Capítulo 4: Los ojos de su perdición

1507 Palabras
Olivia se queda impactada en aquella sala de reuniones, las lágrimas están a punto de escalar, cuando las puertas se abren de pronto y el secretario real entra con dos hombres de seguridad. —Es ella. Asegúrense de que tome el taxi fuera del edificio —apenas consigue salir del shock que le produce la situación. Los hombres la toman uno de cada brazo y la sacan de allí. Olivia intenta protestar, pero él secretario real le advierte. —No le conviene hacer un escándalo, señorita. Eso solo podría empeorar su situación aquí. —Por favor, dígale al príncipe que me deje explicarle... —El príncipe Khalid está ocupado en otra reunión más importante. Váyase y arregle sus problemas con su jefa, la que ya está al tanto de la cancelación del trato. Olivia se queda callada, se deja llevar como si fuera una delincuente y, de cierta manera, es así. En su mente piensa que ha sido una fortuna que lo ocurrido con Khalid haya sido en avión norteamericano… y eso mismo es su desgracia, porque de haber tenido bandera de Emiratos Árabes, para empezar no se habría alcoholizado. La suben en el primer taxi que pasa fuera y le dan una orden al conductor que Olivia no logra entender. Las lágrimas corren sin control por su rostro, se siente usada, abandonada y desesperada. Ese hombre fue quien tomó toda la iniciativa y ahora la ha culpado de todo. —No solo se pasó de listo… por su culpa me quedaré sin trabajo. De pronto, se da cuenta de que su jefa no le está gritando y es porque no tiene su teléfono consigo. Recuerda que lo tenía en silencio en su bolso… el mismo que se ha quedado en la sala de reuniones de Urban Elegance. —¡No puede ser…! —le toca el hombro al conductor y le hace señas para que se detenga—. ¡No tengo dinero! El hombre comprende escasamente lo que le dice y se detiene a un lado del camino para que se baje. Olivia le pide disculpas, se baja y mira a todos lados, sin saber a dónde ir ni qué hacer. No conoce a nadie y lo peor de todo es que nada de lo que haga puede ayudarla, aquí no sirve gritar ni llorar. Aquí es nadie y tiene que pensar rápido una solución. —Veamos… no me puedo ir al hotel porque queda lejos. No tengo dinero, identificación ni nada… —suspira al tiempo que se pasa las manos por el rostro y comienza a caminar—. No me queda más que regresar a ese lugar y pedir mis cosas. Se ajusta el hiyab y comienza a caminar en sentido contrario. Baja la mirada, solo para que no vean las lágrimas que de vez en cuando le salen. No puede creer que esté acabada solo por beberse tres cócteles. Al llegar tiempo después al edificio, pide que la dejen entrar por sus cosas, pero para su mala suerte el secretario real va saliendo y la saca del edificio como si fuera una ladrona. —¡Debe irse de aquí o llamaré a las autoridades! —tal vez sea la desesperación, pero Olivia pierde el miedo un poco y le grita. —¡Si quiere que me vaya, regréseme mis cosas! Lo único que quiero es largarme lejos de la gente como usted, pero no puedo sin dinero ni identificación. El hombre ordena a alguien que busque lo que Olivia exige. Unos minutos después llegan con su bolso y su maletín, pero no contento con el trato que le han dado hasta el momento, el secretario decide lanzarle las cosas, regando todo en el suelo. Olivia está paralizada por la humillación mientras el secretario real la observa con desaprobación. Ya no puede evitar las lágrimas que escapan de sus ojos, pero no puede permitir que se vean, así que se agacha para recoger sus cosas y así ocultar lo que le provocan sus acciones. La última vez que había sido tratada de esta manera fue en su casa, cuando sus padres la regañaron por su comportamiento imprudente de adolescencia. Esta vez, sin embargo, es mucho peor. Esta vez no es su familia quien la juzga, sino un mundo entero que parece haberse cerrado ante ella. La humillación es total, pero Olivia se mantiene en silencio, ya no queda mucho que pueda hacer. Cuando termina de ordenar sus cosas, a paso lento se dirige al taxi