Pasaba la gente, y nosotros de pie al lado de ellas, con una pequeña inscripción debajo de cada pintura, y sobre su elaboración, una justificación de lo que vendíamos. Pasaron señores y señoras, más que nada señores, a observar y mirar fijamente las pinturas, luego pasaron jóvenes de dieciocho o diecinueve años, en una postura bohemia, buscando quizá algo para hablar con las chicas el fin de semana en son de parecer más intelectuales que sus demás compañeros. “Muy bonito” decían las señoras, con un tono maternal, como diciendo “buen trabajo hija” para darnos esos apoyos morales, muy tiernas ellas, aunque seguramente no entiendan nada de lo que están viendo, o seguramente ni les haya gustado, las viejas son muy criticonas a decir verdad, ni se esfuerzan en disimularlo con la mirada. Mientras estaba de pie veía la exposición de Ana María al otro costado del pabellón, era una única pintura, esta parecía ser muy angelical, con un par de querubines recostados en un largo sofá que parecía demasiado exagerado para ellos dos, un sofá rojo que hacía contraste con sus pálidas carnes, con un fondo en marrón de una pared de algún cuarto, y un suelo también en tablones, que iba aclarándose a medida que avanzaba hacia el espectador mostrando un brillo, el cual chocaba con un frutero manchado de un poco de sangre, era uno de los trabajos más logrados según ella, parecía que lo había hecho con mucha cautela, y los querubines estaban con un nivel de detalle excepcional. Me seguía pareciendo increíble el nivel de talento que esta mujer poseía, divinamente podría estar en alguna exposición de mayor jerarquía que la nuestra. que parecía más una exposición de clases, que una verdadera exposición de arte.
—Buenas tardes señorita—dijo un señor tocando mi hombro, con una frente plagada de capas de arrugas
—Sí, buenas tardes, casi noches, dígame—dije carismática
—Si, si….—dijo y tomó aire dificultosamente—¿Es esta pintura es suya?—dijo señalando la pintura del pasillo rojo
—Sí señor, dígame qué le parece
—Está muy bien hecha señorita
—Gracias...—dije al borde de seguir con mis pensamientos—
El señor de repente saca su billetera, la cual era del tamaño casi de un bolso por lo ancha y larga de su envergadura, le costaba agarrar el cierre de la cremallera debido al temblor de sus dedos y su falta de precisión.
—Qui...quisiera comprarla—decía en un tono polvoso, como ahogado
—Si señor, vamos a negociar—dije sorprendida al ver que iba a vender la obra que me parecía un adefesio e incluso una ofensa hacia el arte, aquí uno podía negociar el precio con el comprador, normalmente mis pinturas las vendía a doscientos mil pesos, pero desde que estoy en las presentaciones en salones puedo hacerlas subir hasta setecientos mil pesos, lo que hace el lugar donde vendes.
—¿Le parece bien millón doscientos mil pesos joven?—dijo tranquilamente
Yo me quedé totalmente asombrada, ninguna obra que había vendido había llegado al millón nunca, la que más plata me había dado habían sido ochocientos mil. “Me parece bien” dije lo más calmada y tranquilamente que pude, para no verme tan sorprendida ante su oferta tan abultada y la forma tan tajante en la que la lanzó sobre mi. De repente el sujeto empezó a contar el dinero que tenía hasta llegar al precio pactado, me entregó el dinero y me miró.
—Muchas gracias señorita...si..si...muy buen trabajo—dijo el señor, contento
—No, para nada, a usted—dije casi que inclinando la parte superior de mi cuerpo en forma de venia—
Seguidamente alcé la mano para llamar a Antonio y decirle que ya vendí una de las piezas, que el señor podía llevársela, inmediatamente se lo llevó a un pequeño despacho que hay cerca al pabellón para finiquitar el contrato, yo inmediatamente después de su partida guardé el dinero en mi billetera dentro del maletín que tenía en la banca y retomé mi posición inmóvil al lado de la pintura que me faltaba.
—Aquí tiene Gabriela, firme aquí—dijo Antonio trayendo el papel de propiedad para dársela al comprador
—Que tenga un buen resto de día señor...—dije alargando para recibir una respuesta del nombre del tipo—
—Soy Nicolás Rojas, igualmente usted joven Gabriela—dijo de forma muy educada
Inmediatamente se fueron tanto como el viejo como Antonio, me quedé realizada y pensando en lo que iba a usar este montón de plata, la verdad me vendría muy bien ahorrarla entera para algo más grande, como un carro o una casa independiente. Mientras fantaseaba observé que también Ana María estaba cerrando trato con alguien, nos miramos a lo lejos y le hice señas de que había vendido ya una, la cual estaban desmontando del muro para llevarla al coche del tipo, ella hizo el mismo gesto en devolución.
