El plato de ensalada que llevaba en las manos, rodó por la mesa derramando todo el contenido. Rubí abrió los ojos atónita. No podía creer lo que le estaba pasando y de inmediato comenzó a disculparse con el cliente que la miraba con desaprobación.
–¡Oh, cómo lo lamento! –Se apresuró a limpiar el desastre con las manos temblorosas.
–Señorita, ¿tiene idea del tiempo valioso que me está haciendo perder con su torpeza? –le recriminó el cliente de cuello y corbata que miraba su reloj con impaciencia. En ese momento Vanessa apareció en escena:
–Disculpe usted, señor Valentino. Me haré cargo de su pedido y de hacerle un considerable descuento por la molestia ocasionada.
El hombre de traje elegante y ceño poco amigable asintió brevemente. Su molestia se apaciguó gracias a las palabras de Vanessa quien le hizo un gesto con la cabeza a Rubí indicándole que ella se haría cargo y que podía retirarse. Rubí llegó a la caja realmente avergonzada. Tiró su libreta sobre el mesón molesta consigo misma. No entendía que estaba pasando con ella, últimamente estaba distraída y le costaba trabajo concentrarse.
–Rubí... –una voz masculina la llamó a sus espaldas, Rubí se dió la vuelta y vió a su jefe que la llamaba con el dedo.
Acudió de inmediato, de seguro él ya había visto lo sucedido desde su oficina. Entró en silencio presintiendo que no la llamaba precisamente para felicitarla. El hombre de ojos azules y cabello cano, que a pesar de su edad, conservaba el atractivo masculino. Le hizo un gesto con la mano para que tomara asiento, la molestia se le dibujaba en el rostro y sus ojos la inspeccionaron con sospecha.
–¿Qué pasa contigo, Rubí? –su voz profunda y rasposa le daba un tono intimidante, y la barba perfilada un toque de misterio. Rubí cerró los ojos avergonzada e intentó justificarse:
–Lamento lo sucedido. Le prometo que no volverá a suceder.
–Es que has estado distraída toda la semana, muchacha –replicó con desconfianza–. Hace dos días entregaste las órdenes equivocadas y el lunes serviste un plato con la comanda entre la comida.
Rubí agachó la mirada sin poder formular palabra en su defensa, su jefe tenía razón.
–Rubí, eres buena trabajadora. Eficiente y responsable –dijo comprensivo al ver el arrepentimiento en su rostro–. No sé que sucede contigo, pero si sigues cometiendo errores tendré que reemplazarte. Estás dando una mala reputación a nuestro local.
El silencio llenó la oficina. Rubí tardó un momento antes de encontrar el valor de alzar la mirada y responder:
–Sí, jefe. Desde ahora me esforzaré el doble.
–Eso espero. No me gustaría perder una buena trabajadora como tú.
Ella asintió agradecida y se levantó de su lugar.
–Tómate la tarde libre, y aprovechas de descansar todo el fin de semana. El lunes quiero que vuelvas a ser la de siempre o ya no podrás seguir trabajando aquí, ¿entendido?
–Sí, jefe. Se lo agradezco.
Saliendo de la oficina, Rubí fue por sus cosas al camerino del personal y en cuanto apareció de regreso en la caja, Vanessa se acercó a ella con preocupación.
–¿Qué pasó? ¿Te despidieron? –preguntó alarmada.
–Me dió la tarde libre y el lunes debo llegar lista para no volver a cometer errores o me despedirá.
Vanessa respiró aliviada y apoyó una mano comprensiva sobre el brazo de Rubí.
–¿Tienes algún problema, Rubí? Ya sabes que cuentas conmigo para lo que sea.
–No, tranquila. Son boberías sin importancia. El descanso de fin de semana me hará bien.
Las amigas se despidieron y Rubí se marchó a su departamento. Al llegar, se fue directamente a su cuarto, tiró sus cosas sobre la cama y se dejó caer derrotada. No entendía que le estaba pasando, se había dicho que lo sucedido con Daryl no le afectaría, pero inevitablemente estaba interfiriendo en su vida.
–¡¿Pero qué me pasa con él?! ¡Fue sólo un estúpido beso sin importancia! –se recriminó a sí misma. Su mente no había dejado de pensar en Daryl desde ese día y entre más pensaba en ese beso más efecto causaba en ella.
