Una sátira de eventos

1609 Palabras
—Descansa bien —me dijo este amable caballero, el era Giordano, el mejor amigo de Antón De Luca, mi ahora esposo. Esa noche pude dormír muy profundamente. Antón no volvió a la enorme mansión, ya siendo de noche la casa me parecía demasiado grande y vacío. Después de todo, solo conocía aquel cuchitril de vivienda. Así pasaron tres días mas sin saber nada del hombre con quien me casé, tenía ganas de saber de mi madre, así que me había puesto a investigar desde casa, hice llamadas a varios hospitales, en todos me decían que no tenían ingresados a ninguna paciente de nombre Lisa Melendez. Empezaba a preocupar, hasta que al cuarto dia, hubo una chispa de esperanzas, me respondieron que si tenían ingresada a una mujer por nombre Lisa Melendez. Por supuesto eso me inyectó adrenalina a mi vida, rápido me alisté y salí de casa. Aunque deba decir que me costó elegir una mudada adecuada, pues la habitación que me dieron, tenía un enorme clóset, que en realidad era otra habitación, pero llena de ropa y calzados, todos de mi talla, era increíble pensar que todo eso estaba ahí para mí. Al llegar a dicho Hospital, si pude comprobar que aquella paciente era mi madre, dispuse a sacarla del área donde estaba y la llevé a un hospital que el gobierno mantenia con perfil bajo para personas sin tantos recursos, yo no sabía que me deparaba el futuro con el esposo que me tocara, también en esa vida con mi madre, nunca conté con alguien mas, así que hice presisamente lo que ya sabía hacer, contar con mi instinto. Volví a esa enorme mansión, tuve problemas para entrar, pues era recién que llegara a vivír en ella, los que custodiaban la entrada a la mansión no me conocían y no dejaron pasar, el portero tuvo que llamar al Jefe, asi fue como en menos de veinte minutos estaba ahí ese hombre con cara de querer aplastar a una cucaracha. Me tomó de la muñeca, me llevó al interior de la casa ante la mirada incrédula de todos los que podían vernos. Mientras me decía. —"¡¿Quien te dió permiso para salir de casa?!" —por Dios, me dije, ¿yo no sabía que ya no podía ir y venir, que le pasaba a este loco? —¿Debia hacerlo, el pedir permiso a alguien? ¡Yo nací libre, y así sigo siendo, una persona libre! —me proclamé molesta. No me había dado cuenta el enojo que el hombre estaba experimentando, de haberlo sabido, me hubiera quedado callada quizás. —¡Tú! —me señaló. Al verle, ya no tenía esa gracia que lo caracterizaba días atrás, su temple, su seguridad, habían sido reemplazados por una escarcha de hielo, sus ojos penetrantes, fulminaban solo dolor, odio, pero... ¿porqué? Pronto supe el porqué pensaba así por que lo dijo con todas sus letras. —¡Por que te compré! Pagué por ti y ahora me perteneces. —¡Que diablos! —balbuceé con desencanto. —¡Así que ven aquí! —gritó, me llevó a las recámaras, esta era otra habitación, todo el diseño de la habitación me sabía a blanco y n***o, nada de excentricidades, tonos grises por todos lados, paredes blancas y oscuras, era lo que veía. Me tiró a la enorme cama de forma redonda, traía sábanas rojas de seda, sentí el arropamiento al caerme sobre ella, él me miró, y me dijo: —Tú, sabes que me perteneces, aún cuando decidiste confagularte con ellos para engañarme, me pagarás con creces el verme como a un idiota. —¡Yo no te he hecho nada! —le grité. —Oh si, eres una falsa, ¿cómo te atreves a hacerte pasar por Alana? —al decirlo, tenía un semblante macabro. —¿Falsa yo? ¿Que hay de ti? Fuiste a verme unos días atrás, y no pudiste darte cuenta que ellos te entregaban a la persona incorrecta y no a la que "tú querías" Jáh, ahora soy yo culpable de tu poca capacidad para distinguir. —Me das risa —articulé mis palabras llenas de sarcasmo ante su ataque. Para que dije lo último, él se acercó a mí y me tomó del cuello, me acercó a su aliento, que por cierto olía a alcohol, a menta y tabaco. Olía a pura testosterona de macho. Me tomó y me mantuvo debajo de su cuerpo, a principio me asfixiaba, pero luego me embargó una calma. Él estaba casi borracho, me besó, su beso era como de enojo, molestía, pero luego fue suavizando la interacción, de pronto dejó de besarme y dijo: —¿Crees que te