UN REENCUENTRO CON EL PASADO

1354 Palabras
Cerrillo no se caracterizaba por ser una ciudad con aires de capital ni mucho menos, al contrario, era un verdadero corazón palpitante la mayor parte del día y se convertía por las noches en un mundo de luces, jolgorio, alegría y diversión. Era una ciudad con vida propia, moderna y actualizada, además de ser el centro turístico número uno, lejos de otras grandes ciudades importantes también. Alexander se levantó ese sábado y, al ver a Nora en la limpieza y renovación de los placares, tomó la decisión de erigirse en el chico de los mandados y quitarle ese peso a su madre, yendo a la feria central para hacer el pedido del mes. Obviamente Nora no se opuso a esta quijotada de su hijo y le dio vía libre para ese quehacer, sin antes prepararle minuciosa y obstinadamente un listado diagramado con perfección a cerca de lo que debía traer, marcas, precios y alternativas, por las dudas hubiese productos y marcas faltantes. La feria San Javier era, entre muchas de Cerrillo, la más grande y la más importante, como así también la más concurrida, en donde la gente debía armarse de una paciencia extrema, no sólo para caminar, ver y comparar, sino, para adquirir y luego formar larguísimas y eternas filas que volvían loco a más de uno. Ingresar en el mundo de esa feria era hacerse a la idea de pasar muchas horas allí, por eso la gran mayoría decidía disfrazarse de cordura para no perder los estribos. Alexander entró con su música metida en los oídos y abstraído totalmente del ambiente que lo circundaba, tarareando aquellas canciones y con los ojos bien abiertos para no tener que enfrentarse a las represalias de su madre. Una mano lo sostuvo de su brazo derecho y lo detuvo repentinamente haciéndolo girar hacia esa persona en cuestión. La incredulidad, la sorpresa y una alegría inconmensurable, lo llevaron a Alexander a quitarse – con una lentitud difícil de manejar – los anteojos negros que lo cubrían de un sol importante a esa altura de la mañana. Frente a él, Markell lo aguardaba con los brazos abiertos, los ojos inundados, y una sonrisa que le desprendía de cuajo la mandíbula. - ¡Markell querido!, ¿qué hacés por estos lados? ¡tantos años!, ¿cómo estás? – preguntó enloquecido Alexander observando a aquel de arriba abajo como si se tratar de un ser de otro universo. - ¡Alexander amigo! – sólo alcanzó a decir Markell antes de que aquel le sellara la boca con ese abrazo enorme. - ¿A dónde estabas? – preguntó Alexander tomándolo del rostro, mientras lo sacudía queriéndole extraer esa repuesta que él esperaba. - Siempre estuve aquí, Alex, no me fui a ningún lado – contestó Markell sobrepasado por la felicidad de reencontrarse con su amigo. - ¿Nos echamos un café? – propuso ansiosamente Alexander. - Tengo una mejor idea – dijo en una postura más real Markell: - Nos juntemos esta noche en Boris hasta que se hagan agua los helados, ¿qué me decís? - Excelente idea, amigo mío – respondió Alexander palmeando el brazo de Markell. Y continuó: - Aventaría todo al carajo, pero la Nora me corta el cogote si no llego con esto a casa tal cual ella me lo ha pedido. - ¿Cómo está esa vieja hartante? – preguntó Markell mientras se despanzaba de risa recordando a Nora en aquellos tiempos. - Igual, hermano, igual, es la misma de siempre y va a morirse así – dijo Alexander uniéndose a la carcajada de aquel. - Aunque hace ya seis años que no la veo ni supe más nada de ella, sigue, aquí en corazón, siendo mi segunda mamá – dijo Markell pasando de la alegría a la melancolía en menos de un segundo. Él siguió: - Así que hacé los mandados como ella te lo pide porque los dos sabemos a dónde puede llegar esa vieja chiflada cuando no le salen las cosas como ella quiere – terminó por agregar Markell haciendo que sus palabras provoquen un último abrazo antes de la despedida. Boris, era un tugurio de