El sábado por la noche Rubí estaba lista y esperaba a Nyo que iría por ella para ir juntos al bar. Habían pasado varias semanas en que no había asistido y estaba ansiosa por regresar. Aunque el ambiente no era de su total agrado, se divertía bailando y bebiendo de su cóctel favorito al lado de su moreno. No tenía otra forma de distraerse, el trabajo consumía la mayor parte de su tiempo y el resto lo destinaba a sus estudios. Además, el dinero que ganaba como mesera le alcanzaba justo para sus gastos y juntar para pagar su carrera. No podía permitirse derrochar en diversión o salidas de placer y su moreno que no tenía problemas de dinero, no tenía el tiempo suficiente como para sacar a su chica a disfrutar de la ciudad que tanta diversión tenía para ofrecer.
Rubí se miró una vez más al espejo y sonrió con satisfacción. Las horas que pasaba sufriendo con su entrenador en el gimnasio valían la pena. La herencia genética había sido buena con ella, la había dotado con unas contorneadas caderas y una diminuta cintura, una figura ideal para lucir las costosas prendas que le regalaba su chico para poder asistir perfecta al bar. Era lo único que Rubí le permitía a Nyo pagar por ella: su vestuario. Le encantaba la ropa, los zapatos y los bolsos. En su guardarropa tenía prendas de variados estilos y para diversas ocasiones, y para cada tenida un bolso y zapatos a juego. Tal cantidad de vestuario había obligado a Rubí a separar un largo espacio en su cuarto y destinarlo a guardarropa reduciendo aún más el lugar para dormir. Se resignaba de buena gana. El conjunto que escogió para la noche era un vestido n***o corto y ajustado, con medias negras y botas más arriba de la rodilla que estilizaban más su figura. Agregó una chaqueta de cuero para darle estilo a su look y alisó su cabello para variar un poco. A los minutos escuchó el claxon que anunciaba la llegada de su chico en el Cadillac n***o. Bajó presurosa por encontrarse con Nyo y volver a su vida habitual. Era él quien le aportaba diversión a su existencia. El mulato en cuanto la vió ingresar al automóvil sonrió deslumbrado y la cogió por la cintura para poder besarla íntimamente.
–Esta noche estás ardiente, nena. Me gusta cuando sacas tu lado sexy.
Rubí respondió con una sonrisa complacida.
–Big Joe, al bar –Nyo le indicó a su chofer que podía iniciar la marcha y le susurro a Rubí a modo de confidencia–: aunque con gusto me desviaría a mi penthouse...
–Arruinarías mi look.
–Esa es mi parte favorita.
Sonrieron cómplices, ambos estaban felices de volver a estar juntos. Ingresaron al bar tomados del brazo. Las miradas de los presentes se volvieron hacia ellos con asombro y admiración mientras avanzaban hacía la barra a pedir lo de siempre. Rubí estaba de vuelta. Sonreía alegre. Todo parecía marchar bien, o eso creía ella, hasta que vió al sujeto que se giró hacia ellos en cuanto llegaron a la barra.
–¡Ey, bro! Qué bueno verte en buena compañía otra vez.
La sonrisa de Daryl se dibujó con atrevimiento en sus labios, en cambio la de Rubí se borró al instante. Verlo otra vez, después del íntimo momento que habían compartido juntos, encendía todo aquello que había intentado ignorar durante las semanas de ausencia.
–¡Ey, bro! –Nyo se acercó a su amigo para darle el abrazo acostumbrado de bienvenida.
Los ojos de Rubí comenzaron a vagar en todas direcciones buscando un lugar donde posar la mirada. Se sentía avergonzada, los hechos pasados eran como un dedo n***o que apuntaba en su dirección. Agachó la mirada y encontró algo de alivio en sus botas que subían glamorosas por sus piernas.
–Hola, Rubí... –Daryl la saludó deseando llamar su atención, era fácil distinguir cierto tono de complicidad en ese simple saludo. Rubí levantó la vista y se encontró con aquellos ojos avellanas que brillaban con una fuerza casi animal y cada vez más perturbadores.
