Salimos juntas a todo el borde de la estructura del edificio para cubrirnos de la lluvia, esperando el bus para ir al sur, era la primera vez que tomaba algún plan distinto con Ana María, aunque siguiera siendo con un enfoque de arte. Veíamos la gente pasar, algunos de los hombres trajeados que estaban caminando galantes por la tarde ahora corrían bajo la lluvia, cubriéndose con su propio saco o con el maletín de mano, como si estuvieran siendo azotados por la lluvia, la lluvia que todo lo lava y quita esas máscaras de trabajador exitoso que tienen y los devuelve a sus casas. Las calles estaban como afluentes de ríos en sus laterales, mientras que las baldosas finas del centro de la ciudad escondían depósitos de agua para algunos de los incautos citadinos que las pisen y queden empapados, algunas de ellas torcidas, otras cascadas y ya agrietadas. De por si la ciudad en hora pico es una tortura en términos de transporte y movilidad, ahora mismo con la lluvia se multiplica enormemente, estaba a punto de decirle a Ana María que mejor me iba a mi casa, aunque fuese en bicicleta y me mojase, me aburría y estresaba bastante estar quieta en un solo lugar, cuando de repente Ana María dice “Ese es, ese es” señalando la buseta que venía a lo lejos por la calle.
Nos subimos a la buseta, la cual para mi sorpresa, tenía asientos aún disponibles, la luz era tenue, como si estuviésemos dentro de algún antro de mala muerte, la gente iba charlando en sus teléfonos, con el compañero de al lado, el ruido del centro de la ciudad es tan ensordecedor como sofocante, Ana María y yo nos sentamos juntas, yo en el lado del pasillo. De repente se me cerraban los ojos, el ruido de presión del centro se estaba esfumando suavemente y volvía a irme a un lugar maravilloso, estaba en unos callejones, unos callejones altos, como si se tratar de alguna clase de vecindario gringo de alta clase, porque no eran casas normales, ni tampoco eran edificios del centro de la ciudad que estaban anteriormente a la vista por las ventanas del vehículo, ahora estaba en un pasillo totalmente apagado, sin gente. Parecía que anduviera vagando como una alma en pena buscando algún propósito para seguir caminando por esos lugares, pero sentía una presión, una mirada que me apuñalaba, y no era una puñalada corriente, era una dirigida hacia mi nuca, hacia la división de mis dos mitades, como si quisiera encontrar el punto medio exacto de mi columna, sentía como me chuzaba algo, no era un cuchillo, sino como un puñal serrado que me estaba destruyendo la piel, pero apenas una pequeña parte de esta, era como el piquete de un mosquito, algo que no molesta, que no sientes mucho, pero que está ahí, cada vez sentía esa mirada clavarse más en el mango del cuchillo, presionando más fuerte sobre mí, empezaba a correr, mirando hacia todas las direcciones buscando algún atisbo de luz, de una solución, incluso de ayuda. Los callejones y las casas gringas se empezaron a transformar en paredes negras, oscuras, como si fuese carbón o alquitrán solidificado, estaba a oscuras, no veía nada, no había sol, no había una luz, ni tampoco una oscuridad, como en mi pintura, no había nada. Llegué a un callejón sin salida, y miré atrás, las casas detrás de mí desaparecieron, pero sabía que habían muros aún allí, sentía la presencia de alguien o algo absorbiéndome allí, como un agujero n***o, que me iba quitando célula a célula mi cuerpo, sentía que tenía vida, como el sexto sentido de una presa, sabía que me estaban cazando. Sentía que era inmensa, con unos grandes ojos, pero yo no los veía. Sentía que me arrinconaba contra el final del pasillo. Finalmente me derrumbó, me situó en la esquina del pasillo y ya nada pude ver, ni mi propio cuerpo veía, sentía que mi cuerpo se estaba rompiendo en una caja cada vez más pequeña, no me dolía ya nada, pero sentía como se despedazaba mi ser, no podía respirar, y el cuerpo hostil y oscuro que me observaba me rodeaba, queriéndome como aplastar en su puño oscuro, sentía como respiraba ese ente y como se reía en silencio por el movimiento de su vientre, me sentía totalmente atrapada, sentía que ya lo que eran mis huesos, mi piel, mi carne, todo eso ya no estaba ahí, ya ni siquiera hacía parte de un plano físico, había desaparecido todo lo que me conformaba. De repente desperté, agitada, incluso avergonzada con todos los pasajeros y con Ana María aunque ninguno me estuviese viendo, desperté con un sentimiento de electricidad en mis manos, con sudor que me recorría la espalda y el corazón acelerado, nos habíamos movido una gran parte del trayecto, pero el trancón dificulta el pasaje, Ana María me miró perpleja ante el rostro de pánico que le estaba dedicando. “¿Todo bien?” Me preguntó mientras ponía una de sus manos en mi pierna, yo asentí con la cabeza y volteé mi mirada hacia el pasillo del bus, la gente ya estaba menos activa que antes, estaba agotada al igual que yo, estaban cansados, estaban algunos durmiendo y otros con los audífonos encima, en su propia paz cada uno de ellos.