mala muerte en las afueras de Cerrillo, pero uno de los sitios más concurridos. Su decoración natural, su costado vintage y esa energía única que danzaba en el ambiente como si se tratase de una verdadera música flotante, inyectaba en la juventud un deseo obsesivo y permanente de perderse hasta que las primeras luces del sol se asomaran a cincuenta kilómetros detrás de las montañas. La rodaja de un árbol añejo y gordo, pero bien lustrado y barnizado, oficiaba de mesa dentro del bar, sostenida por una estructura firme y dos sillas altas y cómodas con asientos de pana verde. Muchas de esas terminaban de completar la escenografía y en una de ellas anclaron Alexander y Markell. - La vida, los problemas, las circunstancias y las urgencias, son las que, a veces, terminan abriendo una brecha entre las personas – rompió Markell ya sentados cómodamente. Y continuó: - Mis padres se quedaron sin empleo y mi hermano y yo tuvimos que ponernos la casa y las responsabilidades al hombro. Esa situación me llevó a dejar los estudios y a trabajar de sol a sol para mantener la familia y salir de las deudas que mi pobre viejo adquirió, además de, entre otras cosas, distanciarme obligado por esas eventualidades de amigos y personas muy allegadas a mí – Markell puso al día a Alexander y éste actualizó a su amigo después de seis años alejados entre ellos. Las primeras vetas de la claridad dominguera parecían asomarse tímidas en la lejanía de Cerrillo, y los primeros bostezos de ambos, después de ocho horas ininterrumpidas de una conversación fresca y deseada, comenzaban a mostrar su cara. - ¿Cuál es el horario que hacés en el instituto?, preguntó Markell mientras recogían sus abrigos para emprender la partida. - Estoy en la nocturna por ahora – contestó Alexander y siguió: - No me quedó más opción que escoger ese segmento porque trabajar con mi padre me lleva casi todo el día. - El lunes, sin falta, me llego y nos vamos por ahí, ¿qué me decís? – propuso Markell. - Una idea espléndida. Tenemos mucho por contarnos todavía, esto recién empieza – Alexander, en la camioneta de Basilio, llevó a Markell hasta su casa distante una media hora de Boris. La despedida fue tan sentida y emocionante como la mañana en la feria, y era lógico, los años y las vicisitudes se habían encargado de crear una franja que fue abriéndose conforme fueron pasando los años, y que esta vida les diera la posibilidad de regresar a esos viejos tiempos y a alimentar de nuevo esa amistad, no sólo era para festejar, sino también, para fundirse en un abrazo de hermandad. El preceptor llamó a la puerta y de inmediato el catedrático dio la autorización para que aquel interrumpiera la clase. “Buscan a Alexander Novoa en el ingreso”, dijo asomando al salón sólo el busto de su cuerpo. El profesor permitió la salida de Alexander y la clase pudo continuar sin ninguna dificultad. Una distancia importante separaba el aula de Alexander del ingreso del instituto, y así mismo, él podía darse cuenta de que Markell, como había prometido ese sábado por la noche en Boris, lo estaba esperando con esa sonrisa amplia que le abarcaba la totalidad de su rostro. Alexander apuró el paso y, en los últimos metros, un trote leve lo gobernó y lo depositó en un nuevo abrazo inolvidable entre los dos. “Lo prometido, es deuda”, dijo Markell soltando y estrechando nuevamente a su amigo. Junto a él, alejada unos metros y observando los transparentes informativos del establecimiento, una joven hermosa y de buen porte, parecía esperar por Markell. - ¿Es tu novia? – preguntó disimuladamente Alexander. - No, es Martina, mi prima hermana – respondió Markell desestimando de plano esa posibilidad. - Es hermosa – dijo Alexander, pero rápidamente volvió la atención a su amigo y, así, aprovechar por un buen rato esta visita jurada de antemano.
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