–Hola... –respondió y le sostuvo la mirada para aparentar indiferencia. De súbito, y para su sorpresa, Daryl se acercó a ella con la clara intención de saludarla con un beso en la mejilla. El trigueño deseaba acercarse aunque solo fuera por un breve instante y así volver a sentir la suavidad de su piel y su encantador aroma a rosas.
–Alto ahí, bro –se opuso Nyo y lo frenó sin contemplaciones enterrando sus dedos sobre su pecho. Daryl fingiendo inocencia con aquella sonrisa tan característica en él, lo miró ofendido.
–¿Qué sucede, bro? Quiero saludarla como hacemos en mi tierra.
–Esto es América, bro, y nadie tiene permitido tocar a mi chica, ni siquiera tú.
–Está bien, como digas –Daryl mostró las palmas en rendición y con una sonrisa burlona agregó–: no le tocaré ni un pelo.
Pidieron unas copas y se sentaron en el lugar favorito de Nyo, donde tenía vista privilegiada para ver a lo lejos quién ingresaba a su bar. El ambiente era cada vez más eufórico, y aunque Rubí deseaba salir a la pista de baile, sentía tanta incomodidad con la presencia de Daryl que solo se limitó a beber de su cóctel.
–No esperaba verte esta noche –manifestó Nyo con interés y luego bebió un buen sorbo de su coñac.
Daryl escaneó brevemente a Rubí antes de responder. Los nervios se le calaron hasta los huesos a la chica. ¿Qué pretendía responder? ¿Acaso deseaba delatarla? Ahora la angustia se hizo presente con los miles de pensamientos que pasaban por su mente en una fracción de segundo. Tal vez todo se trataba de un plan de ese puertorriqueño para hacerla quedar como una mujer interesada y frívola. Viéndolo de ese modo, el cambio de actitud tan drástico con ella cobraba sentido. El remordimiento llenó su conciencia. Jamás debió dejarse llevar aquel día en su departamento. No entendía porqué frente a Daryl se volvía tan manipulable. Un efecto que ningún otro podía causar en ella, ni siquiera Nyo. El momento se convertía poco a poco en una tortura. Sin saber que hacer para disimular su nerviosismo e incomodidad, Rubí cambió el foco de su mirada y se concentró en observar a las personas que ingresaban al bar aquella noche. No cualquiera ingresaba al Red Velvet, los seleccionados debían poseer una apariencia impecable y una abultada billetera para gastar en los costosos tragos. La entrada parecía una verdadera pasarela. Bellas y elegantes mujeres ingresaban del brazo de un importante y adinerado caballero.
–En realidad, vine porque quiero saber si esas ratas ya están en su jaula.
–Ni lo menciones, ¡esos mal nacidos quedaron en libertad bajo fianza! –explotó en cólera.
A pesar de la molestia del mulato, Rubí respiró aliviada. No era de ella de quién hablaban. En cambio Daryl arrugó la frente y sus ojos se oscurecieron amenazantes al escuchar la respuesta de su bro.
–Ya veo... –masculló entre dientes. Su rostro hablaba por él: sus facciones se endurecieron, el ángulo de sus cejas parecían un precipicio al abismo y sus ojos transmitían un mensaje a Nyo que solo ellos dos entendían. Rubí los miró a ambos varias veces para descifrar los códigos masculinos ultrasecretos. Había visto tantas veces esa escena que su sagacidad ya estaba bastante entrenada y pudo comprender que los dos hombres a su lado se preparaban para tomar la justicia por sus manos.
–Siete treinta hasta el cajón, bro –intervino Nyo misterioso.
–Siete treina hasta el cajón –reafirmó Daryl.
Era la primera vez que Rubí escuchaba esas enigmáticas palabras. ¿A qué se referían? ¿Era el horario para una cita en algún lugar en particular? Intentó deducir el significado adivinándolo en sus rostros, pero fue imposible. Ambos mantenían una expresión inescrutable. Rubí se resignó a observarlos en completo silencio. Ya sabía que cuando su moreno comenzaba a hablar en código no debía intervenir.
–Contamos con los puños de acero de Matt –sugirió Nyo dejando ver una maliciosa satisfacción.
–No. Matt no –lo cortó Daryl en seco, dejando ver en su entrecejo que era un tema espinudo.