que la llevará de vuelta al aeropuerto, sin siquiera decir una palabra mientras los guardias la escoltan. En su mente, una y otra vez repite las mismas palabras, «todo se ha acabado, todo lo que había planeado está destruido solo por aquellos ojos que me embaucaron». Al llegar al aeropuerto, la ciudad se siente aún más ajena y fría, su cabeza late con fuerza, y cada paso que da parece una eternidad. A medida que el abordaje se acerca, una pequeña parte de ella desea escapar de la realidad. Pero no puede, sabe que tiene que enfrentar las consecuencias de sus decisiones, aunque no quiera. El vuelo de regreso a Estados Unidos es largo y silencioso, Olivia mira por la ventana sin ver nada. ¿Qué hará cuando llegue? ¿Cómo se enfrentará a su jefa, a sus padres? Lo único que sabe es que todo está fuera de su control en su vida y no tiene idea de cómo ordenar el caos que ha dejado el paso de Khalid Al-Hamidi. Cuando el avión aterriza, Olivia siente que se le cae el mundo encima. El regreso a la oficina está lleno de tensión, pero no puede huir para siempre, por lo que mejor la enfrenta de inmediato. En la oficina, nadie se atreve a mirarla directamente, pero todos conocen la noticia. Ella no necesita que le digan que ha sido despedida; lo sabe. La señora Gunter la recibe con una mirada fulminante, Olivia entra al despacho con la cabeza baja, ya esperando el regaño. —¡Lo sabía! —comienza su jefa sin levantar la vista de los papeles—. ¡Siempre supe que no serías capaz de manejar esto! ¡¿Acaso no te diste cuenta de que arruinaste todo?! El trato que ibas a cerrar era lo único que podía elevar esta empresa. Pero tú lo destruiste todo. ¡Todo! Olivia siente el nudo en su garganta, pero no puede contestar. Las palabras no tienen sentido en su mente, todo lo que esperaba del viaje se ha desmoronado en pedazos. —No puedo creer que haya confiado en ti —continúa la señora Gunter, sin piedad—. Tu trabajo aquí terminó, Olivia. ¡Lárgate de mi empresa! ¡¡Y ni sueñes que volverás a trabajar alguna vez en una empresa de moda!! Y así, con esas palabras, Olivia recibe la confirmación de que su carrera en la empresa y en todas las demás, ha llegado a su fin. Es un golpe más a su autoestima, pero lo acepta en silencio. ¿Qué otra cosa puede hacer? El regreso a casa es aún peor que su despedida en el trabajo. Cuando sus padres la ven entrar y les cuenta la noticia, la mirada de reproche de su madre es inconfundible. Olivia no sabe qué esperar, y lo peor es que no tiene cómo explicarles lo que pasó. —¡¿Cómo pudiste, Olivia?! —dice su madre, incapaz de contener las lágrimas y los gritos—. Después de todo lo que hicimos por ti, después de tantos sacrificios, ¡¿así me lo pagas?! Su padre no dice nada, pero su mirada lo dice todo. La decepción en sus ojos pesa más que cualquier palabra que pueda decirle. —Perdí el trabajo, papá. No pude evitarlo —responde Olivia, con la voz quebrada, mientras mira al suelo. Ya no puede aguantar más, sabe que sus padres tienen razón en estar enojados, pero no sabe cómo explicarles que las circunstancias fueron más grandes que ella, sin decepcionarlos más. —¡Tú no entiendes, Olivia! —grita su padre exasperado—. Esto no es solo un error, ¡es una vergüenza! ¿Cómo vas a vivir ahora? ¿Qué vas a hacer? ¡¿Quién va a contratar a alguien como tú después de esto?! Las palabras de su padre atraviesan su alma. ¿Cómo pudo haber llegado a este punto? En su mente, las piezas del rompecabezas se van ensamblando lentamente. Está sola, sin apoyo, sin trabajo, y sus padres la miran como si fuera una extraña. —Lo siento —murmura, mientras las lágrimas caen sin control—. Lo siento tanto. Sin saber cómo, termina en su cuarto llorando frente a su teléfono, buscando cualquier trabajo que la pueda sacar de la casa para no recordar todo lo que ha sucedido, para evitar que sus padres se molesten más con ella, pero sobre todo… para sacarse de la cabeza aquellos ojos azules que la hechizaron y la llevaron a la perdición.
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