Amaranto procedió a deslizarse rápidamente hacia las bóvedas y dejó uno de los vehículos que no habían sido tomado por las autoridades, dejándolo lo más cerca posible del búnker donde estaba todo el lingote; se hizo a unos costales en los que metió a las malas los billetes que pudo, y los subió hacia el baúl del carro, asegurándose de dejar algunos montones de dinero para que las empleadas pudieran irse, antes que llegara la Fiscalía o algún órgano estatal. Se dirigió en el coche hacia la hacienda, debido a que había unos cuantos metros de distancia, volvió al sótano, y le entregó unos pequeños bultos de dineros a las empleadas. Las subió al carro, como si se tratara de reses de ganado, y las sacó a la vía principal que de Riofrío conducía a Tuluá, para que tomaran cualquier transporte