tocaré? ¡Olvídalo! —me miró iracundo y se apartó de mi lado, antes de abandonar la habitación, se volvió y dijo: —La estoy buscando a ella, y cuando la encuentre la traeré a casa, y tú serás su sirvienta. —¿que diablos acabo de escuchar, así era la vida de injusta conmigo? Pero el no sabía de qué material estaba hecha mi espíritu, no lo sabía, pero lo sabría. —¿A quién? —pregunté, aunque yo ya sabía de a quien se refería, y era a Alana Evans a quien buscaba. Me acurruqué abrazando mis rodillas, ¿quién era él para afectarme, era nadie en mi vida, así que por qué esta sensación de pérdida que empecé a sentir en mi corazón? ¿Por qué esta turbulencia? Me sequé las lágrimas, vi por la enorme ventana que se estaba yendo. Entonces este era su plan, encontrarla a ella y recuperarla, mientras a mi no me soltaría, me haría pagar la estafa que otros llevaron a cabo. "¡Vaya i***t'a!" murmuré antes de devolverme y acostarme en la cama. Tres días después, él llegó de nuevo, esta vez traía a Alana con él, Alana se veía fatal, su rimel corrido, su maquillaje hecho un guiñapo. Su rostro desencajado lo decía todo. Me dijo el sinverguenza hombre. —¡La habitación que te dí, será para Alana, sal de ahí! —vi en el rostro de Alana una sonrisa sutil, se estaba riendo al parecer por dentro. —¡Tu te quedarás en la habitación contigua. —que rayos le pasaba a este hombre, a ella la estaba acomodando a la primera habitación, pero a mí me envíaba a la lújubre habitación de dos colores; el gris y el ne'gro aún así, ¿que podía decir yo? Era su casa. No dije ni media palabra. Vi entrar al otro hombre guapo, la de actitud gentil, mis ojos brillaron al verle. Sin previo cuidado grité. —Señor Giordano, no lo había visto venir en dias. Se sonrió conmigo, era su rostro como el Sol, siempre brillaba. No me daba cuenta que me excedía en mostrar alegría, pues él ogro me quedó mirando con ojos voraces. —Si, tenía mucho trabajo —respondió amablemente. —el hombre me miró a mi, luego a su Jefe, en este caso a Antón De Luca. Ambos se fueron a la habitación donde siempre se encerraba, el despacho. Alli los dos hombres se miraron y el Diablo le dijo a su mano derecha, a Bruno. —¿Que fue eso? —¿Eso de qué? —Ella fingiendo felicidad al verte. —Ya te dije Antón De Luca, ella fue aprovechada por la familia de tu noviecita, de Alana, ella no es culpable. —¿Siempre defendiendo lo indefendible? —recriminó el Diablo a su amigo. —No, no lo hago. Ella es más víctima que cualquiera aquí. Investiga un poco y verás. —siseó Bruno Giordano. —Además, no me gusta lo que estás haciendo. —¿Y que es lo que estoy haciendo? Dime. —¡No puedes traer a tu amante bajo el mismo techo que a tu esposa! —Jajaja se rió el Diablo ante lo dicho. —Si esa entrometida no se hubiera metido en mi relación con Alana, hoy Alana sería mi esposa y no ella. —Vamos Diablo, ¿que esperas de una mujer que no tiene lealtad ni con su familia? Planeó toda la estafa con ellos, pero a la hora de ver que los aplastabas, prefirió traicionarlos, culparlos solo a ellos. —Lo que ella dijo es la verdad, su familia planeó engañarme porque sufrió sobornos por esa chiquilla de ahí afuera. —¿Y ahora crees en lo descabellado que dice una mujer safada de la cabeza? —Helena es la víctima aquí, y en todo caso, ya que tienes a tu querida Alana contigo, déjala ir. —Jajajaja. No haré tal cosa, ella me pagará con creces todo. —¿A qué todo te refieres? ¿Al dinero, si eso es lo de menos, tu tienes a manos llenas? —el hombre renegó con la cabeza, para finalmente decir. —No la dejaré ir. Morirá a mi lado. —Te pagaré el dinero que le entregaste a tus estafadores suegros, a los padres de Alana, deja ir a Helena. —¿Cuál es tu interés con ella eh? Te gusta mi mujer. —Giordano tragó saliva, no respondió de inmediato. El diablo supo ahí que había dado en el clavo, su meticuloso amigo al parecer le había gustado una mujer, y esta era la menos indicada. ¡Aléjate de mi esposa! —señaló con el dedo a su amigo, tenía ojos de celos, pero no se daba cuenta. Dicho eso dió la vuelta y pegó un zarpazo a la puerta dejando a Giordano solo. —No es que ella me guste... solo quiero ayudarle. —murmuró.
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