Unidireccional

1405 Palabras
Inmediatamente los señores parecían lo suficientemente satisfechos con la propuesta; el tema laboral se dejó a un lado y empezaron a compartir unas cuantas cervezas y risas; al poco tiempo los sujetos se levantaron y se fueron, despidiéndose adecuadamente como unos caballeros con cada una de nosotras y con Emiliano respectivamente; la mirada de Guillermo la sentía entre ceja y ceja, admito que me hizo sentir incómoda, como si estuviera maquinando alguna idea que me rodease para su empresa. Yo me empecé a sentir agotada, mucho más pesada, sentía que después de bailar desenfrenadamente me había pasado factura ya el tanto movimiento, quizá ese polvo blanco me había drenado las energías en un arrancón de una subida de adrenalina, para que ahora no tenga nada de energía, sentía mi cabeza pesada, mis manos agrietadas, temblorosas y con la palma blanca, como si hubiese aplaudido toda la noche, me sentía masacrada por el after de las inhaladas, como si esto fuese a derrumbarse, el hormigueo pasó de la planta de mis pies hacia arriba, subiendo cada vez más  hasta llegar a mi cabeza, que parecía rodeada por un corrugado aluminio que no tenía ya salida, me empecé a caer hacia un lado, solo para que Ana María me dijera que nos fuéramos; me sentía perdida, no recordaba nada del resto de esa noche, solo Ana María empaquetándome en un taxi y llevándome hacia su casa, me llevó, me subió a las escaleras, me pidió cambiarme, nuevamente con la ropa que me había prestado la otra vez, otorgándome su cama para poder descansar, me sentía pesada, me ayudó a arroparme, como una madre cuidadosa lo haría, esta vez ella se quedó a dormir conmigo, parecía que su pequeño estudio lo tenía ocupado y atiborrado de cajas que al día siguiente fuí a observar. Ana María se desnudó frente a mí, tenía un cuerpo lindo, muy bien definido, era delgada y con ese cabello mono que solo parecía bañar su piel en oro, era un poco menos blanca que yo, pero lo suficiente para que ese jean que había llevado le dejara totalmente destrozada la piel por la cintura y algo de los muslos, tenía unos pechos pequeños, con una aureola rosada y unos pezones diminutos pero muy adorables, se cambió, se puso un short y un esqueleto que le dejaba libertad a su piel. Me acosté, normalmente me cuesta bastante dormir junto a alguien, en los pocos novios que he tenido y mis experiencias al dormir con ellos eran pésimas, totalmente desmeritado de a veces las noches de caricias y sexo que pasaban, todo se echaba a perder cuando luego descansábamos, porque no podía, me sentía incómoda, sin el suficiente espacio para poder enraizarme a la cama y esta me abrace hasta que haya soñado algo bueno. Pero en esta ocasión con Ana María no pasó, además de ser una cama más amplia, tenía una cantidad de aire el lugar que permitía que ese calor bochornoso no me sofocara y me obligara a dormir desarropada para amanecer con una voz destruida por el frío, y en gran medida para esta ocasión el guayabo; no podía dormir y al parecer eso lo notaba Ana María, quien me solía mirar de reojo por sobre su espalda para ver que no estaba en una clase de coma etílico, sin saber que estaba era destruida y agotada por la felpa blanca. Ana María empezó a disminuir el ritmo de sus respiraciones, yo podía escuchar sus latidos, sentía la necesidad de sincronizarme con ella, para sentir que quizá yo también podría dormir como ella, pero era difícil seguirle el ritmo lento y pausado a un dormido, mientras que mi corazón parecía acelerado aún y mi respiración entrando a bocanadas de aire, el techo del cuarto estaba en madera, podría ver patrones, rostros, animales, figuras, edificaciones y quedarme allí hasta que mis ojos se agoten; pero no pasaba. Las figuras del techo se empezaron a mover, a moldear como si se tratase de una lectura jeroglífica que estaba hecha para que solo yo la entendiera, sentía como podría volver a ir a bailar, pero tendría que ser con otras piernas que no me dolieran tanto, la cama estaba