Narra Nancy.
Años atrás.
—Entonces... ¿Qué haces acá, panita?
—Pa ¿qué...?
Mis ojos se abrieron y sentí mi cuerpo tensarse cuando el chico de ojos verdes, que aún no sabía su nombre, se colocó a mi lado.
¿Que qué hacía frente a la secundaria sola?
—Ehm... espero a mi mamá...
Miró a todos lados, lo seguí con la mirada y pude verlo incluso mejor que el día que salvó mi vida... Vale, tal vez no “salvó mi vida” pero al menos me salvó de darme otro carajazo y que además pasara más vergüenza. Bueno, como sea, me concentré en verlo.
Tenía unas cejas gruesas pobladas castaño claro, al igual que su cabello alborotado, alguno que otro grano no se hacía ocultar en su frente, su cara era redonda y tenía una nariz acorde al tamaño de su rostro adolescente. Y parecía que... ¿En qué momento me encontraba preguntándome si tenía novia por los dos pequeños cortes que tenía en los labios?
—Lo único que esperaba era un “Gracias”, panita.
—¿Panita? —Fruncí el ceño y traté de ocultar mi sonrisa.
¿Desde cuándo éramos “panitas”?
—Espero mis “gracias”...
Yo no podía verlo porque intentaba concentrarme en el horizonte pero aún así podía notar su rostro de un lado esperando por mí.
Asentí sin poder evitar sonreír y lo enfrenté mirándolo a la cara —Pues gracias, panita...
Él sonrió ampliamente dejándome ver unos hoyuelos y sentí que me estaba derritiendo en ese preciso momento ¿Qué? ¿Por qué era tan lindo? Estaba segura que hasta molesto, cansado o durmiendo podría lucir igual de coqueto. Maldita adolescencia ¿Cómo era que a mí aún no me transformaba?
No consideraba que tenía buen cuerpo, pero tenía el cabello con ondas naturales ay muy bello eso sí, era de un metro cincuenta y cuatro, una altura adecuada según yo pero me hacía sentir intimidada delante de chicos como él, que podía medir seguramente unos seis centímetros más que yo, o quizás más. Tampoco era que me iba a poner a sacar una cinta métrica o algo así para saberlo.
Vale, ese chico me ponía a pensar estupideces.
—¿Segundo o tercero? —Sus ojos verdes me inspeccionaban, con evidente curiosidad.
—Tercer año —Traté de no mirarlo pero él hacía lo posible para que yo lo hiciera ¿cómo? Pues moviéndose a dónde iba mi vista.
Sí, allí, solos, frente a la secundaria. Cualquiera que lo viera pensaría que estaba bailando. La situación era cómica, pero no podía reírme ¡Tenía que controlar mis nervios!
—¿Y no quieres saber en qué año estoy?
Lo miré de arriba abajo como si ya no lo hubiese inspeccionado —Cuarto.
—¿Cómo lo sabes?
Me alcé de hombros —No tienes camisa de promo, y créeme, cuando llegamos a ultimo año todos nos volvemos adictos a ella.
Soltó una risita que me hizo estremecer ¡Demonios! Necesitaba saber si ese chico tenía algo malo ¡Hasta se reía bonito!
—Lo dices como si te hubieras graduado de bachiller muchas veces.
—Solo lo he visto... —Le sonreí, él asintió. Y justo cuando pensé que se callaría volvió a hablar. Le gustaba charlar ¿verdad?
—Eres Nancy ¿no?
Tragué seco ¿Por qué sabía mi nombre? ¿Cómo rayos sabía mi nombre?
—Sí.
—Es que está en tu collar...
Vergación... creía que estaba empezando a hacerme mal ese chico ¡El collar! ¡Sí! ¡El collar que yo llevaba puesto con mí nombre!
—Mucho gusto, yo soy Oliver —Colocó su codo a un lado y fruncí el ceño —Chooocalas...
Con una sonrisa levanté mi codo para chocarlo con el suyo y no supe qué más hacer o decir. Rezaba a la Chiquinquirá para que me hiciera el milagrito de que mi madre apareciera.
No quería parecerle una tonta, yo no quería...
“Y he aprendido que amar a dos, es igual a no amar ninguna. Rubia, sol, morena, luna...”
Un carro pasó reproduciendo aquella canción y mis ojos se enfocaron en el cuerpo despreocupado del chico de ojos verdes que bailaba. Pero no, no, no estaba bailando como una persona normal.
Bailaba... ¿bachata?
No pude contener la risa fuerte que salió desde lo más profundo de mi cuerpo. A los pocos segundos, ya teniendo su atención mientras él seguía bailando bachata y cantando aquella canción de Rock, yo me tocaba el estómago porque empezaba a dolerme. Me estaba quedando sin aire, seguramente me veía como una fresa después de un maratón, roja y sudada.
¿Pero qué v***a me estaba pasando?
—Te ríes horrible.
Detuve mi risa e hice una mueca molesta. Hirió mis sentimientos. Nadie tenía el derecho de decir que me reía horrible porque eso era algo que...
—Lo sé —Rodé los ojos cruzándome de brazos.
—Puedes decirlo —Volví a ver de reojo cómo ladeaba su cabeza.
Lo miré y al ver su sonrisa aguantada con ese par de hoyuelos volví a reír.
—Bailas patético.
—Lo sé.
Ambos nos miramos con una sonrisa y él, como si no le importara que fuera a reventar sus tímpanos siguió bailando como hacía unos segundos.
Ese chico era un desvergonzado, pero uno divertido.