–¿Qué? ¿Siguen sin...
–Sí, bro –lo interrumpió para que Nyo no siguiera dando más detalles de su tensa relación con su hermano. El trigueño bebió de su scoflaw para disimular su incomodidad.
"Que extraño comportamiento", pensó Rubí. Era la segunda vez que escuchaba nombrar a ese tal Matt que incomodaba tanto a Daryl. ¿Quién era? Súbitamente, fueron interrumpidos por los gritos de las personas que aclamaban la presencia de Nyo sobre el escenario. Su nombre era coreado produciendo un ruido ensordecedor y que hacía vibrar a todos en la misma frecuencia. Menos a Daryl y a Rubí, que aprovechando la distracción de todos a su alrededor, sus ojos fueron al encuentro ansiosos por hacer contacto. El ruido perdió poder sobre ellos y se volvió un eco distante y ajeno. Parecía que solo existían ellos dos. Rubí por mas que luchaba, no podía apartar la mirada. Estaba hipnotizada apreciando cada rasgo de ese hombre delante de ella: el cabello revuelto, las facciones perfectamente geométricas, el ambar de sus ojos tan embriagadores como el licor que bebía de su copa, ¿desde cuando le parecía tan interesante y atractivo? Esa aura de misterio que lo rodeaba era atrayente. Desprendía una fuerza masculina avasalladora, la que se acrecentaba cuando pensaba en el lobo salvaje tatuado sobre su pecho. Daryl era como ese animal: misterioso, astuto y peligrosamente atractivo. Una fuerza invisible fluía entre ellos forzando la atracción, una atracción ciega y fulminante. Contrario a lo que pensó Rubí, Daryl no la miraba con aversión, al contrario, el deseo ardía en sus orbes avellanas y la llevaron al preciso instante en que él la besaba en su departamento. Recordó sus manos grandes y varoniles subiendo por sus caderas, siguiendo las diminutas curvas de su cintura con tanto anhelo, que parecía que llevaba mucho tiempo deseando acariciarla. Evocó sus dedos enredándose en sus cabellos y todos los suspiros que esa apasionada lengua masculina le robó. Arreboles se encendieron en su pecho con intensidad sofocante. Rubí se esforzó para no dejar escapar un jadeo de placer, pero sus mejillas teñidas con el vino tinto de la seducción la traicionaron dejando en evidencia el extraño mal que comenzaba a padecer, un mal que ella no conocía y mucho menos sabía reconocer.
Al darse cuenta lo que estaba sucediendo con ella, Daryl esbozó un pequeño gesto de complacencia. Su mirada clara y penetrante era la de un lobo acechando a su presa
–¿Vienes, nena?
La voz de Nyo la arrancó con brusquedad de aquél momento de fascinación mutua. Lo miró confundida y pestañeó varias veces para volver a la realidad. Estaba tan perdida en los ojos de Daryl que no había advertido que Nyo ya estaba de pie con el ego rebosante y totalmente ajeno a lo que estaba sucediendo entre ella y su mejor amigo.
–¿Vienes? –repitió la pregunta. El atractivo mulato deseaba verla bailar frente a él nuevamente, mientras complacía a su público con una de sus exitosas canciones.
–En un momento te alcanzo –Rubí elevó la voz por sobre los gritos cada vez más apremiantes para excusarse–, debo ir al camerino. –Se esforzó por sonreír de manera natural.
Lo que en realidad necesitaba era escapar de los ojos avellanas de Daryl y recobrar el dominio sobre sí. No podía creer lo que le estaba sucediendo con él y el poder que comenzaba a ejercer sobre ella. Nyo dudó un momento, su chica parecía intranquila, sin embargo decidió concederle espacio y sin pensarlo por más tiempo se fue rápidamente a complacer a su público. En cuanto su chico desapareció de su vista, Rubí se bebió su cóctel de un solo trago y se puso de pie con la intención de escapar lo antes posible. Por ningún motivo volvería a estar a solas con él otra vez.
–Con permiso. –Lo miró por un instante.
–Adelan... –la palabra quedó a medio terminar. Rubí ya le había dado la espalda y se dirigía a la barra. Era evidente que huía de él y que intentaba evitarlo a toda costa. Daryl sonrió altamente complacido. Era un hombre que amaba los desafíos y el rechazo de Rubí ¡cómo lo seducía! era estimulante y sacaban ese lado temerario e impredecible tan característicos en él.