empezando a recuperar calor bajo sus cobijas y el dolor de las piernas fue amainando, contraída en las cobijas, presentía que el sueño ya se estaba posando sobre mi. El sueño parecía haber sido contaminado por la noche que había pasado, todo lo veía con un pequeño trasfondo entre verde y púrpura, como si mi córnea se hubiese quemado por las luces del antro donde nos encontrábamos, sentía como una imagen que podía ser cálida, se transformaba en una oscura, lo cual me impedía medir el trasfondo y contexto del lugar donde estaba, miraba mis dedos hacerle sombra a esa luz, pero no había ningún fenómeno que me dejase ver cual patrón de luz era, si era un lugar feliz, o por el contrario iba a encontrarme con una luz tenue que no me dejase ver las fisuras para partir los muros. Movía mis dedos por sobre la luz, mientras escuchaba una especie de sirena por el fondo, buscaban a alguien, buscaban a una persona esas sirenas, comprendía que el lugar era lo menos interesante del sueño, porque  cuando me observé, me encontré casi mutilada, como descompuesta, sentía mis brazos al moverlos pero de repente se volvieron brazos oscuros, pintados, con los vellos de mi brazo apenas sacando un brillo de su sedosidad; me sentía agotada sobre mi misma, quizá el sueño quería hacerme ver que no estoy en el control, que debería retomarlo, que estoy cansada y no iba a poder hacerlo si no me analizaba a mi misma. El sueño fue elevándose, otra vez el cambio de temperatura habría cambiado, porque la luz de color indescriptible se volvió una piscina, una piscina gris la cual estaba llena, había un clima frío, y que con el líquido gris, parecía que iba a haber algo mejor allí de lo que había afuera, pero mi cuerpo tenía miedo, miraba esas aguas metálicas menearse casi en forma de inodoro mientras mi corazón me impulsaba a saltar en ella, era como si me estuvieran ofreciendo un castigo para curar otro castigo, no sabía que tan prudente era hacerlo, me lancé, sabía que iba a morir en el trayecto efímero hacia el agua, sabía que me iba a caer para no volver, que no iba a flotar; me lancé y sentía como ese metal espeso me llenaba, se metía dentro de cada agujero de mi cuerpo, me preñaba y me devolvía mi piel en una forma más delicada, parece que hubiera arrancado de mi una capa de dureza innecesaria para vivir, como si hubiese derretido una pared que tenía para tomar decisiones, ahora todo era afirmativo, todo lo que entraba del fondo de la piscina era mío ahora, piscina que seguía tragándome, descendiendo cada vez más pero  con la misma cantidad de luz, una luz plateada que me seguía bañando. Hasta caer en un metal más pesado, como si se tratase de magnesio, sentía todo más brilloso, los cúmulos de las burbujas de aire dentro del líquido se iban ascendiendo como pequeños mensajes a la superficie, diciendo que no iba a volver jamás; esas burbujas se fueron concentrando frente a mi vista, mientras miraba hacia la superficie, dándole la espalda al lugar a donde me hundía, la burbuja se volvió flama, flama que estaba volviéndose azulada, un fuego azul, pero con la forma salvaje de una antorcha o una hoguera, la cual iluminaba la figura de una mujer detrás de ella, esa mujer era yo, había encontrado un cadáver mío; y con él otros cadáveres de mis anteriores intentos por sumergirme, que no habían bajado como había bajado yo ahora. Ahora sí podía comprender ese líquido casi de placenta, se iba reflejando como una nueva semilla, la semilla me cubría, me dejaba moverme menos, pero estaba en presencia de un proceso de gestación por parte de estas nuevas aguas, esta vida, esta experiencia, líquido que se metió en mi cuerpo, me preño y ahora me daba a luz a mi misma, como una experiencia del fondo que sigue bajando, para ahora crecer y dejarme ser únicamente líquido donde muy pocos son capaces de sumergirse, para el deleite de solo aquellos viven para más, que arriesgan aunque mueran, y aunque la suerte no les vaya a ir a su lado.
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