Pasó el rato y Ana María se acercó a mí, miró mi pintura y dijo que estaba muy buena, que se vio que le di mucho empeño a la hora de pintarla, se sentó en una banca al lado de la pintura y se quedó viendo su celular, yo mientras tenía que seguir concentrada como un soldado de pie al lado de mi pintura, ya aburrida. Pasaban las horas y la lluvia capitalina no se hizo esperar, ya estaban siendo las seis de la tarde, hora propicia para empezar a caer un diluvio de agua, la gente se iba rápido a sus casas, incluso recordaban un poco de su horario para salir antes y poder alcanzar sus vehículos antes de que fuese la hora pico del tráfico y se volviera todo un definitivo caos, menos mal para mi no me afecta, tendría que quedarme un rato más aquí, al menos media hora si no encontraba alguien que me comprase la obra.
Volteé a ver a Ana María, estaba riéndose ella misma con su celular, se reía como una niña pequeña, le brillaban sus ojos llenos de vida y esperanza, un rostro que jamás había visto en ella, volteó a verme aún con un rostro risueño y levantó la mano, como diciéndome que luego me iba a contar qué pasa. Realmente era una faceta que no conocía, y me generaba cierta animosidad el saber que pasaba; me quedé esperando y con la vista en frente, de repente me empieza a invadir un cansancio al estar de pie durante tanto tiempo, hasta que finalmente se acercó Antonio
—Vamos a tener que acabar por hoy, ya no viene gente, si tienes otras obras para la otra semana para exponer junto con esta que tienes, me llamas para abrir espacio
—Bueno, dele entonces así don Antonio
—Casi no acabas—me dijo Ana María
—Y eso que no vendí la otra, no puedo creer que hayan comprado la que peor me quedó—le dije
—No la vi, ¿Por qué era mala o qué?—preguntó curiosa
—La hice a las carreras, aparte habían muchos errores y manchas horribles en ella
—Quizá fue su encanto
—Encanto el platanal que me gané con eso—le dije
—¿Cuánto fue?
—Jamás había ganado tanto, palo doscientos parce—le dije entre susurros, como si fuese el secreto de una niña pequeña
—Uy, ¡Eso está muy bien!—dijo asombrada
—Y seguramente esta que hice ni la venda por la mitad—dije señalando la otra obra—¿Y a ti que tal?
—Setecientos cincuenta
—Nada mal
—Si, la verdad es de mis mejores pinturas, no suelo pintar mucho y lo que gano realmente es de las esculturas pero nunca viene mal vender un poco por aquí
—¿Dónde vendes las esculturas?—pregunté
—Uy, más al sur ¿Quieres ir?—Preguntó
—¿Muy lejos?
—Un poco no más, si hay que coger bus, ¿Tienes prisa en volver a casa?
—Ahora mismo ninguno la verdad
—Aparte puedes dejar la cicla aquí, acá la cuidan y te la pueden guardar para que la vengas a recoger otro día—sugirió mientras llamaba a Antonio con la mano—Oiga señor Antonio, que si le da el permiso a Gabriela para dejar su cicla aquí
—Si claro, no hay ningún problema, acompáñenme hasta el bicicletero
Seguimos a don Antonio hasta la parte trasera de la estructura, que era donde dejaban los coches de la entrada del parqueadero, y había una caseta rectangular compuesta por rejas que ya estaban corroídas por el paso de los años, allí se encontraban apenas duras unas pocas, supongo que de los trabajadores de aquí, porque las personas pulentas que se caminan por estos lares constan de un gran coche y ni se les pasaría por la cabeza recorrer las calles de la ciudad en bicicleta. Un señor salió de la caseta, “Guárdeme esta aquí Vanegas, es de la joven” dijo Antonio mientras yo entraba a lo que parecía una jaula de kickboxing, le puse el candado que cargaba conmigo y el celador me dió una ficha para poder reclamar después.
—Seguramente venga por ella en una semana—le dije a Antonio— ¿No hay problema?
—No, nadie usa ese bicicletero, entonces al menos tendrá algo que cuidar el celador—dijo con un tono ciertamente despectivo hacia el trabajador mientras nos alejábamos
—Bueno, ahora sí, vamos pues—me dijo Ana María—no perdamos tiempo