–Roberto, sírveme un trago fuerte, por favor –pidió Rubí con impaciencia a penas llegó a la barra. Tenía la esperanza de que el alcohol le ayudaría a mitigar el caos interno.
El bartender abrió los ojos desconcertado.
–Rubí, ya sabes las reglas de Nyo...
–¿Puedes hacer una excepción sólo por esta vez? –le rogó acentuando la dulzura de su voz para convencerlo.
–Rubí, no puedo desobedecer...
–¡Está bien! ¡Olvídalo! –Se apartó molesta.
Sus pasos se apresuraron en llegar al camerino. A solas tendría la oportunidad para recuperarse y recobrar el control sobre sus emociones cada vez más inestables. Era una locura pensar siquiera en una atracción hacía ese bocazas impertinente. Entonces, ¿por qué su corazón latía con tanto entusiasmo cada vez que Daryl estaba frente a ella? Se acercó hasta el minibar para beber un poco de agua mineral y permitir que el agua enfriara el ardor que lleva dentro del pecho. Su mente comenzó a divagar en las teorías más absurdas con tal de darle una explicación lógica a lo que estaba sintiendo. ¡Qué tonta y contradictoria estrategia de evasión!
–¡Que pasa contigo, Rubí! Estás perdiendo tu objetivo –se recriminó a sí misma.
Su monólogo fue interrumpido por la puerta que se abrió y se cerró de golpe. Inmediatamente, sus ojos fueron al encuentro de la persona que había tenido la osadía de entrar sin siquiera llamar, era la figura de Daryl que se había colado al interior. Sorprendida, Rubí esperó a que anunciara el motivo de su inesperada intromisión, más Daryl se limitaba a observarla con una mirada inquietante.
–¿Qué quieres? –preguntó ella con la intención de terminar con la tensión que surgía entre los dos. No recibió respuesta por parte de Daryl y decidió salir del camerino cuanto antes. Quedarse a solas con él era peligroso. En cuanto llegó a la puerta, donde estaba Daryl mirándola, este sacó la mano del bolsillo y puso su teléfono móvil frente a Rubí.
–Tu número –exigió sin más preámbulos.
Ella miró el objeto con curiosidad y sonrió divertida.
–¿Y para qué quieres mi número? –interrogó con toda calma para evadir la petición y no mostrar emoción alguna.
–Tenemos que hablar.
El silencio surgió entre ellos. Rubí estudiaba aquellos ojos claros para descifrar la intención que escondían. Después de lo que había pasado entre ellos no era difícil adivinar que las intenciones de Daryl no eran precisamente hablar. Esa idea que formuló su mente le parecía irresistible, razón demas para negarse.
–No. No hay nada de que hablar –se negó en redondo e intentó apartarlo de la puerta para poder salir.
Daryl opuso resistencia férrea y Rubí no pudo moverlo ni medio centímetro. Lo miró molesta y frustrada por no tener la fuerza suficiente para apartarlo y no tenía del todo claro si su limitación era solo física o se debía a la atracción que sentía por ese chico malo.
–¿Cómo te atreves a entrar sin autorización? –Rubí hizo un esfuerzo para evitar darle su número y se mostró inaccesible–. ¿Acaso no sabes que están todos pendientes de cada uno de mis pasos?
–¿Y de qué otra manera puedo conseguir tu número sin que tus perros guardianes estén detrás tuyo? –Daryl tomó una de sus manos y dejó el celular en su palma–. Vamos, tu número antes que llegue Nyo.
–No te lo daré –soltó tajante y estampó el teléfono móvil sobre su pecho con la intención de devolvérselo–. Ahora déjame salir o me meterás en serios problemas con Nyo.
–Rubí tenemos que hablar..., a solas –insistió con impaciencia–. ¿En tu casa o en la mía?
–¿Qué pasa contigo? ¡Te digo que me dejes salir! –Forzó la huida y Daryl la agarró firmemente del brazo acortando peligrosamente la distancia.
–Primero acepta reunirte conmigo –susurró con tono confidente.
