerme? Será mejor que le cuente todo si me conoce tan bien. —Vale, está bien. Fui a casa de Adrián y decidí decírselo cuando abrió la puerta; oí que se abría y se lo dije. Ni siquiera abrí los ojos para ver si era él o no. Bueno, no era él, era su madre. Parecía sorprendida y me dijo que entrara, me dijo que tenía que explicarle lo que pasaba, pero yo no quería hacerlo, pero al cabo de un rato me enfadé y le solté que estaba embarazada—. Hice una pausa para ver si Nicolás seguía escuchando y lo hacía, porque asintió con la cabeza para decirme que continuara. —Oí un crujido en el suelo y me giré para ver a un Adrián confundido. No creo que oyera lo que le dije a su madre, solo creo que estaba confundido por mi presencia allí. En fin, hubo un silencio y finalmente la madre de Adrián se marchó. Me preguntó qué le acababa de decir a su madre y entonces se lo conté, por supuesto, se lo dije de una forma mucho más amable que a su madre, pero aun así se quedó en estado de shock. Un golpe lo sacó de su trance y entonces empezó a gritar y a decir cosas horribles, como que yo era una “zorra inmadura” y que estaba “enferma y retorcida” por inventarme algo así. Le dije que no estaríamos en este lío si él no hubiera tenido una aventura de una noche conmigo. No le gustó eso y empezó a gritar, pero esta vez él...—. Hice una pausa. No quería contarle esta parte a Nicolás; sabía que se enfadaría. Nicolás esperaba pacientemente, pero sabía que quería que continuara, así que lo hice, aunque un poco rápido. —Me empujó y le dije que era un idiota y luego me fui a casa llorando. Nicolás tenía una mirada confusa en su rostro mientras intentaba entender lo que había dicho, pero no podía, así que me preguntó. —¿Qué dijiste? —Nada—, respondí, pero me miró como diciendo “dímelo o me enfadaré contigo”, así que se lo conté. —Me empujó y le dije que era un idiota y luego me fui a casa llorando—, le dije, sin mirarle a los ojos. Me daba vergüenza contarle mis desgracias. —¡Ese imbécil! ¡Voy a matarlo! ¡Cómo se atreve a empujarte! ¡Y si le hace daño al bebé! ¡Y no te creyó! ¡Te conoce desde hace tiempo y sabe que no mientes!—. Me dijo casi todo eso, pero luego me dijo con una voz grave y tranquila que me asustó muchísimo: —¡Cuídate, Adrián Stanley, estás muerto! Espera te ponga las manos y serás hombre muerto. Tenía que convencerlo de que no lo hiciera porque tenía mucho miedo de que le hiciera daño a Adrián. Aunque Adrián me había herido, no quería que le hiciera daño, todavía sentía algo por él. Quizás parezca una tonta, pero así es cuando uno se enamora. Todo tu sistema se vuelve torpe, así que no me juzguen. Tenía una pequeña esperanza que Adrián cambiara de opinión en las próximas horas. Nicolás se levantó y empezó a caminar hacia la puerta. Tiré de las sábanas y casi me caigo de la cama porque tenía mucha prisa por detener a Nicolás. Me levanté a trompicones, corrí delante de Nicolás y le puse las manos en el pecho para detenerlo. Él siguió caminando y yo retrocedí. Olvidé que estábamos en el segundo piso y que la única forma de bajar era por las escaleras. Llegamos a las escaleras y perdí el equilibrio. Estaba cayendo. Mi vida pasó ante mis ojos. Yo con siete años en el parque, pasando el mejor día de mi vida con mi familia. Yo con diez años, cuando vi a Adrián por primera vez. Incluso vi cuando Nicolás pateó un balón y me dio en la cara, rompiéndome un diente de leche cuando tenía nueve años. Toda mi vida, me pareció demasiado corta. Voy a morir a los diecisiete años, lo sé. Pero sentí una mano agarrarme antes de caer. La mano pertenecía a un Nicolás muy sorprendido y todavía enfadado. Pensé que iba a morir, de verdad. Rompí a llorar y Nicolás me abrazó. Me levantó, me llevó a mi habitación y me acostó en la cama. —Shhh, no pasa nada. Estás bien—, me dijo mientras me acariciaba el pelo. Se quedó conmigo un rato, pero se marchó cuando le dije que estaba cansada. No me di cuenta de que podría ir por Adrián y hacerle daño. * NICOLÁS —¡Cuidado, Adrián Stanley, estás muerto!—, dije, y me levanté y empecé a salir de la habitación de Elena. Oí que Elena respiraba más rápido, estaba preocupada y asustada. Elena se cayó de la cama. No pude ayudarla, necesitaba golpear a Adrián; era la única forma de calmarme. Elena se puso delante de mí; me detuve un instante, pero pronto seguí caminando con Elena caminando hacia atrás delante de mí. Lo único en lo que podía pensar era en lo idiota que era Adrián y en lo mucho que le iba a hacer daño por haber hecho daño a mi hermana pequeña. Eso era lo único que me importaba en ese momento, ni siquiera me di cuenta de que Elena seguía caminando hacia atrás y de que nos dirigíamos hacia las escaleras hasta que fue demasiado tarde. Se estaba cayendo. Sentí como si la vida se ralentizara. Afortunadamente, gracias al fútbol, tengo reflejos rápidos; la agarré rápidamente de la mano y la atraje hacia mi pecho. Se quedó allí de pie, en estado de shock, durante unos segundos y luego creo que se dio cuenta de lo que acababa de pasar y me abrazó con fuerza mientras lloraba. Entonces supe que no iba a ir a casa de Adrián tan pronto. Cogí a Elena en brazos, la llevé a su habitación y la acosté en la cama. Estaba pensando en marcharme, pero Elena me agarró de la camiseta y me dijo que quería que me quedara con ella. —Shhh, no pasa nada. Estás bien—, le dije acariciándole el pelo para calmarla. Me quedé con ella durante media hora hasta que dijo que estaba cansada, así que me fui. Me dolía verla tan vulnerable. Ella no se merecía que un perro degenerado le hiciera eso. No mientras me tiene a mí. Ahora Adrián sabrá lo que es tratar bien a una mujer y más cuando se trata de la madre de su hijo. Salí de la casa y me dirigí a casa de Adrián. Más le valía que me abriera porque lo que se le venía venir no era un juego.
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