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1167 Palabras
Subí a la camioneta cuando encontré al chofer que me agradó para que hiciera su trabajo de llevarme, le dije que le iba a indicar a dónde tenía que ir con lo poco que yo recordaba de las calles de la ciudad porque, en ese momento, no llevaba un celular conmigo y no tenía manera alguna de cómo comunicarme con el señor Larsson para que me dijera la dirección exacta y así llegar directamente allá sin muchas complicaciones. Por fortuna, el señor Larsson y yo teníamos una confianza increíble que ha nacido gracias a nuestros acuerdos para hacer buenos negocios, él ya me había dicho una vez en dónde vivía, y cómo yo conocía la ciudad de Tokio a la perfección, como si fuera la palma de mi mano, no fue muy complicado para mí llegar a mi destino sin habernos perdido o haber confundido al chofer con las indicaciones. Llegamos a una enorme mansión que se encuentra ubicada en un barrio muy lujosos de la ciudad, al fijarme en él, no pude evitar sentirme maravillado por todas las casas, ellas eran sumamente preciosas, enormes y llenas de vida. Además de que el barrio era muy tranquilo, se evidenciaba que en él nunca habría peligro alguno para nadie. Los vecinos eran muy educados, con cuanta persona con la que me topé en el camino me miraba y siempre me saludaba, yo correspondía para no hacerme notar como si fuera un extranjero grosero que visitaba su país como un intruso. Le pagué al chofer, este se marchó, y yo me acerqué a la puerta, toqué el timbre, y al instante, un hombre alto, de cara delgada, y rastros orientales me abrió la puerta. El hombre luce un traje muy elegante, parece que iba a una fiesta muy importante, sin embargo, como si hubiese leído mis pensamientos, él se presentó como Shiro, se anunció a sí mismo como el mayordomo de la casa. Le correspondí la presentación, le dije quién era, y qué quería, a qué había ido a interrumpir la paz en la casa de su patrón, y entonces, sin quejarse, me dijo que podía esperar en la sala de visitas mientras que él se encargaba de ir a buscar al señor Larsson para anunciarle mi llegada que él tanto esperaba. Luego, una hermosa señorita, que vestía de mucama se acercó a mí, me ofreció una taza de té que era una tradición en Tokio ofrecerla a cada invitado que fuese a un lugar, yo lo acepté y ella se retiró. ¡Vaya que hermosa de mujer era! Creo que podría pensarlo y me vendría a vivir a Tokio en un abrir y cerrar de ojos, no tendría que preocuparme para nada de la empresa porque, a fin de cuentas, esta iba a poder funcionar de las mil maravillas así yo esté al otro lado del mundo. Así como también puedo darme el lujo de abrir una sucursal pequeña de mi propia empresa si lo que quería era ir a trabajar en oficina para no quedarme solo y encerrado en una mansión. Pronto, el señor Larsson apareció en la sala, lucía ropa deportiva, parece que ese día se encontraba descansando en casa y no pretendía recibir visitas de trabajo, más aparentaba a que a él eso no le importaba en absoluto, puesto que de igual manera, me saludó como siempre hacía. — Jackson, qué alegría me da recibirte en mi casa. Siéntete bienvenido, ¿Ya tomaste una taza de té? Aisha prepara las mejores tazas de té que podrás probar en mi país — dijo él al separarnos después de que nos abrazamos. Asentí y tomé asiento otra vez para cuando él me hizo la seña de que lo hiciera. — Sí, acabo de probarlo, y en efecto, es el té más delicioso que he probado en todo Tokio. Sin contarte a cuántos lugares he ido y me lo han ofrecido a mi llegada — contesté con una sonrisa. — Muy bien. Me parece genial que estemos de acuerdo con ello. Por cierto, ¿cómo te fue en tu viaje? Te ves muy cansado, parece que no has dormido nada en una noche. ¿Está todo bien? — él preguntó con preocupación. Dudé por unos segundos, quedándome callado y con la mirada fija hacia otro lado de la habitación. No pretendía ser un grosero en no contestar su pregunta, además de que sonaba en verdad preocupado, es solo que me sentía incómodo tener que hablar de este asunto con él, porque en sí, me había afectado un poco mi pelea con Anne, cada que pensaba en ella, sentía una corazonada de que debía llamarla, ofrecerle una disculpa y rogarle para que volviera a querer trabajar conmigo, más estoy seguro de que ahora lo que ella ansiaba era tener un momento a solas, alejarse un par de días de mí para así poder aclarar sus ideas, y así tomar la decisión correcta para su vida. — Es que no he dormido muy bien, ya sabe, problemas de la vida que nunca falta que lleguen y te desordene todo. El señor Larsson asintió. — Comprendo. No te preocupes, Jackson. Todo en esta vida tiene solución. En fin, cambiando de tema, ven conmigo, te mostraré cuál será la habitación en la que pasarás la noche, y luego, le pediré a mi chofer que nos lleve a dar un paseo a donde tú quieras. ¿Te parece bien? — Sí, es muy buena idea, pero primero, antes de hacer cualquier otra cosa afuera, necesito ir a un centro comercial. Sin querer, mi celular se dañó, y ahora, ando totalmente incomunicado — dije. — De acuerdo, es más, no hay prisa porque veamos de una vez cuál es tu habitación, simplemente, vámonos de compras. Parece ser que tú no has traído nada de tu casa, no trajiste siquiera una maleta, y necesitas ropa, no puedes andar aquí con un solo outfit… ¿No crees? — él observó. Asentí. Larsson tenía razón, yo no podía andar así, luciendo el mismo atuendo todos los días, me iba a ver como retrato, y eso no iba a ser buena impresión para la gente con la que íbamos a trabajar de ahora en adelante con nuestro proyecto. — Entonces, ¿Qué estamos esperando? En marcha — dijo él, emocionado por ir de compras como si fuese un niño chiquito al que iban a comprarle muchos regalos ese día. — Este… ¿Tú no piensas cambiarte de ropa? — le pregunté, a Larsson se le había olvidado que estaba usando ropa, prácticamente, para estar en casa. Larsson cayó en cuenta de qué era lo que yo estaba hablando, se miró de pies a cabeza, y asintió, mirándome con una sonrisa avergonzada por eso. — Buen punto. Gracias por recordármelo, iré a cambiarme, no me tardaré mucho. Espérame para que nos vayamos de compras — dijo él y se marchó a su habitación, dejándome a mí esperándolo en la sala a que volviera a bajar y así poder irnos.
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