–¿Acaso enloqueciste? Olvídalo... –respondió perturbada por aquellos ojos ambar.
El aroma masculino invadió con indecencia cada poro de su cuerpo y la envolvió en un hechizo seductor. Su corazón palpitante, duplicó su tamaño ocupando todo su pecho y parte de su garganta. Tuvo miedo de que sus latidos se volvieran audibles para él y quitó la mirada de esos apasionados ojos claros. En cambio Daryl tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar sus impulsos y no tomar a Rubí por la cintura y desatar toda su pasión sin importar el lugar donde se encontraban. Él también enloquecía con su perfume de rosas, y con la textura aterciopelada de su voz, aunque estuviera enfadada.
Era la primera vez que Rubí se quedaba sin argumentos. Las palabras huían de su boca y solo atinó a forcejear para liberarse de ese posesivo agarre. Los dedos de Daryl respondieron aferrándose con más fuerza alededor de su brazo.
–No te soltaré hasta que aceptes ir conmigo. Y si no lo haces, insistiré donde sea que te encuentre sin importar quien esté mirando –le advirtió resuelto.
–Hazlo –lo desafió sin dudar.
–Lo haré, y veremos cuál de los dos sale más perjudicado...
En ese preciso instante, los hechos pasados regresaron a la mente de Rubí y derribaron su seguridad.
–¿Me estás chantajeando? ¿Crees que un simple beso entre los dos te da el derecho de decirme lo que debo hacer?
La boca de Daryl se curvó en una divertida sonrisa. Era una mujer indómita, difícil de manipular. Le atraía esa fuerza de carácter que poseía, pero al mismo tiempo, sabía que debía recurrir a toda su astucia para poder convencerla.
–Bueno, aquí nos quedamos hasta que llegue Nyo y veremos a cual de los dos le cree.
La música comenzaba a dar los últimos acordes alertando a Rubí. Pronto Nyo estaría en el camerino preguntando el motivo de su ausencia y ella no tendría ninguna excusa válida que explicara su tardanza sobre todo si la encontraba a solas con Daryl.
–¡Está bien! –cedió molesta. Le arrebató el teléfono exasperada y comenzó a registrar los números de manera frenética–. Ten, ahora déjame salir que Nyo ya debe estar sospechando mi ausencia.
–Espera un segundo... –Con mirada sospechosa, Daryl presionó llamar y lo puso en alta voz. El mensaje automático respondió al primer tono:
"El número es incorrecto. Por favor revísalo y vuelve a marcar".
Daryl sonrió con astucia.
–Este no es tu número... –Le extendió su móvil nuevamente y añadió–: esta vez sin trucos.
Rubí ya lo estrangulaba con la mirada, su artimaña para engañarlo y zafar no había resultado. Le arrebató el celular de las manos otra vez y de mala gana registró su verdadero número antes de que apareciera Nyo preguntando por ella. Se lo devolvió sin decir ni una palabra. Toda su energía estaba concentrada en no explotar de la frustración que sentía por no poder controlar la situación, y por sobre todo, no demostrarle a ese estúpido y atractivo fanfarrón lo mucho que comenzaba a perturbarla. Daryl repitió la operación y al segundo tono comenzó a timbrar un celular a lo lejos. El sonido venía de unos de los sillones donde estaba el bolso de Rubí.
–¿Satisfecho? –preguntó ella, impaciente por retirarse.
–Por el momento... —respondió con sonrisa indecente. La soltó a regañadientes y se apartó de la puerta para permitirle salir.
Rubí no esperó ni un segundo más y salió del camerino como quien huye de un espectro. Uno bastante atractivo y seductor. "¡Este tipo echará a perder todos mis planes!", pensó camino a la pista de baile. Nuevos acordes iniciaban y en la mente de Rubí desfilaban distintos planes y excusas para evitar reunirse con Daryl a solas. Por ningún motivo debía volver a ocurrir.
–Rubí... –La voz ronca del bartender la frenó en seco.
Rubí giró la cabeza y vió que este alzaba la mano y la llamaba con sospecha. La respiración se le paralizó al instante. Inspiró todo el aire que pudo y se acercó a la barra con fingida naturalidad.
–¿Algún problema, Rubí?
–No, ninguno, Roberto –mintió con una sonrisa falsa.
