09.

968 Palabras
Narra Nancy. Años atrás. —¡Entonces grité! —Oliver reía —Y-y... —Se agarró el estómago —Chiquis y Pedro José... El hecho de que dijera eso casi en un hilo de voz por la risa, me dio tanta gracia que segundos después: Oliver, Alexandru y sus amigos reían seguramente por mi risa también. Tuve el valor de callarme. Pero cuando todos me vieron aguantar la risa rieron más y yo no pude evitarlo. Era vergonzoso pero sabía que pronto lo superaría. —Insuperaable... —Suspiró Alexandru, todos asentimos después de parar de reír —Fue Henry... Estaba tan borracho que pensó que podría jugar con ellos. Henry era el hermano mayor, tan solo por tres años, de Oliver. Había tenido la oportunidad de conocerlo después de aquella reu-fiesta a la que nadie quiso volver incluso después de que Alexandru y su tío lograran enjaular a los Rottweiler. —La cara de Naaancy, oooooh... —Oliver quiso volver a reír y le di un golpe en el pecho —Eres una mala agradecida —Me señaló, “molesto” —Te salvé la vida, como el primer día... Habían pasado seis meses desde ese día y las cosas entre nosotros no habían cambiado en absoluto; él disfrutaba manipularme, fastidiarme y hacerme reír para luego burlarse de mi risa teniendo el apoyo de sus secuaces. Y sí, en tan solo seis meses me había acostumbrado puesto que en un arrebato de celos por pasármela con ellos, Josefina, mi única amiga, me quitó el habla. Sí, así nomás.   Había intentando incluirla en nuestros planes pero su madre casi no le dejaba salir, la pobre... tenía cinco hermanos menores que no la dejaban en paz, así que solo podía “respirar” estando en la secundaria. Una en donde yo me la pasaba con los chicos y ella se rehusaba a estar presente. —Me vas a decir que no te gusta alguno ¡por favor! no soy tan ingenua, Nancy. —Pero... —La detuve antes de irse y que Oliver llegara a nuestra charla diaria —No me gusta ninguno, Jose... mucho menos Alexandru, sabes que no soy así... —Pues me has dejado sola, Nancy. Y todo por estar con ellos, así que no te creo. Solté un suspiro pesado al verla alejarse. Desde ese día no volvimos a hablar. Y para mi dicha cuando estuve triste por la acción de Josefina, los chicos comenzaron a invitarme al cine, al parque, al río... Mi mirada viajó hasta la cara de Oliver quien charlaba con sus amigos y yo recordaba aquél día del río. Me gustaba el agua, de todo tipo, así que en cuanto Oli mencionó el agua cristalina y fría no me negué en ir, aunque tuve que llevar a Carol conmigo ya que mamá no confiaba en mi persona sola con cuatro chicos hormonados. En las orillas del río me encontraba yo, triste porque no podía sumergirme en el agua ya que a mi inoportuno mes se le antojó adelantarse. Veía a mi hermana tirarles agua a los chicos mientras ellos intentaban “ahogarla” y yo reía entre mi tristeza disfrutando de la vista y la fría brisa golpeando mi piel suavemente. Sonreí mirando hacia arriba. El chico de ojos verdes frente a mi estaba mojado, con su cabello despeinado, con las manos en la cintura y el rostro ladeado como cachorrito haciendo mis mejillas sonrojar. —¿Puedo sentarme? —Asentí mirando a los chicos, pero me sentí muy incómoda mientras él me detallaba por milésima vez. Llevaba un vestido de dos piezas morado pastel que según Carol me hacía ver guapa. —Uhm... —Apoyé mi mejilla de mi propio hombro y esperé que continuara —¿Te has dado cuenta que no he podido conseguir ligue? Prensé mi dentadura evitando sonreír, en vano. Y es que eso, de alguna manera, me hacía sentir bien. Oliver no había podido salir con Josefina, y gracias a su “meta” y fama, ninguna chica quería algo con él, lo cual me había dicho muchas veces “hería su orgullo y encanto juvenil.”  Un encanto que, tarde o temprano me iba a terminar conquistando, si no es que en ese momento ya lo hacía. —Un poco, sí... —Intenté verme seria, pero él rodó los ojos y sacudió su castaño cabello llenando de gotitas de agua mi cara —Para que no te burles, caramelito. Tragué hondo ¿Qué me había dicho? La palabra se repitió en mi mente mientras observaba su sonrisa adornada por dos hoyuelos mirando a los chicos divertirse. Me había dicho “caramelito” y yo estaba sudando incluso con el frío que hacía. Mis palpitaciones subieron y antes de que él se pudiera dar cuenta del sonrojo oculté mi cara entre mis piernas. —¿Ocurre algo? Sí, me acabas de poner un apodo muy dulce que jamás te había escuchado decir. Porque él solía llamarme “panita”, incluso el cliché “bebé”, pero jamás “caramelito” ¿por qué había dicho eso? ¡Yo no tenía cara de caramelo! —M-me duele el vientre... —Mentí, pero rápidamente, de castigo, sentí mi vientre retorcerse haciéndome hacer una mueca —Es por el frío... Él frunció el ceño mostrándose preocupado, y lo miré confundida mientras se levantaba y se colocaba detrás de mí, sentándose sobre otra roca. Suspiré cuando con sus brazos aunque delgados y algo mojados, me envolvió en un abrazo desde mi espalda que me estremeció. Mi corazón latía desbocado y él sin decir palabra alguna se reía de los chicos mientras recostaba su mentón en mi cabeza y algunas gotas caían en mi frente. Él estaba siendo mi abrigo y a mí no me importaba que lo fuera.
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