Querer y poder, no es lo mismo.

411 Palabras
Logré aguantar varios días sin escribirle. Pero una tarde, mientras cursaba una materia aburridísima, donde la profesora no dejaba de contar historias de cuando ella era estudiante, llegó su mensaje… Patricio: hola, como estas? Al final no nos vimos el fin de semana. Esperé tu mensaje para coordinar y no me escribiste más. Dije algo que te ofendió? Valeria: hola, estoy en la facultad. No, nada que ver, pero no te escribí porque me parece que 280 km es mucho para manejar por una cena… así que creo que lo mejor es que lo dejemos hasta acá. Obviamente me encantaría conocerte, pero es imposible. Quizás te tendría que haber preguntado donde vivías al principio, y nos ahorrábamos el mal momento. Patricio: creo que me corresponde a mí decidir si quiero manejar o no para ir a verte. Y si, lo haría con gusto. Sé que es lejos y parece difícil, pero se puede. Y yo estoy dispuesto a hacerlo. Y soy grande como para poder mantener una relación a distancia. Valeria: yo no sé si quiero eso. Trabajo y estudio, tengo poco tiempo libre y no quiero complicarme la vida. Patricio: entonces no queres, porque se puede. Valeria: no, la verdad no sé si quiero. ¿Puedo pensarlo? Patricio: si obvio. Yo voy a esperar tu respuesta. Y así dejamos la charla. Pero no voy a negar que me dejó pensando. ¿Sería posible? ¿Estoy dispuesta? Demasiadas preguntas y dudas. Necesitaba pensar, tomar aire, despejarme. Tenía una conexión especial con Patricio, me gustaba, me encantaba hablar con él. Hasta le conté intimidades, y sin sonrojarme, lo cual ya era demasiado para mí. Pero no estaba segura de seguir adelante. Tenía miedo. Pasaron algunos días y no podía sacarme sus palabras de la cabeza. Me daban vueltas interminables. Quería conocerlo, quería probar… quería todo. Pero tengo miedo, mucho. Al final, decidí escribirle y contarle todo lo que me estaba pasando por la cabeza, y para mi sorpresa, su respuesta fue todo lo que yo esperaba y quería… estaba dispuesto a conocernos, a manejar para venir a verme, a dejar de lado la tranquilidad de su pueblo para venir a la ciudad y aunque solo sea por un rato. Creo que en ese momento y con sus palabras, me enamoré perdidamente de él.
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