–Vi que ese puertorriqueño te siguió al camerino... ¿no me digas que te está molestando otra vez?
Rubí negó con la cabeza poco convencida lo que aumentó la sospecha del bartender.
–Mira, Rubí. Sé que eres una buena chica, pero si no le dices a ese bofe que se mantenga alejado de ti se lo tendré que decir al jefe... –A pesar de la advertencia, los ojos del cubano revelaban cierta indulgencia hacia ella.
Rubí asintió en silencio y se marchó a la pista de baile sin decir una palabra.
Luego de ese encuentro, Daryl no volvió a aparecer en el bar. El asunto parecía completamente olvidado y transcurridas un par de semanas Rubí pensó que Daryl había desistido de esa loca idea de reunirse a solas. La calma volvió a su rutina: en la semana hacía un gran esfuerzo por hacer bien su trabajo y no cometer más errores. Por las tardes se dedicaba a estudiar. Los viernes y sábados asistía al bar para relajarse y disfrutar. Y los domingos eran sus preferidos porque podía cocinar y disfrutar de los aromas y sabores que le entregaba cada preparación. Era como un viaje por aquellos recuerdos que atesoraba muy dentro de su corazón. La única conexión que le quedaba con su pasado y que guardaba celosamente. Durante casi un año Rubí vivió oculta del mundo exterior por miedo a que aquella vida que había dejado atrás regresara por ella como un huracán devorador. Evitaba los lugares concurridos y los más emblemáticos de la ciudad. Aún faltaba un par de años para ser completamente libre, y a pesar de eso, los meses transcurridos le habían otorgado un poco de confianza para escapar algunas horas del encierro autoimpuesto. Le gustaba visitar el parque Leif Ericson ubicado a cuatro cuadras de su loft. El lugar de extensos prados verdes poseía largos senderos entre la naturaleza para poder tomarse un respiro de la bulliciosa ciudad. A Rubí le agradaba caminar a solas bajo la sombra de los imponentes árboles y disfrutar del olor a hierba y aire fresco que penetraba en su nariz. Escuchar el susurro de la brisa que acariciaba los frondosos follajes y el canto de las aves que anidaban en las copas. Algunos rayos solares se filtraban por entre las ramas y penetraban en su piel regalándole una cálida sensación de bienestar. En ese mágico lugar no debía preocuparse por las personas que caminaban a su alrededor que disfrutaban del parque al igual que ella. Nueva York ofrecía aquella indiferencia que a ella le resultaba beneficiosa. A nadie le preocupaba la vida ajena.

El hall de entrada del lujoso 50 West siempre le parecía impresionante. Rubí le hizo una seña de saludo al recepcionista antes de subir al ascensor que la llevaría al penthouse de Nyo. La bienvenida de su chico le pareció bastante extraña, apenas Nyo le abrió la puerta se dió la media vuelta y regresó a la sala de estar sin saludarla. Con curiosidad, Rubí caminó tras él y se dió cuenta que había algo extraño en su andar, parecía que cojeaba levemente de la pierna derecha. En cuanto llegaron a la sala, Nyo se dejó caer pesadamente sobre el sofá amplio y soltó un quejido doloroso.
–¡Nyo, que te pasó!–Alarmada, Rubí se sentó al lado de su chico.
–Nada, nada...
–Como nada si estás todo machacado. Jamás te había visto en este estado
–Ajuste de cuentas...
Rubí hizo una pausa y en silencio valoró los daños; una ceja inflamada y el labio roto.
–Ya veo... no hace falta que digas más. –Rubí recordó la última conversación entre Nyo y Daryl y pudo deducir con facilidad de que se trataba–. A ver, déjame ayudarte... –Se inclinó hacia adelante y de la mesita de centro tomó la bolsa con hielo que Nyo había dejado antes de abrir. Con cuidado, la puso sobre el rostro de su chico. Luego de unos minutos Nyo comenzó a reír con malicia provocando sorpresa en el rostro de Rubí que lo miró desconcertada.
–Nyo, como puedes reír en un momento así.
–Por el placer que me causa haberle dado su merecido a esos malnacidos –gesticuló satisfecho–. Te aseguro que ellos quedaron en peores condiciones.