—Si, todo bien—le dije a Ana María para tranquilizarla—no pasa nada
—¿Segura? Despertó como si estuviera ahogándose—dijo aún con el ceño fruncido al no entender esa escena tan lamentable
—Si, tranqui. Pasa que no he dormido bien entonces eso me jode bastante—le respondí por decir cualquier cosa y enterrar el tema
—Ya casi llegamos, no falta mucho—me dijo
Inmediatamente me puse a ver por detrás de su cabello n***o y vi la ventana, estábamos en un trancón cada vez menos intenso que dejaba darle pisadas más largas al acelerador del busetero. Miraba por el pasillo hasta la cabina del conductor para ver el panorámico del bus para ver la imagen delantera, una apenas llovizna que estaba dando pequeños zapes al suelo, el retrovisor interno del conductor estaba sucio y torcido, como roto, mientras que de él colgaban imágenes religiosas y una cruz con un cristo clavado en ella. Ya me estaba desesperando de solo esperar, la cantidad de tiempo que a veces toma el movilizarse aunque sean pequeñas distancias en la ciudad, y más aún en el centro de ella; los carros ya estaban expulsando el vapor del agua de sus capós, y no se veía tanta gente en las calles, que créanme, aunque llueva siempre hay, pero escaseaban ya a estas horas, ya los callejones se volvían mucho más oscuros y en ellos se escondían personas que no daban la más mínima muestra de piedad para con sus víctimas, esperando cualquier “papayazo” para hacerse lo del día.
—Listo, aquí mejor nos vamos bajando y caminamos un poco, nos va a rendir más que esperar a que el bus coja toda la vuelta—dijo Ana María
Nos bajamos y estábamos por esos parches de la ciudad que siempre envejecen bien, eran estructuras claramente antiguas, casas viejas, de esas clásicas que uno ve por las telenovelas, porque imagínese una producción nacional grabándose en un barrio verdaderamente popular, los sacan de ahí pateando o se roban los equipos. Pero el lugar se veía limpio, por lo menos; los andenes de estos lugares eran bastante estrechos para los caminantes, puesto que había siempre una manga de césped que ocupaba la mitad del mismo, el suelo estaba partido y resquebrajado, pero hacía parte de su encanto. Íbamos casi hombro con hombro Ana María y yo, ella llevando la batuta del ritmo y la dirección de las pisadas.
—¿Y a esta hora eso anda abierto?—pregunté—más aún con este clima tan maluco
—Si, no es una exposición pública, entonces los horarios son independientes, así que abren cuando quieren. Es más, en días como estos suelen darse buenas ventas.
—Ya veo—dije intrigada por la clase de lugar donde vendía Ana María sus esculturas, sonaba a un lugar meramente organizado, pero sí de allí ella saca para vivir y hacer sus cosas, entonces tan malo no ha de ser.
Seguimos caminando, ya por la calle solo se podían ver pequeñas sombrillas con vendedores ambulantes, la lluvia parecía haber espantado a todos hacia sus casas, o bueno, los bares de mala muerte y discotecas que habían por la zona, que se veían llenos de gente a reventar. Finalmente llegando hacia nuestro peculiar destino, era un edificio con una entrada que decía “Versalles”, pero muy diferente a los que pudimos ver por el centro propio de la ciudad, era uno con una entrada mucho más normal, más como de edificio empresarial, con una única puerta, en vez de esos portones que tenía la exposición del centro, ya se notaba la diferencia cuando te patrocina el gobierno.
—Listo, es aquí—dijo mientras entraba tranquilamente. La entrada era muy agradable a la vista, pese a tener una pequeña entrada, tenía unos buenos ventanales que dejaban ver en su interior, donde se podían apreciar algunas de estas figuras.
—Buenas noches—dijo Ana María a uno de los de seguridad que había en el sitio
—Buenas noches Ana—dijeron ambos al unísono con una pequeña venia proveniente de su nuca—Buenas noches—dijeron seguidamente dirigiéndose hacia mí, tenían mucha más cordialidad que la propia exposición del centro.
—Bueno, ¿Y para qué me trajiste?—pregunté
—¡Uy! Que agresividad, no me diga que se hartó y ni siquiera ha dado los primeros pasos—respondió—¿No que te gusta el arte?
—Si, me gusta, pero eso no significa que valga la venida hasta aquí si no hay algo bueno, para arte puedo crearlo yo—dije sincera
—¡Anita mía! Pensé que no ibas a venir sino hasta dentro de una semana y cacho—interrumpió una mujer que se acercó a saludar a Ana María